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24 de septiembre de 2021
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Opinión

El grado de tolerancia a la crisis y al caos permanente

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El experto en finanzas y ex miembro del staff del Fondo Monetario Internacional estaba de paso por Mendoza como parte de un plan de descanso estival que había comenzado varias semanas atrás, desde su Washington residencial. En un amable y coqueto café de las afueras del centro de la ciudad, el especialista llevaba adelante una entretenida charla con dos amigos mendocinos sobre la viabilidad o no de Argentina. A ambos les enumeraba una a una las cosas que se hacen mal desde varias décadas atrás, desde los tiempos en los que nuestro país se pavoneaba en el mundo entero por contar con unas de las clases medias más progresistas, evolucionadas y formadas del continente, con niveles de pobreza muy por debajo del dígito y que lo habían convertido en un imán para las inversiones, posibilidades y oportunidades de negocios para buena parte del mundo occidental.

Está claro que, a mediados de los 60, Argentina comenzaría a retroceder inexplicablemente para muchos observadores mundiales, renunciando a sus virtudes y potencialidades, en un proceso de autodestrucción en todos los frentes que la hizo transitar por ese estado de decrepitud política e institucional por todos conocido, y de profundo sufrimiento poraquella salvaje dictadura, y en términos económicos, por modelos, si se quiere, todos aquellos asolados y sitiados por todos los fantasmas juntos que el mundo civilizado ha logrado derrotar y sacarse de encima hace ya bastante tiempo, hay que señalar.

Cuando el visitante y avezado hombre de las finanzas mundiales terminó de describir las malas políticas y las peores decisiones que atentaron contra el crecimiento y desarrollo del país, se quedó mirando la reacción de sus interlocutores mendocinos. Uno de ellos, tras unos segundos de estupor, rompió el silencio y ese momento tan especial: –¡Viste que yo tengo razón! –, dijo en dirección a su amigo: “Argentina es inviable”.

Fue entonces cuando el experto volvió a tomar el control de la charla para contradecir toda aquella sentencia de marcado tono pesimista: negó que el país –visto desde el exterior y mucho más desde los organismos internacionales de crédito–no tenga salida. Como ejemplos de países condenados a la nada misma a diferencia del nuestro, y que para sobrevivir requieren sí o sí de la ayuda de la comunidad internacional porque de lo contrario sus habitantes morirían de hambre y/o afectados por todas las peores pestes conocidas enumeró a unos cuantos, mencionó cuando menos a diez estados que, señaló como ejemplo, necesitan 10 pesos para subsistir, pero producen 3.

Argentina, en cambio –acotó en la continuidad de su relato–, requiere para estar de pie unos 50.000 millones de dólares al año y sólo la Pampa Húmeda produce no menos de 60.000 millones. Aclaró que las cifras no había que tomarlas muy en serio, que eran simbólicas, pero sí la relación entre una y otra, que es lo más fidedigno y cercano a la realidad. Y concluyó: un país, un estado cualquiera, con una economía e instituciones de corte liberal toma alrededor de 25 por ciento de su PBI por año para funcionar; otro que se
encuentre en las antípodas, quizás considerado progresista –dijo en un tono provocador–, de los que apuestan por la contención y la necesaria presencia del Estado para los sectores que más lo necesitan puede tomar 35 por ciento de toda su riqueza. El problema de Argentina es que absorbe 40 por ciento o más y ya no hay nada ni nadie que lo pueda sostener.

Argentina es uno de los países que más gastan en la región. Está a la altura de Trinidad Tobago, Brasil y Ecuador. El gasto, en el 2018 y según un informe de aquel año elaborado por el BID, lo ubicaba en 35 por ciento del PBI. Y el primero en toda la región por su gasto público ineficiente, con una nómina salarial y de subsidios del orden de 7,5 por ciento del PBI, muy por arriba de la región, que tenía en ese momento un promedio de 4,4 por ciento de todo su producto bruto.

Más cerca en el tiempo, el economista Orlando Ferreres luego de indagar e investigar en torno al gasto público con solidado del país por varios años, advirtió que la decrepitud y el descontrol de las cuentas ha llegado a un nivel “verdaderamente inmanejable”. Lo dijo en marzo de este año, cuando comparó lo ocurrido entre el 2002, tras la hecatombe del fin del gobierno de Fernando de la Rúa, pasando por el de los Kirchner y el de Macri hasta concluir en el primer año de gestión de Alberto Fernández con pandemia de COVID y todo. Ferreres sostiene que el crac del 2001, con la devaluación producida por Remes Lenicov-Duhalde, permitió sincerar los números del país, sin dejar de mencionar la cantidad de pobres y de desahuciados que ocasionara aquella tremenda devaluación cercana al 300 por ciento.

El 2002 resultó ser el año, según Ferreres, de menor gasto, en relación, de la economía argentina. Pero, luego, todo cambió. “En la medida que se fue regularizando dicho gasto, este comenzó a crecer, aunque, quizá, si se hubiera llegado al 28/30 por ciento del PBI, ese número hubiera representado un límite razonable.
El problema es que no paró allí, sino que siguió creciendo y en el 2009 había llegado a 35,7 del PBI, una cifra que ya era alta. Pero, esto no terminó allí, sino que, en el 2015, después de varios años de Cristina de Kirchner en la Presidencia, el número llegó a 47 por ciento del PBI, una cifra verdaderamente inmanejable”, escribió el economista en marzo, en una columna que publicó La Nación.

Un estado cada vez más voluminoso; un sistema previsional que se amplía de forma constante, por el habitual ingreso de beneficiarios que acceden a la jubilación y al retiro por las vías normales y legales, o por unos cuantos que se suman por moratorias o adelantos de los montos jubilatorios, como se estudia realizar en breve; por un sistema de planes sociales para asistir a las urgencias y emergencias pero que se han convertido en crónicos; un estado compuesto por un sector económico privado y particular cada vez más reducido, que no genera la suficiente riqueza para sostener el gasto; un sistema inflacionario en crecimiento y otras tantas pestes crónicas, además de la del coronavirus, han naturalizado en Argentina un estado de crisis permanente que alarma. Alarma por el tiempo en que se ha sostenido y por el nivel y la capacidad de tolerancia al caos que ha tenido la ciudadanía. Al menos, hasta ahora.

La historia de lo que viene, quizá, se puede llegar a intuir, pero sería de irresponsable, cuando menos, aventurarla en voz alta o escribirla. Sólo hay que esperar.

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