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25 de julio de 2021
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Columna

Evitar ser Venezuela es sólo el comienzo

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La administración dice que tiene un plan.

Y es cierto.

Tienen un plan, es parte de un proyecto y lo instalaron desde el primer día.

No hay grieta ahí.

Por más que se revoleen con carpetas, por más que se pisen los callos y pongan caras de nenes malos cuando dicen: “Yo con vos no juego más” porque no le prestaron el camioncito volcador y a los dos minutos están juntos recolectando gomitas para poner en el camión y aquí no ha pasado nada, no tienen grieta ahí.

La administración tiene un plan y ni la peste los apartó del diseño original, con tres pilares básicos: choreo, impunidad, venganza.

Hoy, no sé si por la cuadratura Urano Saturno o por la luna llena de Acuario, lo cierto es que estoy, como todos, desinfladísimo. Así que no facilitaré las pruebas. Piense el simpático lector, en la tranquilidad del desayuno, tres ejemplos claros de cada uno de estos pilares de los que tenemos certeza han ocurrido desde el 10 de diciembre del 2019 hasta acá.

Llene usted los casilleros, puede hacerlo mentalmente.

1. Tres ejemplos de Choreo.

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2. Tres ejemplos de Impunidad.

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3. Tres ejemplos de Venganza

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Al comienzo de su tarea, la administración contó con un aliado de hierro.

El silencio.

Quiero hablar del silencio del comienzo del ciclo: de fin del 19, principios del 20.

¿Éramos tan pocos quienes veíamos lo que se venía?

¿Por qué tan pocos anunciábamos lo que nos resultaba evidente?

El círculo rojo, los empresarios nacionales que pescan en peceras, jamás lo iban a hacer.

Estaban enamoradísimos de la pareja de Fabiola.

Creían haber encontrado al “peronista racional”, la hamburguesa que te ofrecen y que siempre es más chiquita que la que aparece en la foto, más quemada, más insulsa.

Saben que esa “racionalidad” incluye subsidios a granel, negocios de amiguetes y el amancebamiento de la UIA y la CGT que sirve para hacer la vista gorda a componendas en forma de licitación y contubernios varios.

No hay peligro de cuadernos delatores con el “peronismo racional”. Son los dueños de los cuadernos, de las lapiceras y especialmente, de las gomas de borrar.

En el combo de la hamburguesa también viene el "chito la boca" de excedidos sindicalistas formados en el “la tuya está”. Se suma como gaseosa, claro, la aquiescencia del Poder Judicial, esa ficción en la que todos hacemos como que creemos. Y las fritas, no olvidar, esos colegas y esos medios de comunicación que usan la pauta como el sobrecito de sal.

Es lo único que les da sabor.

La cajita feliz de los empresarios, sindicalistas y jueces, suma también a la iglesia enamorada que encuentra en esa “racionalidad” la versión política de su misión en la tierra. Muchos pobres que llenarán el reino de los cielos, para contarlos. Se habían sacado de encima a Macri, que no sabía ni hacer la señal de la cruz.

Y para agrandar el combo, infaltable, el postrecito, la frutillita baladí, el adorno culto, los intelectuales y artistas que ven en el peronismo racional el lustre fácil, los congresos al pedo, las películas de Evita -no queda actriz argentina que no haya hecho de Eva- la calesita de felicitaciones, publicaciones, premios y concursos que los mantienen vivos, los recitales sobrefacturados que les permiten la parodia de la importancia.

La comida basura lista para ser deglutida sin cuestionamientos.

Ninguno de quienes te vendieron la cajita feliz temían ni el choreo, ni la impunidad ni la venganza.

Es entendible.

Serían los beneficiarios.

Por eso nadie denunciaba.

¿Por qué denunciarían el esquema con el que esperaban favorecerse?

Pero claro, como sabíamos, detrás de la pareja de Fabiola vino el kirchnerismo, que vendría a ser en este esquema, la parte irracional del peronismo: la del “vamos por todo” y no compartimos con las otras mafias porque somos la mafia hecha encarnación, la esencia, la madre de todas las mafias.

En rueda de colegas me preguntaron, a poco de comenzado enero del 20 y dije, en aquel momento, las tres palabritas obvias: “Choreo, impunidad, venganza”. Comencé, claro, por lo innegable. Dije que me daba vergüenza desde esos días mirar a la cara a un venezolano al que le cerramos la puerta en la cara porque Argentina pasaba de ser el país líder de la libertad en el continente a una paisucho que recibía con alborozo a la dictadura de Maduro.

Ese sólo hecho, volver a abrazar a los asesinos que habían expulsado a los miles de exiliados venezolanos que vinieron a vivir entre nosotros, me habilitaba a afirmar ya en enero del 20 que estábamos sufriendo el peor gobierno en la historia democrática del país.

Claro, el comentario ni siquiera cayó mal.

