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7 de mayo de 2021
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Opinión

El ser kirchnerista y el ser mendocinista

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Hacia dentro del kirchnerismo, que hoy domina la vida interna del peronismo local, poco importará si el Gobierno provincial o el oficialismo en la Legislatura le da vía libre a ese proyecto para administrar la pandemia que la senadora Anabel Fernández Sagasti, acompañada por el intendente Matías Stevanato, le presentó al gobernador Rodolfo Suarez el miércoles en la Casa de Gobierno. El objetivo de fondo, el más importante que imaginó la titular del movimiento opositor, fue provocar y generar un hecho político de alto impacto –que lo consiguió– y comenzar con ese acto un cambio de actitud, de modos y de formas frente a todos los problemas de la provincia, alejándose todo lo que fuese posible de esa imagen dura, inflexible y fuertemente crítica que ha acompañado al kirchnerismo, como oposición, ante los dos gobiernos de la coalición que dominan los radicales, mayoritariamente, y que desalojara al peronismo del poder en el 2015, cuando llegó Alfredo Cornejo a la conducción de la provincia.

De hecho, quizás, en el perokirchnerismo ya se imaginaban, de antemano y cuando se pergeñaba la maniobra, que Suarez rechazaría a su tiempo ese proyecto –o más temprano que tarde como ha terminado sucediendo– que proponía implementar en Mendoza el famoso semáforo de acción alemán para gestionar aperturas y cierres, habilitaciones y prohibiciones, en un determinado momento del curso de la pandemia según el mayor o menor número de casos de contagio.

Mendoza y el país, particularmente, tienen características diferentes de las de Alemania, como todo el mundo puede suponer: desde un poderío económico incomparable en términos reales y generales, pasando por las mayores posibilidades de sus ciudadanos de subsistir un tiempo prolongado sin ingresos por estar encerrados y sin trabajar y hasta por las diferentes situaciones que viven los chicos en edad escolar que, por la conectividad extendida universalmente y de calidad, la inmensa mayoría de ellos puede recibir clases virtuales en su casa sin inconvenientes técnicos ni de ninguna otra especie como los existentes en Mendoza, si se quiere.

De hecho, y como se presumía, la primera en bajarle el pulgar a la iniciativa fue la ministra de Salud, Ana María Nadal, la que, sin medias tintas, dijo valorar la inquietud de la senadora, pero aclarando que el sistema no puede autocontrolarse por medio de un proyecto de ley como el propuesto porque se está lidiando con un “proceso dinámico”. Fijar estándares por ley, agregó, “no resultaría adecuado”.

Lo que el peronismo ha inscripto en el haber como balance, y especialmente Fernández Sagasti, de acuerdo con lo que entiende y que ha comenzado a buscar denodadamente, es que la sociedad perciba que hay un cambio de actitud decidido por el lado de la senadora, la que está intentando dejar atrás esa imagen de dureza y de inflexibilidad que acompaña al kirchnerismo como una marca indeleble y que en Mendoza es rechazada por buena parte de la sociedad.

El oficialismo también ha tenido su discusión interna tras el encuentro del miércoles. No son pocos los que suponen, quizás los vinculados con los perfiles de halcones más que el de las palomas, que Suarez no debió haber recibido a Fernández Sagasti, quien, además de idear y concretar un acontecimiento político de impacto, como resultó siendo, ha querido capitalizar algo de la buena imagen que le atribuyen las encuestas al gobernador y como una manera, además, de frenar la caída en la intención de voto que puede estar padeciendo, por su lado, el peronismo y los que comienzan a mostrarse como candidatos, entre ellos, la propia senadora, que irá por la reelección de su banca en los comicios.

El kirchnerismo provincial está cumpliendo una estrategia que comenzó el mismo día que volvió a perder las últimas elecciones en la provincia. Está detrás de un proceso de renovación encabezado por la líder de la Cámpora, quien se ganó el derecho de conducción en buena ley, y que tiene como objetivo la recuperación del poder del que se fueron alejando con la llegada de Francisco Pérez al Gobierno, en el 2011, la que se constituyó, para más datos, en la última elección que ganó el movimiento.

Con Anabel al frente, el peronismo ha perseguido, primero, fidelizar lo que siempre ha tenido, un piso potente no inferior a 25 por ciento de los votos. Hasta no hace mucho tiempo, todas las señales y los movimientos políticos de la senadora, acompañando al gobierno de Alberto Fernández y desde ya que rigiéndose en la extensión de Cristina Fernández de Kirchner en la provincia, ha ido en ese sentido: evitar la fuga de votos, a lo que diera lugar. Pero, como no le alcanzaría para construir un trampolín o una catapulta hacia el éxito definitivo, el kirchnerismo necesita enamorar a buena parte de la clase media mendocina o volverla a encantar, como alguna vez lo hiciera y con éxito evidente.

La senadora y líder del peronismo en eso parece estar por estos tiempos, en la compleja tarea de que su partido o coalición se vuelva a transformar en fiable, creíble y en una alternativa cierta y concreta frente a lo que hoy existe. Hoy, las encuestas le están reflejando que el piso y el techo parecen ser el mismo, entre 25 y casi 30 puntos o, quizás, un poco menos. Algunos meses atrás, los referentes se habían propuesto llegar a 40 puntos en los próximos comicios. Un objetivo que hoy se les muestra lejano y borroso, por lo que Anabel necesita ser más mendocinista de lo que ha sido y dejar de ser un poco menos kirchnerista de lo que realmente es y también ha venido siendo. Si lo conseguirá o no, es parte del gran enigma que tiene por delante.

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