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29 de junio de 2022
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Kafka se inspiró en Mendoza, no hay dudas

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Imagen ilustrativa.

Es probable que Franz Kafka, al escribir La metamorfosis, aquella genial novela corta que alumbró en 1915, haya imaginado que los efectos de su obra –altamente influyente en general y por entonces–, causarían algún tipo de impacto o consecuencia positiva y real en todo el ordenamiento burocrático y administrativo que sostiene la estructura, que le da vida y mucha razón de ser al Estado, porque la burocracia era un asunto que lo obsesionaba. Lo que seguramente ni siquiera debió haber imaginado su mente tan creativa y prolífica que cientos y hasta miles –por qué no–, de Gregorios Samsa salen todos los días en Mendoza a batirse a duelo con sus propios demonios y temores, pero, por sobre todo, contra los intrincados y dificultosamente descifrables laberintos del sistema de trámites administrativos del Estado mendocino. 

Una trampa monstruosa, literal.

En La metamorfosis, Gregorio Samsa, el protagonista, despierta un día convertido en un horrible insecto recostado sobre su espalda, mirando al techo, moviendo sus patas sin control y sin poder levantarse. Angustiado, lo que más comienza a perturbarlo, es no poder cumplir con su tarea diaria, acudir al trabajo y responder a su familia que, en gran medida, depende de él, desde lo económico, principalmente. De ahí en más comienza a sobrevivir atribulado, encerrado en su habitación, humillado, avergonzado hasta perder la compasión y la piedad de su círculo más íntimo, la familia; una familia que, cuando finalmente Gregorio muere, recupera el alivio y comienza a moverse libremente y sin ataduras, despojada de una carga que le resultó evidentemente muy pesada y angustiante.

El mundo ha reconocido en esa obra de Kafka la descripción más acabada y precisa del absurdo de la burocracia moderna. El escritor austríaco, se ha dicho en varios escritos, conocía el mundo de la burocracia como pocos. Había trabajado en una compañía de seguros y no pocos de los protagonistas de sus obras eran empleados administrativos atrapados “en los laberintos de la burocracia”.

Nuestro Gregorio Samsa de la historia salió un día dispuesto a lograr que se le transfiriera una patente de remis en Mendoza. Antes había adquirido un auto cero kilómetro para el que se había recorrido media Argentina, de contacto en contacto con amigos y conocidos de diversas concesionarias, hasta dar con el vehículo en un tiempo breve o prudencial, porque los tiempos no le daban como para aguardar sentado no menos de cuatro o cinco meses hasta que lo llamaran para buscar la unidad si el trámite lo hacía en cualquier compañía del medio. Una anécdota que pinta de cuerpo entero la absurda situación que se vive en el país sobre este último asunto es que, apenas nuestro Gregorio tuvo su auto en una provincia del nordeste argentino, recibió no menos de tres llamados de interesados en comprarle el auto por un valor de 30 a 40 por ciento más caro del que lo había pagado.

Pero lo peor para nuestro protagonista de La metamorfosis versión Mendoza sobrevendría más tarde, cuando se dispuso a iniciar el trámite para adquirir la patente de remis que necesita para salir a trabajar cuanto antes, porque un auto pipí cucú (como pide el Estado) no se paga solito, señores.

Entonces, cuando “cedente” (poseedor de la patente) y “cesionario” (nuestro Gregorio Samsa) se encontraron, fueron juntos al primer mostrador para iniciar el expediente. Allí se toparon con un festival de códigos que debían presentar: Código 332 (por unos 60.000 pesos por una patente aprobada para el Gran Mendoza; de  9.000 pesos para el resto de la provincia); Código 667 (con un certificado del Departamento de Gestión de Cobro de Multas); Código 397 (el que autoriza la unidad); Código 376 (pago de Tasa de Fiscalización) y el Código 395 (con la declaración jurada del puerto de guarda con contrato de alquiler).

Más tarde, el citado Gregorio Samsa, nuestro héroe en toda esta historia, el “cesionario” debió contratar un contador, además de un gestor para dejar en manos de estos expertos la dirección del trámite, porque así como no se llega solo a la cumbre del Aconcagua, sin la mano confiable de un guía cuando se es un novato en el asunto, tampoco se puede conseguir la titularidad de una patente de remis por la vía de una transferencia si no es, obviamente, de la mano de especialistas que conocen el intrincado y absurdo mundo de la burocracia mendocina y argentina, por supuesto.

Gregorio Samsa todavía está buscando papeles; mejor dicho, su contador y gestor. Allí andan, oficina tras oficina de la administración, exigiendo y tramitando: a) informe de libre deuda de Gestión de Cobro de Multa; b) Certificado de capacidad legal expedida por el Registro Civil (Código 227, más DNI); c) Informe de pago de Ingresos Brutos; d) Inscripción en AFIP, más los tres últimos pagos del monotributo y e) otros documentos, de aquellos que corresponden, según sea a Sociedades Anónimas, SRL y Cooperativas. 

De forma paralela, el “cedente” del relato, a quien no hace falta identificarlo más allá de asignarle el mote de conocido de nuestro Gregorio Samsa, debió hacer lo suyo por su cuenta y lado: certificado de pago de Ingresos Brutos, permiso de explotación de la unidad, Impuesto del Automotor al día, liquidaciones de haberes al día para el caso de un empleado (chofer) a cargo, la cesión del convenio hacia el cesionario en caso de que el chofer siguiera como empleado de Gregorio Samsa y, por supuesto, cómo no, el certificado de capacidad legal expedido por el Registro Civil.

Las exigencias para ambos han seguido. Llevan semanas, ellos o sus representantes, detrás de los certificados, las copias y las fotocopias. En verdad, nuestro Gregorio no se hubiese transformado en el personaje de Kafka, versión mendocina. Desde una sola boca de atención se podrían obtener todos los documentos que se solicitan con el número de DNI de cada uno de los interesados.

Pero la “revolución de lo sencillo” todavía no ha llegado a lo más recóndito de las oficinas del Estado. Siguen los pedidos de trámites, varias veces duplicados, multiplicados. De igual manera hay que presentarlos. A saber: tarjeta de identificación del vehículo; certificado de predio de guarda, tarjeta verde con uso de remis, si el predio de guarda es particular, se debe adjuntar copia de un impuesto, sistema de seguridad GPS y tarjeta habilitante, constancia de instalación del reloj, desinfección de la unidad, licencia de conducir de la unidad, el seguro, el certificado de antecedentes policiales, licencia de conducir profesional, la libreta sanitaria, el formulario 931  y el seguro de la ART.

Y sigue la lista: tarjeta de identificación del conductor, la manifestación de bienes con la firma del contador que Gregorio Samsa debió contratar, a lo que debió adjuntar el certificado del Colegio de Ciencias Económicas, un informe de la Anses y, por supuesto, hacia el final, la opinión del contador actuante sobre la situación patrimonial y el patrimonio neto de nuestro Gregorio Samsa, convertido en escarabajo, en medio de una metamorfosis burocrática.

La revolución de lo sencillo, aquel eslogan que la actual administración acuñó en los inicios de la coalición de gobierno, se tendría que haber focalizado ya por los caminos que están circulando Gregorio y su amigo, el “cedente”. Porque ¿cuántos más escarabajos podría soportar la situación? 

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