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19 de enero de 2022
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Opinión

La Cámpora y Luana; una forma de vida, un estilo, un evangelio

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La funcionaria quedó en el centro de la polémica.

“Fomentada y cobijada por el Estado, la burocracia estatal de La Cámpora contempla todo tipo de grises. Ideológicamente, podríamos decir que se trata de una mezcla entre los ideales puros de transformación social de los años setenta y ese pragmatismo que unió política, gerenciamiento estatal y negocios de los noventa”, se lee en un tramo del libro La Cámpora, historia secreta de los herederos de Néstor y Cristina Kirchner, publicado en el 2012 y que escribió la periodista Laura Di Marco.

Ayer, finalmente, tuvo su resolución la pequeña pero contundente novela de verano que protagonizó una de las líderes de la organización política que nació bajo el cobijo y amparo del kirchnerismo: Luana Volnovich, la jefa del PAMI, luego de haber sido fotografiada y filmada en una paradisíaca y exclusiva isla caribeña de vacaciones y en compañía de su novio, Martín Rodríguez, su segundo en la sensible obra social de los jubilados, todo luego de que el presidente Alberto Fernández recomendara a sus funcionarios que se quedaran en la Argentina para dar muestra de austeridad y de empatía con la pésima situación social y económica del país, fue ratificada en su cargo. El desenlace de la historia tiene una segunda parte: como si se tratara de una compensación y reacción oficial frente al escándalo suscitado una vez que se conociera el raid y el destino de Volnovich, Rodríguez terminó siendo separado del cargo. La lógica indica que quien lo desplazó resultó siendo su jefa, la número uno de la organización sanitaria previsional, también su pareja.

Como uno de los desprendimientos políticos dilectos del kirchnerismo, La Cámpora adoptó todas las conductas del estilo, modo y costumbres que entornan al movimiento liderado por la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner, la jefa del Gobierno y quien detenta el poder real en la cúspide institucional del país. El poder formal, se sabe, está en manos de Alberto Fernández, un presidente que desde ayer ha quedado un poco más debilitado de lo que viene siendo desde que asumió la primera magistratura.

Di Marco cuenta en su libro con contundencia los secretos que envolvieron la irrupción –como bien promete desde la portada– de una organización que llegó para demostrar que para este grupo particular que domina el peronismo, gobierno y Estado son lo mismo y que tampoco hay que tener pruritos en esconder semejante figura y apreciación. Todo lo contrario: el poder se detenta, se expresa y se demuestra con militantes convencidos, más allá de evangelizados.

Pero, el caso y la situación de Volnovich bien pudo haber generado una marca, una mácula, quizás un pequeño quiste en el funcionamiento de la organización política, porque buena parte de la militancia que se fue sumando e integrando a La Cámpora lo hizo en buena medida persiguiendo una serie de ideales que todavía algunos defienden en su entramado. Son ideales que parece que sus integrantes –quizás ya no la cúpula o sus más importantes referentes y dirigentes– fueron internalizando y asumiendo en la misma medida en que se replicaban y se extendían las clases políticas que Néstor Kirchner solía dar por la madrugada, luego de los picaditos de fútbol que organizaba todas las semanas con los amigos de su hijo, Máximo Kirchner. Regadas con whisky y fernet, de acuerdo con la reconstrucción de las mismas de Di Marco, las tertulias se concentraban en afianzar y profundizar un sentimiento firme contra la derecha opresora, liberal, conservadora y oligarca. Kirchner unía en su relato los sueños de una juventud maravillosa, setentista, que habían quedado truncos, con los “malditos” años noventa. Di Marco habla de un “mix cultural” que dejaba trascender, al menos en aquellas diatribas, también un componente de cumplimiento obligatorio de conducta ética diferenciadora de todo lo que el populismo ha venido combatiendo desde aquellos años en que los sermones de Olivos, por parte de un Kirchner que, estando fuera de la Presidencia y gozando de más tiempo, daba rienda suelta a una de sus obsesiones y debilidades como dirigente.

El presidente Fernández, ha quedado más que claro, no maneja a La Cámpora, lo que puede llegar a ser entendible y comprensible dentro de las fuerzas que le dan vida a la coalición gobernante, pero tampoco lo que hacen o dejan de hacer los funcionarios de su gobierno que provienen de La Cámpora. Ellos sólo responden, como queda de manifiesto cada vez que se produce un cortocircuito con alguno de ellos, a la vicepresidente y a su hijo, Máximo Kirchner.

Martín Hourest, integrante del Instituto de Estudios de la CTA, que también cita Di Marco en su libro sostiene: “Como en toda organización, cuando vos construís desde el Estado, invariablemente sumás a algunos que son puros, otros que creen y otros que cobran. No sabemos la proporción interna. Pero muchos de ellos seguramente creen, y algunos otros habrán visto un modelo de movilidad social hacia adentro del Estado”.

La socióloga Liliana de Riz, también mencionada en el libro, explica algunas de las características del populismo, la ideología de La Cámpora: “El Estado es para el desarrollo de una política clientelar y corruptora (…) Lo clientelar y corrupto está en el intercambio de favores e intereses. Está en los negocios que se hacen en el Estado”. Más adelante, Riz amplía su visión crítica: “Clientelar quiere decir que vos tenés una asimetría de recursos tan grande que te permite hacer una política de captación importante: con la caja, con los gobernadores, con la distribución de computadoras o con lo que fuere. Y como el Gobierno se identifica con el Estado, aparece la paradoja que ya aparecía con Evita: que la donante era Evita. O ahora, Cristina. La donante es Cristina (ahora el gobierno de Fernández) ¿con qué plata?: se la damos nosotros. Este es un Estado excesivo, que aumentó el plantel público de una manera veloz, pero que ese aumento gigantesco no se traduce en servicios eficientes para la gente que los necesita, sino en acopio de poder personalizado”.

Di Marco también suma en el libro el análisis de Eduardo Fidanza: “La Cámpora es una organización que hoy está fomentada y avalada desde el Estado, en la que se entrelaza una trama de intereses e ideales. Uno se pregunta: ¿cómo puede ser que en estos jóvenes que evocan los años setenta, que son hijos de muertos, de golpe haya uno que es gerente y otro que es un militante de base? Hay algo que los unifica y creo que hay que buscarlo por la naturaleza de las organizaciones ligadas al peronismo, que siempre se estructuran desde el Estado. Con liderazgos estatales”. Los militantes, agrega Fidanza, se organizan en torno a esos liderazgos “y esos liderazgos residen en el Estado. Quiere decir que manejan un presupuesto, un organigrama y todos los negocios económicos concomitantes con el poder, las empresas públicas. Y cuando digo negocio, no hablo necesariamente de corrupción. Describo el funcionamiento de algo. Antes fueron Perón y Evita; en otro momento, el menemismo; luego, el duhaldismo. Hoy es el turno del kirchnerismo y La Cámpora. Pero, todos hablan del pueblo, todos hablan del líder. Todos se mueven y se han movido en torno al dinero estatal. Todos hablan de lo mismo”.

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