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11 de octubre de 2021
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Es ahora

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Andrés Vavrik, el presidente de la Cámara de empresarios, realizó un encendido discurso.

Pocos mendocinos deben quedar ya, a esta altura de las circunstancias, sin haber escuchado eso de que la provincia no crece y no genera empleo genuino desde, cuando menos, unos diez años. Y muy pocos en verdad deben haber quedado fuera de las consecuencias, de forma directa o indirecta, de esa crisis sostenida y mantenida en el tiempo sin que ninguna administración de gobierno haya dado en la tecla para solucionarla y salir de ella.

La pregunta se impone sola: ¿cuánto importa desembarazarse de un estado de situación que parece haber conseguido adormecer a todos, como un veneno que ha paralizado y obligado a permanecer vaya uno a saber por cuánto tiempo vegetando sin llegar a una muerte definitiva?

¿Importa este asunto sin solución a la vista? O su eternización está dando cuenta de dos cosas quizás: no hay voluntad ni deseos ni intenciones de salir del statu quo porque es el combustible de la permanente discusión que entretiene a oficialistas y opositores y que conduce a la nada misma; o bien no tienen la menor idea de cómo hacerlo. Puede haber una tercera opción a todo esto: que nadie quiera pagar el costo de hacerles frente a los supuestos efectos antipopulares de la profunda reforma a todo el sistema que habría que imprimir para escaparle al vuelo bajo y a la mediocridad, a la pobreza perenne y en crecimiento, a la resignación y al ostracismo.

No todos los políticos, hay que decirlo, han caído en ese desvarío de decir siempre lo mismo y de no intentar nada porque es piantavotos. Hay quienes se han diferenciado. El problema que tienen es que son pocos los convencidos, y enfrente cuentan con la oposición siempre bulliciosa, estridente, que toma muchas veces –las más, hay que decir–, las formas más violentas y perniciosas que existen; que colman sus discursos de espejitos de colores y de la demagogia más ordinaria y obscena para que nada cambie; porque si eso ocurriera, perderían su razón de ser, de existir y esa forma de poder insano y maloliente que practican.

Buena parte de lo que hay que hacer fue enumerado este fin de semana en Alvear, durante la realización de la Fiesta Nacional de la Ganadería de Zonas Áridas. Andrés Vavrik, el presidente de la Cámara de empresarios alvearense, dejó de lado por un momento los consabidos y acostumbrados reclamos que se hacen en ese evento, año tras año, para descerrajar sin piedad, sin anestesia y en estado bruto lo que muchos piensan y no dicen y lo que muchos dicen en privado que hay que hacer y niegan en público haberlo dicho.

“Ser mejores personas ahora no es una opción. Debe ser una obligación. Señoras y señores: en los próximos dos años se puede definir el futuro de nuestro amado país. Depende de nosotros salvar a esta república. La Argentina de hoy discrimina provincias; expulsa a los más capaces y audaces; detesta el mérito; normaliza y romantiza la pobreza; confisca a los más eficientes; castiga al campo, que la hizo grande; relativiza la propiedad privada; insiste en modelos obsoletos encerrada en una discusión que para el mundo terminó el 9 de noviembre de 1989”, dijo Vavrik, en alusión a la caída del Muro de Berlín. Y agregó: “(La Argentina de hoy) se sigue tapando los ojos para no ver la catástrofe cubana, la destrucción de Venezuela y el sufrimiento de su pueblo”. Y cuando los aplausos se multiplicaban de buena parte del millar de asistentes al acto, el dirigente planteó que, a su entender, la Argentina “necesita de justicialistas, de radicales, del Pro y los liberales, dentro de un gran acuerdo político, luchando espalda con espalda contra el socialismo populista empobrecedor”.

Unos minutos más tarde, Vavrik sería felicitado por el gobernador Rodolfo Suarez, quien lo sucedería en el uso de la palabra y, como siempre, su discurso cerraría la ceremonia para dar vía libre al famoso almuerzo de los costillares sureños. “Felicito al presidente de la cámara por su discurso que ahí (abajo) lo siguen saludando”, diría el gobernador para llamar la atención, porque ya había comenzado a hablar, pero pocos reparaban en ello.

Como respuesta a lo que había escuchado, Suarez diría que su gobierno está empeñado en construir un nuevo Estado con más desarrollo, dispuesto a cambiar la pobreza por empleo y a la frustración por la esperanza. También le apuntaría al concepto de la mendocinidad, de moda a lo largo de toda esta campaña electoral de medio término y sobre eso acotaría que su forma y modo de gobernar pasa por todo lo que significa el ser mendocino: “Ustedes conocen el apego que tengo sobre la mendocinidad”, diría, a su entender basado en el orden, la perseverancia en el esfuerzo, el trabajo, la decencia, la austeridad; hablaría también de la capacidad innovadora y el carácter de emprender de su gente y al que, como broche a todas esas características, le adosaría uno llamativo: “mi compromiso provida”.

Pero Vavrik había ido un poco más allá de todo eso: cuando hizo referencia a que el próximo año la democracia recuperada en la Argentina cumplirá 40 años, planteó la necesidad de refundar la democracia porque evidentemente no se le ha sacado el mejor de los provechos cuando se tiene a la mitad de país por debajo de la línea de pobreza. Mencionó a los empresarios y al sector productivo que han vivido del cortoplacismo, de las medidas proteccionistas del Estado, sin confianza y seguridad en el mundo. Se ocupó también de los sindicatos, a los que describió como “un monstruo indomable” que ha impedido las inversiones y las ha ahuyentado “en complicidad con las empresas”, admitió. Y en esa línea pidió, entre otras cosas, que estas estructuras se democraticen y que permitan la libertad de los afiliados con aportes voluntarios, porque como están hoy no se han ganado ni la confianza ni el respeto de los representados.

En su recorrido de deudas, a casi 40 años de democracia, el presidente de la cámara no dejó de mencionar a la Justicia (“la que ha estado más atenta al poder político que a la Constitución y las leyes”); a los partidos políticos por su desvinculación con los problemas de los ciudadanos, por su negativa a la instauración de la boleta única y por su insistencia en las candidaturas testimoniales (una referencia quizás destinada a Suarez en su carácter de candidato a senador suplente) y, sobre el final, mencionó parte de las reformas que ninguna administración ha llevado a fondo: el ajuste, el control del gasto y del déficit fiscal. Ajustar, dijo Vavrik, no es despedir a los empleados públicos ni dejar sin presupuesto a la educación o al resto de los servicios esenciales y públicos. Segundos después completaría su visión del ajuste y de las reformas necesarias, cuando pidió ese acuerdo general y amplio, “luchando espalda con espalda contra el socialismo populista empobrecedor”.

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