Me miraron como si un extraterrestre verde plateado con motitas naranja flúo hubiera bajado en el coqueto bar de Palermo donde estábamos.

Les resultaba imposible pensar que “peor gobierno en la historia democrática del país” y “pareja de Fabiola” podían ir en la misma frase.

Estaban convencidos, lo decían sin dramas, que el de Macri había sido un gobierno tan malo que sería imposible que algo fuera peor.

De la experiencia de cuatro años no rescataban nada.

No habían visto la infraestructura, no reconocían la apertura al mundo, la baja de retenciones, la libertad de los medios públicos, los esfuerzos por bajar el déficit fiscal, la urbanización de las villas, la extensión de la red de internet, las líneas low cost que por primera vez permitieron volar a millones de compatriotas, la modernización del Estado, su digitalización, el apoyo a los emprendedores.

No registraron las toneladas de piedras, el gordo Mortero, las mentiras del caso Maldonado, la docente farsante que se escribió la panza para culpar al gobierno, el incesante golpeteo de medios de comunicación en dieta de pauta oficial.

Ni una palabra de la lucha contra el narcotráfico, el levantamiento del cepo, la inversión en energía, la energía limpia.

Nada.

Me preguntaron si no me molestaban los tornillos sueltos de un guardrail del Paseo del Bajo.

Ahí noté que comenzaba un cono de silencio que iba a ser muy difícil romper.

Las cartas estaban jugadas.

Nadie destacaría un solo logro de la experiencia pasada entre 2015 y 2019 so pretexto de ser considerado “de derecha”, “insensible”, o ¡peor!, “macrista”.

Había mucho espacio para contar cada una de las cosas que el gobierno había hecho mal. Eso sí, y estaba bien, era considerado un dato pero decir “la fibra óptica de ARSAT pasó de 6.000 a 30.000 kilómetros operativos” o “la verdad que es cierto, no se inunda más” o “Macri se fue dejando superávit comercial, equilibrio fiscal primario, equilibrio energético, tarifas y dólar actualizados, reservas, emisión controlada, exportaciones creciendo, equilibrio fiscal en las provincia y buenas relaciones con América Latina y el mundo” no era considerado un dato.

Era sacar carnet de fanático en algunos ámbitos.

Si decías esas verdades simples y comprobables, ya te tildaban de “macrista fanático”.

En enero del 20 Macri sólo era un apellido que daba para reírse. Y con la prepotencia del grandote, si no te reías, eras “macrista”.

Hicieron que diera vergüenza defender al primer gobierno no peronista que terminaba un mandato sin golpe militar o peronista.

Ninguna crítica era permitida si antes no balanceabas con un “en el gobierno anterior era peor”.

¿Y saben qué?

La verdad no tiene equilibrio.

Los datos, son.

El primer paso se dio cuando se resquebrajó el muro de silencio.

Ya no lo hay.

La sociedad dijo “déjenme de joder” y ya nadie se calla la boca.

Es lo más sano que nos podía pasar.

Eso enloqueció al poder, a la pareja de Fabiola, a la Extraña Dama dañina de Recoleta.

No sólo dejaron de manejar la calle.

También dejaron de manejar el silencio.

Fue la sociedad -ni los empresarios del círculo rojo, ni los sindicalistas, ni los jueces, ni los curas, ni los intelectuales, ni los artistas- la que salió a defenderse.

Algunos políticos, entonces, se miraron al espejo, se leyeron la etiquetita que decía “opositores” y se opusieron.

Escucharon ese hilo de voz que se convirtió en río.

Comenzaron a oponerse. ¿Cuánto? Lo que la menguada fuerza de los votos que les dimos les permitió.

La sociedad rompió el silencio.

La sociedad se unió en forma de Padres Organizados, en forma de Campo y Ciudad, en forma de Vecinos Autoconvocados, en forma de VacunaMe, en forma de Movimiento Empresarial Antibloqueo.

Así fuimos empujando.

Nunca, ninguno de estos movimientos, fue antipolítica.

Ya no somos los adolescentes del “que se vayan todos”.

Es con política que se saldrá de esto.

Con mejor política.

Esta semana fue la semana del cierre de listas, la hoguera de las vanidades.

No está mal que los políticos tengan ambiciones personales. Es más, está muy bien. ¿Para qué quiero un dirigente que no tenga ambiciones personales?

No.

Necesitamos hambre de liderazgo, tipos que quieran defender su idea, llevar las banderas, invitar a un camino que sea aspiración de todos.

No hay tantos así.

Y por supuesto, hay muchos heridos.

Gran parte de los seguidores de la oposición, inútil es ocultarlo, está desencantanda. Algunos hasta quieren tirar la toalla.

Dicen que aquellos que mantuvieron viva la coalición no vieron premiados sus méritos.

Que la angurria y los planes personales de dos o tres enturbiaron todo el proceso.

