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18 de mayo de 2021
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Opinión

Inflación, vacunas e impunidad, el cóctel electoral en ciernes

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La inflación de abril rondará el 3,8%.

Uno de los hombres fuertes de La Cámpora a nivel nacional, Andrés Cuervo Larroque, definió el fin de semana por dónde tiene que pasar la estrategia del kirchnerismo para imponerse en las elecciones de medio término previstas para el último trimestre del año. “Vacunación, precios y unidad política”, respondió quien es, también, ministro de Desarrollo Productivo de la provincia de Buenos Aires, entrevistado por una radio porteña.

La sentencia de Larroque –uno de los dirigentes que supieron ser de los más cercanos que tuvo Cristina Fernández de Kirchner a su alrededor en su primera presidencia, de los “soldados” considerados más fieles y uno de los pilares sobre quienes se conformaría y consolidaría el brazo joven del régimen– ha dado en la tecla: el oficialismo, como todos en el Gobierno, necesita de un estado de ánimo amigable y de un grado de confianza sobre lo que hace altamente superior y en ascenso para imponerse. Las elecciones, como muchas veces se ha escuchado por ahí, las pierden y las ganan los oficialismos, quienes gobiernan.

Para el gobierno de Alberto Fernández, las legislativas que se avecinan resultan ser más trascendentes de lo que parecen y de lo que siempre se dice. Está obligado, cuanto menos, a mantener la fuerza que posee en el Parlamento. Pero su objetivo siempre ha sido el de incrementar su poderío porque los mandatos del cuarto gobierno K así lo determinan.

Claro que la oposición, para evitar el crecimiento y la consolidación de la hegemonía K, necesita recuperar la confianza que supo ganarse algunos años atrás para oficiar de tapón y de garante de todo aquello que no quiere que pase y que muchos argentinos temen que ocurra. Una tarea más que compleja y demasiado cuesta arriba, de no lograr –como también afirma Larroque– unidad firme y creíble detrás de un proyecto de gobierno y de estabilización del Estado, que tampoco tiene y que en medio de la pandemia pareciera mucho más difícil que lo pueda conseguir. En síntesis, mucha de la suerte del bloque opositor estará en manos de lo que haga y no haga el oficialismo y del crecimiento del malhumor y fastidio generalizado que puedan surgir ante la ausencia de resultados y de aciertos, particularmente, desde lo económico.

Argentina está envuelta en un drama económico y social que, como todo y como siempre, pudo haberse evitado. El gobierno de Alberto Fernández –que hoy parece estar más interesado y concentrado en avanzar con reformas a instituciones que en cómo están funcionando, en particular la del Ministerio Público Fiscal y la de la Procuración, no le permitirían solucionar los problemas que con la Justicia tienen varios ex funcionarios del último kirchnerismo, incluida la vicepresidenta –debe ponerse a trabajar en cambiar el ánimo de la sociedad y de sus propios votantes. Está obligado a ello.

Fernández y los suyos confían en que el actual sistema de subsidios, que se multiplicaron con la llegada de la pandemia, les garantizará los votos mínimos para mantener lo que tienen.

Con acierto se supone que esa práctica, extendida desde varios años a esta parte y de un funcionamiento aceitado en manos del peronismo, es parte de un sistema perverso que apunta a mantener como rehén, por todo lo que se pueda en el tiempo, a quien recibe la asistencia, amén de que se reconoce que, sin esa ayuda, el beneficiario literalmente no podría subsistir bajo las actuales condiciones macro y micro por donde camina la economía nacional.

Si el Gobierno no logra mejorar la provisión de vacunas contra el covid a la población, si no atenúa la escalada de precios y, si por alguna razón especial y particular llegara dividido a las elecciones, lo que en principio aparece como improbable, a esta altura de las circunstancias podría recibir un golpe muy duro que amenazaría la concreción de aquel objetivo, el de la coraza protectora que necesita el kirchnerismo por las causas abiertas en torno a los conocidos hechos de corrupción.

Pero uno de los frentes abiertos más graves es el de la situación social y del estándar de vida de los argentinos que día tras día se agrava, cayendo en una espiral que sólo promete, hacia un final que nunca llega, más agobio, menos calidad de vida y más miseria. A los números de la pobreza, en general, de la población en su conjunto, se le suma en particular la situación de la infancia y la juventud.

Casi 63 por ciento de los chicos está en situación de pobreza, pero en Mendoza supera el 66 por ciento. El incremento de los precios que le preocupa a Larroque es lo que mes a mes hunde en la pobreza a miles de argentinos.

La decrepitud es sostenida –para lamento de todos– y se observa con números estadísticos año tras año. Con datos del INDEC surge que 10,9 por ciento de los hogares argentinos no cuenta con agua corriente, un porcentaje que, seguramente, es mayor porque el INDEC mide aglomerados, como el Gran Mendoza. El 33,8 por ciento del total de hogares no cuenta con gas de red y 31,2 por ciento no tiene cloacas ni servicios mínimos de saneamiento. Todo ese panorama termina afectando, claro está, a la buena salud de los argentinos y votantes, si se quiere.

Los hogares relevados son un poco más de 9 millones y en su conjunto reúnen a más de 28 millones de personas, de los casi 45 millones de habitantes en total. Pero permite, claro está, proyectar. Siguiendo con los datos, 36 por ciento de los hogares sólo tiene cobertura de salud del sistema público. En el segmento de los chicos de 0 a 17 años, 44,8 por ciento depende del sistema público de salud. Y allí, quizás, está el rango que hoy más preocupa porque es donde se han ensañado la pobreza, la falta de planificación, de proyectos y de esperanzas; el clima educativo no es el mejor como cualquiera puede imaginarse: 42,5 por ciento tiene un nivel de educación bajo y 5,5 por ciento, muy bajo. Y lo propio sucede con la vivienda y sus características, que se han ido deteriorando con el paso de los años.

Hay quienes en el oficialismo abonan la teoría del mientras peor, mejor, porque, cuando se está mal, como ahora, el Estado aparece con toda su furia a distribuir recursos que son absolutamente necesarios para quien los recibe y también para quien tiene el poder y la facultad de darlos, porque siempre imagina un voto y un apoyo que considera de su propiedad. El desafío que parece siempre alejarse para el país es romper esa inercia, evitar la dádiva y ofrecer las oportunidades y con eso recuperar la dignidad.

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