A una semana de las elecciones, en el sprint final, los candidatos del oficialismo mendocinos van a buscar reafirmar la idea, la sensación y el convencimiento de que las motivaciones que definirán el voto hacia ellos o hacia el kirchnerismo estarán marcadas más que nada por la situación nacional del país, y, una vez logrado ese escenario, descuentan una victoria en la que ampliarán –a eso aspiran– la diferencia de 17 puntos que lograron sacarles a sus adversarios en la PASO de setiembre.
En la vereda de enfrente, los aspirantes del kirchnerismo se lamentan en la intimidad por no haber aplicado mucho antes de lo que lo hicieron la estrategia de campaña que siguen desde algunos días atrás, en la que proponen discutir las deudas de gestión que ha contraído la coalición de gobierno que integran los radicales junto con sus socios del PRO. Se trata, en realidad, de una discusión que está girando alrededor de los problemas estructurales más los recientes del país, pero que, al ser mencionados con nombre y apellido, como la situación de la OSEP y su crisis financiera; al apuntar a hechos de inseguridad que se producen en las barriadas del Gran Mendoza con el crecimiento de los robos y de los hurtos; al remover y meter el dedo en la llaga en ese crónico e histórico faltante de viviendas que el bajo y lento ritmo de construcción del IPV no consigue inquietar siendo por demás insuficiente; o cuando se señala una llamativa subejecución de los fondos para obras públicas aprobadas en el Presupuesto y con financiamiento disponible, con cuestiones que han cobrado una dimensión y una particularidad tal que, en alguna medida, le han restado brillo a una gestión de gobierno que el oficialismo considera superlativa en medio de la crisis y la post pandemia.
Al final del domingo próximo se sabrá cuánto les redundó en beneficios o les terminó pesando el discurso y la descripción de la realidad que han hecho los dos frentes, o que eligieron, en el contexto de campaña. Ambos, ciertamente, tienen razón. Lo que es una incógnita, de todo lo que señalan como falencias y críticas o todo lo que defienden y destacan de lo que han venido haciendo y hacen, es lo que terminará prevaleciendo en la decisión del elector. El oficialismo sueña con ampliar una ventaja que lo ubique como el más antikirchnerista en la nación porque sus referentes, como Cornejo, particularmente, necesitan de un triunfo resonante en esa lucha interna que Juntos por el Cambio está dando en la franja central del país para liderar, desde allí, el protagonismo por la vuelta al poder que preparan y construyen y que buscan conseguir para el 2023.
Las encuestas, de todas maneras, están dando algunas señales de lo que está ocurriendo con el ánimo de los mendocinos y el que se podría reflejar con el resultado de la elección. La encuesta de Aresco (Julio Aurelio) difundida el fin de semana parece ser determinante en uno de los aspectos que se discuten, en el de la influencia de los temas nacionales por sobre los provinciales, y en el impacto negativo de la gestión nacional y de la imagen del presidente Alberto Fernández, por caso, sobre los candidatos del kirchnerismo mendocino. O, cuando menos, no los ayudan.
Bien se podría inferir que el disgusto que provocan el presidente y su gestión en Mendoza, mucho más la de la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner que en este trabajo no ha sido medida, se proyecta sobre Anabel Fernández Sagasti y la termina afectando. Con lo que ese esfuerzo que ha hecho la senadora para tomar distancia de lo nacional luego de las PASO no le estaría dando el resultado buscado ni, cuando menos, amortiguaría lo que podría ser una derrota con ribetes catastróficos. En ese sentido, como están señalando a su alrededor, perder como se perdió en las PASO o ni hablar si alcanza los 30 puntos sería festejado como una victoria. Y puede ser entendible y absolutamente comprensible.
“Mi proyecto está anclado en el peronismo de Mendoza, no en Cristina”, dijo Fernández Sagasti al diario MDZ el fin de semana. Hace bien en tomar distancia por lo que señalan las encuestas, aunque es relativo el nivel de efectividad que pueda llegar a conseguir con eso y si logrará que le crean. Debió sumar a ese despegue al presidente, quien ayer les dedicó una desafortunada frase a los cordobeses, cuando, al pedirles el voto y al criticar al gobernador Juan Schiaretti, sostuvo que se tienen que volver a integrar al país y que Córdoba vuelva a ser parte de Argentina. Las humoradas contra Alberto Fernández no paran de correr por las redes sociales: un posteo en Twitter, de ayer, señalaba: “La campaña de Alberto sigue así: el lunes irá a Mendoza y dirá que hablan como chilenos; el martes irá a Chubut con una bandera mapuche; el miércoles caerá en Rosario y dirá que el narcotráfico es una sensación y el jueves irá a Formosa a condecorar a Insfrán”. Desde la época de Fernando de la Rúa que no sucedía un fenómeno tan llamativo, sorprendente y errático en el actuar de un presidente.
La encuesta de Aresco, en Mendoza, da cuenta de que la gestión de Suarez es valorada en 62,5 por ciento y que tiene una imagen negativa de 36,6 por ciento. La gestión de Alberto Fernández, para los mendocinos, es vista negativamente en 59,9 por ciento por los encuestados y positiva en 39,3 por ciento. ¿Cuánto de todo esto se traslada a los candidatos? Quizás esa pregunta sea respondida por la imagen que tienen los contendientes. Veamos: Alfredo Cornejo tiene una imagen positiva de 65,2 por ciento y una negativa de 31,1 por ciento; Julio Cobos: positiva 54,5 por ciento, negativa 42,5 por ciento; Adolfo Bermejo: positiva 50,6 por ciento, negativa 38,6 por ciento, y Anabel Fernández Sagasti cosecha una imagen negativa de 54,8 por ciento y una positiva del 40,6 por ciento.
