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27 de enero de 2022
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Opinión

La salida del comisario y su doble impacto, en el Gobierno y en la oposición

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El ministro de Seguridad, Raúl Levrino, y el exjefe de la Policía, Roberto Munives.

La eyección de Roberto Munives de la jefatura de la Policía provincial descolocó a la política en todo sentido. Unos, identificados con el Gobierno y con el oficialismo –en  un sentido amplio– por interpretarla como inesperada e impensada horas atrás, quizás provocada por ese microclima en el que se ha movido a gusto y placer, a sus  anchas y a pata ancha, como quien se siente único dominador de la escena, por la falta o la inexistencia de una amenaza cierta que desde la política podría acechar sus  dominios. Otros, los contenidos precisamente en esa oposición altamente ineficiente –en un sentido amplio– descolocados y sorprendidos porque la salida de Munives les ha devuelto, como si de un espejo se tratara, la imagen de lo que hoy es en realidad y en verdad: un grupo de voces chillonas, altisonantes, notablemente  obsesionado con los medios y sin un mínimo de gravitación y de influencia, como debería tener para el bien de la provincia, en los hechos de la actualidad local.

El lamento oficialista –del Gobierno, y muy particularmente de quienes bancaron a rajatabla el trabajo de Munives en Seguridad– pasa por no haber detectado a tiempo las señales que el accionar de la policía les estaba lanzando desde un buen tiempo a esta parte y que han dado cuenta del debilitamiento y del relajo de toda la estructura. Faltó control político y civil sobre el accionar de Munives. Hasta ahora, el comisario general había encontrado puertas de salida excepcionales que le habían  permitido huir a tiempo de los momentos críticos y cruciales. Así ocurrió en los casos en los que la operación del 911 falló de tal manera, tan negligentemente, tan poco profesional y, trágicamente, desencadenando muertes múltiples y en distintas circunstancias que pudieron ser evitadas. Seguridad siempre encontró una vía de escape  para esos momentos de extrema tensión, que terminó salvando a los responsables de más alta jerarquía, como el caso de Munives, con claridad. Cuando su hijo, también policía, se vio involucrado en acontecimientos vergonzosos e impropios, al usar caballos de la fuerza o al ser parte de la convocatoria y organización de una fiesta clandestina en medio de la cuarentena más estricta, Munives logró escapar de la piara desbocada –y también de una pira pública– con algunas explicaciones y admisiones, tales como la de haber fallado como padre.

Y así fueron pasando los hechos, uno tras otro, que lo tuvieron como protagonista o casi. Hubo algunos en los que la oposición puso el grito en el cielo, exigiendo su renuncia, pero, hacia dentro de la fuerza y del Gobierno, no hicieron más que provocar felicitaciones, aplausos y expresiones de ánimo para seguir en esa línea, como aquel día en que el Munives enfrentó a un grupo de manifestantes a patada limpia en las inmediaciones de la plaza Chile.

El relajo de los controles internos del propio Gobierno, controles y autocontroles que, al menos, existieron hasta algunos años atrás, no advirtieron lo que en verdad se asume como un golpe muy duro. Una simple expedición al Aconcagua que Munives pareció organizar y ordenar a los fines de congraciarse con su pareja, lo terminó expulsando de una jefatura que este oficialismo defenderá a brazo partido y espalda con espalda por mucho tiempo.

“Las personas pueden desgastarse y los sistemas también”, se lamentó un férreo defensor de Munives en las últimas horas. Pero, inmediatamente, afirmó con énfasis que la gestión que encabezó logró la marca más baja de homicidios y robos agravados de los últimos veinte años.

¿Cuáles son los datos que destaca el oficialismo y que atribuye a la gestión de Munives y de Seguridad? Son los que surgen del Observatorio Provincial de Seguridad  Ciudadana. Los últimos diez años se han dividido entre gestiones peronistas y radicales. Entre los años 2010 y 2015 se produjeron 820 homicidios dolosos según este  registro oficial, mientras que desde el 2016 al 2021 (los años en los que Munives condujo a la Policía) fueron 629, es decir, 23,3 por ciento menos.

Lo propio ocurrió con el robo agravado por uso de arma de fuego. Entre el 2010 y el 2015, el observatorio registró 49.728 denuncias. Entre el 2016 y el 2021 se contabilizaron 33.135. Entre uno y otro período, el descenso fue de 33,4 por ciento.

Así como hubo golpes positivos en la lucha contra el delito, según demuestra el Gobierno con datos “irrefutables” –aclaran–, comenzó a gestarse casi en la misma proporción un clima de impunidad, de poder absoluto y sin control, que a muchos integrantes y responsables de áreas importantes del Gobierno los terminó  alejando y desvinculando de la realidad, de lo que representan y del rol que cumplen. Se confundió lo propio, lo particular y lo privado, con lo público y lo del Estado, una situación que se ha visto claramente con el caso de la expedición al Aconcagua. Cuando no hubo más puertas extras de salida que lo salvaran de la responsabilidad  directa, Munives quedó al desnudo. Y eso terminó exponiendo, al final, la impecablemente documentada investigación periodística de El Sol.

No ha sorprendido, ya  analizando el comportamiento de la oposición, que sus más importantes figuras hayan reaccionado confusamente ante la salida de Munives. Que sí, que estuvo bien que  lo echaran, pero que lo tendrían que haber expulsado antes; que en verdad no lo echaron, sino que se fue por su propia voluntad; que los medios lo protegieron y evitaron publicar los actos más graves; que le soltaron la mano y le sacaron la protección porque están negociando la pauta; que esto y lo otro. Acertadamente, una  columna editorial del diario Memo calificó ese andar vacilante y desconcertado como la expresión más clara del “gataflorismo”.

Hace tiempo que la oposición mendocina demuestra estar poco preparada para decodificar la compleja situación por la que atraviesa Mendoza y que requiere de visiones calificadas, altamente formadas y profesionalizadas, con la capacidad de hacer análisis en frío, sensatos y desprovistos de esa pasión religiosa, militante y fanatizada que ha demostrado. Además de ese andar erróneo y a tientas, carece de sentido común. Y la culpa de todos sus males está en los demás, en las afueras de sus dominios, en los medios hegemónicos y en los periodistas que financia la pauta. 

De no salir y escapar de tal estado, si persiste en no dejar atrás el período de la adolescencia eterna, de ese mundo en el que parece estar administrando un centro de  estudiantes universitario, en el mejor de los casos, y en no madurar, en definitiva, el daño que le pueden producir a Mendoza será mucho más grave que el que se puede infligir a sí misma. Y, en algún momento tendrá que hacerse cargo. 

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