Que consiguieron lugares expectantes en las listas que pelean dentro de la coalición, varias figuras que fueron destructivas de esa alianza.

Otros, en cambio, dicen que esta es la estrategia para conseguir votos que de otra manera, no se conseguirían.

Que hay que ampliarse para ganar.

Todos tienen razón.

La moneda está en el aire.

En la provincia de Buenos Aires, “Juntos por el cambio” es ahora solamente “Juntos”. Es bastante lógico que el votante razone que antes sabía para qué estaban juntos y ahora, hay al menos una duda.

Muchos argentinos creen que este es un momento abismo en la vida nacional. Eso de que con siete diputados más, el kirchnerismo domina las dos cámaras del Congreso y estos tipos son monos con ametralladoras, caló hondo.

En muchos.

Pero no en muchísimos.

La mayor parte de la sociedad, por la cuadratura Urano Saturno, por la luna llena en Acuario o porque ya es insoportable, no puede escuchar una sola palabra más sobre la realidad política nacional. Pasan de “son todo lo mismo” a “esto no se arregla más” a “la salida es Ezeiza”.

¿Cómo hablar de futuro con alguien que no puede ni vivir el presente?

¿Cómo hablar de futuro con gente que no come?

Difícil motivar a millones de desesperanzados que no se hacen responsables de haber provocado este desastre. Porque habrá que decirlo, esta no es hora de demagogias. Llegamos hasta acá porque votamos como votamos. La pareja de Fabiola no se sienta en el sillón de Rivadavia porque se le ocurre sino porque millones de “son todo lo mismo” lo pusieron ahí. La Extraña Dama Dañina de Recoleta tenía ya todo un recorrido de maldades varias que no importaron al momento de votar en 2019.

Y 12.946.037 personas pensaron que era lo mejor para el país.

Fueron y en un acto libre y voluntario pusieron un papelito que decía: “Sí, quiero que vuelva y que maneje todas las cajas y todos los resortes que hacen que el país funcione”.

Ahora que sabemos que entre salud y economía eligieron pelear por Putin, nos debería quedar claro que no es lo mismo chicha que limonada.

La alianza opositora se disfraza de no tan opositora para ganar unos votos más.

¿Por qué?

¿Por qué después de todas las pruebas que tenemos de que este es efectivamente el peor gobierno democrático argentino, no conviene mostrarse tan opositor?

¿No importan los muertos?

¿No importa la represión en Formosa?

¿No importa la inflación por las nubes; los chicos sin comida, sin clases y sin vacunas; los vacunados vip; los chorros sueltos; Boudou libre (valga la redundancia); los varados del año pasado y los de este año; la inseguridad ciudadana; la inseguridad rural; el pelo de Filomena Vizzotti?

¿Qué clase de gente es la gente a la que no le pasa nada cuando se entera que una ignota y sobrevalorada Cecilia Nicolini le escribe a su amigo Anatoly diciéndole que si precisás nenes para un experimento, acá tenés pero por favor no dejés colgado a la pareja de Fabiola que el 9 de julio necesita mostrar que hay vacunas?

¿O no se entera?

¿Le servirá a la oposición hacer como que no se opone?

¿No hubiera sido mejor alzar más la voz durante todo este tiempo?

¿No hubieran tenido que marcar más clara la diferencia?

¿Qué significa que tantos millones de argentinos no están convencidos de estar parados frente al abismo?

¿Que no lo estamos o que quienes tenían que advertirlo lo hicieron menos de lo que deberían haberlo hecho?

¿Podrían haber hecho más?

¿Qué clase de sangre tienen esos compatriotas para quienes los sobreprecios en los garbanzos de los pobres no es grave?

¿Qué país se construye con los que no les importa si sus hijos van o no a la escuela?

¿Cómo conseguís el voto de alguien así?

Es más ¿para qué lo conseguís?

¿Para seguir siendo así?

¿Evitar ser Venezuela es todo a lo que podemos aspirar?

¿Ser mediocres será el mejor futuro posible?

No sé por qué, si por la cuadratura Urano Saturno, por la luna llena en Acuario o por qué carajo, pero yo creo que merecemos más. Que no hay político, oficialista u opositor, que sea el dueño de nuestras ansias. Que más temprano que tarde nos escucharán porque de eso dependerá su futuro.

Hay algo que muchos políticos no saben.

Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Y sí, nosotros tenemos un plan.

Vivir en el mundo 2021.

Mirar el futuro con confianza.

Trabajar y ser felices.

Encontrar acá el terreno fértil para todas las experiencias que nos vengan en gana.

Todo aquél que quiera representar a la sociedad deberá aprender que será imposible si no la escucha.

Y que ninguno, ninguno de ellos, oficialista u opositor, es imprescindible.

Los imprescindibles somos nosotros.

Y ya nadie se calla.

Y ya nadie se resigna.

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