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3 de junio de 2021
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Opinión

La peste, la gestión, los 100 del Tomba: el monstruo de varias cabezas

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Sólo una combinación lapidaria y fatal de varios factores puede explicar ese acto irracional, en masa, colectivo, de marchar desbocadamente por varias calles de Godoy Cruz, asaltar por la fuerza el estadio Feliciano Gambarte e ingresar y copar sus gradas en un número de varios miles, sin protocolo a la vista, sin tapabocas y sin un mínimo cuidado, reparo y respeto por el otro ni por la vida de uno mismo en medio de la segunda ola de una pandemia de tintes endemoniados.

En un contexto de impotencia y de hastío generalizado por parte la inmensa mayoría de ciudadanos que han tomado y vienen tomando y asumiendo la crisis de coronavirus como una cosa más que seria, desde mucho tiempo; y ni hablar de quienes ya perdieron seres queridos, cuyas vidas fueron arrebatadas por este virus implacable, lo mínimo que se espera es que rueden cabezas ante el acontecimiento llevado adelante por los hinchas de Godoy Cruz el martes.

Para ellos, para toda esa gente que en verdad es la que trabaja y se mueve con responsabilidad extrema, aun a fuerza de perder y de perder y de no dejar de perder en todo sentido cada día, y que sólo espera que la pesadilla termine, les asiste más que la razón cuando exige la aparición de uno o más responsables de semejante acto impúdico y descontrolado. Desde el gobernador, pasando por el ministro del área, el jefe de la Policía, el intendente de Godoy Cruz, hasta llegar al presidente del club de los cien años y muchos más. La gente de bien, en síntesis, quiere que le den respuestas y que no quede impune la barbarie del martes.

La política, como está más que claro, actuará como indican sus manuales. En verdad ya lo está haciendo y lo hemos visto todos: la oposición, excitada y exaltada, vociferando por las redes sociales sin ton ni son críticas de todo tipo destinadas a los funcionarios que cree son responsables, que hubo zonas liberadas, que todos en el oficialismo tienen doble vara para medir hechos y acontecimientos similares según sea dónde se produzcan o se lleven adelante, y que no están a la altura de sus funciones ni de lo que se espera de ellas.

Desde el Gobierno, nada de nada, también de manual, como si un hilo de tuiter repudiando lo que se vio fuese suficiente para exculpar años y años de trabajo mal realizado. Y los responsables con nombre y apellido aludidos, el ministro de Seguridad o el jefe de Policía, como ha sucedido antes cuando se ha esperado al menos una respuesta, una visión, una explicación o quizás hasta un honroso y necesario pedido de disculpas, han dejado de visitar los lugares acostumbrados o que solían frecuentar.

Ahora bien, ¿alguien sabe cómo se podría haber desactivado una manifestación de semejante envergadura? ¿Hay expertos y especialistas preparados, tanto en el Gobierno como en la dirigencia opositora, para ello? Todo indica que no, mal que pese en la Mendoza adelantada y la que se considera, con mucha razón en la mayoría de las veces, un paso adelante del resto.

Pero, en este tipo de acontecimientos, parece que no hay diferencia alguna entre Mendoza y el resto. Ni en ese costado irresponsable de manifestarse, al menos de una porción de su población, sin reparos y sin atención alguna al momento y a los peligros a los que se expone; ni tampoco la administración de gobierno ni la dirigencia en su conjunto tienen la capacidad suficiente para adelantarse a los hechos, preverlos y desalentarlos. Sucede en Buenos Aires, la CABA, Córdoba, Tucumán y hasta en otras partes del mundo, como se ha visto a lo largo de la pandemia.

Quizás se ha fallado en todo lo que debió haberse hecho antes y no se hizo o lo que se hizo fue, claramente, insuficiente. Falló, en este sentido, el que tiene más responsabilidad de todos: el Gobierno. ¿Y en qué falló? En no haber llegado a todos y cada uno de los mendocinos con un mensaje claro, contundente y creíble sobre cómo nos debíamos y aún debemos conducirnos y desempeñarnos en una pandemia que la única cura que tiene es la vacuna, que todavía no llega a todos, y la toma de distancia entre las personas.

Y si acaso se cree que lo que se hizo fue suficiente, quizás lo que ha ocurrido es que todo lo que se ha prometido y profesado desde el poder, desde los gobiernos, respecto de lo que se haría para mitigar los efectos de la peste no se cumplió. Claramente no se cumplió. Si ellos no cumplen, yo tampoco. No es una excusa, tampoco es una explicación exculpatoria de la necedad cometida, pero puede que sean reacciones frente a otras insatisfacciones generales. Y, además, se ha combinado con otro fenómeno no menos importante en todo este lío: la impunidad del fútbol y de todo lo que lo rodea.

La sensación de muchos es que, sin una campaña de concientización profunda, de las que hablan claro, de esas que llegan a las fibras más íntimas de la sociedad, los fenómenos desbocados como los del martes puede que se sigan produciendo y por cualquier otro motivo: futbolísticos, políticos, culturales o económicos, con mayor o menor atención a los protocolos y los cuidados sanitarios.

Uno de los puntos a tener en cuenta es que todo el esfuerzo al que se sometió la población en varios aspectos no tuvo resultados satisfactorios. Porque faltan camas críticas; falta recurso humano idóneo y todo lo que se hizo ha sido insuficiente y no se sabe bien por qué. Si eso ocurrió, fue porque no se tomaron desde el Gobierno todos los recaudos necesarios y hasta, incluso, se puede haber subestimado la catástrofe.

El encierro; la ausencia de clases presenciales; el parate económico, que dejó a la mitad de la población, compuesta por empresas y trabajadores, fundida, y a la otra mitad en un estado desesperante; la incertidumbre individual y colectiva; la ausencia de un panorama esperanzador en todo sentido; la grieta inútil; los discursos de muchos de los líderes cargados de arrogancia, de falta de conocimiento y de formación; la desorientación y la falta de una voz o de varias que trajeran calma, tranquilidad y una descripción científica del problema, sin caer en el absurdo de la mirada ideológica como ocurrió, hicieron su aporte al desquicio también. Todo suma, en concreto.

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