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9 de agosto de 2022
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Opinión

¿El fin del jubileo?

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En los últimos diez años, el ingreso real por habitante –esto es la cantidad de recursos en relación con el PBI– creció en el mundo. El ingreso determina el nivel de bienestar de la economía. En las más avanzadas, esta variable subió 1,1 por ciento por año, y en las economías en desarrollo lo hizo 2,6 por ciento. Todo en promedio. Pero, Irlanda, China e India lograron convertirse en una excepción, haciendo crecer este indicador que benefició claramente a su población entre 4 y 6 por ciento anual en los últimos diez años.

Sin embargo, América latina vio caer su ingreso 0,3 por ciento en el mismo período, aunque Chile, Uruguay y Colombia, por caso, tuvieron un comportamiento positivo, casi siguiendo el promedio global: un leve crecimiento, sí, de 0,9 por ciento, pero crecimiento al fin. Todo lo contrario sucedió con Argentina, donde, entre el 2011 y el 2021, el ingreso per cápita de sus ciudadanos se hundió 1,6 por ciento. Y el de Venezuela perforó el 13 por ciento de caída. Estos datos fueron divulgados por el último informe económico del CEM que, a su vez, utilizó los documentos oficiales del Foro Económico Mundial y del Fondo Monetario Internacional.

Ayer, las consultoras económicas privadas, adelantándose al dato oficial de inflación que el INDEC divulgará el jueves próximo, aventuraron que el aumento de los precios durante julio se ubicará en 7,5 por ciento. Una cifra de espanto. Y, siguiendo la comparación con Venezuela, en este caso, el país caribeño tuvo un comportamiento mucho mejor que el nuestro en materia inflacionaria, estableciendo ese indicador, tan sensible por el impacto que tiene en los sectores de menores recursos, en el orden del 5,5 por ciento.

La depresión no se detiene en el país. La dimensión de la crisis parece tener características inimaginadas si no se toman medidas –es lo que entienden todos los expertos– de una vez por todas y ahora bajo la forma de shock. Aquel reacomodamiento tarifario que se inició, bajo condiciones dolorosas para la población por supuesto, entre el 2016 y el 2017 durante el gobierno de Mauricio Macri y que luego quedó en suspenso por las consecuencias negativas que se avizoraban que tendría para el oficialismo desde lo electoral, claramente y como terminó sucediendo, hoy se tiene que retomar bajo condiciones iguales o más duras que en aquel momento. Además del tiempo que se perdió. Toda una tara mental que nos diferencia a los argentinos de otros gobiernos, sean de derechas o de izquierdas. Chile, Perú, el mismo Brasil, Uruguay, Colombia por caso, han sido más sensatos. Lo demuestran los números, el crecimiento de la pobreza, la caída del ingreso, la decrepitud generalizada.

El punto de las tarifas es sólo uno de los tantos que se necesita intervenir y modificar en el país. Se debe seguir por una reconfiguración del Estado que, a la luz de lo que se discute hoy, se observa difícil por la presión y la oposición de sectores y grupos radicalizados que llegaron con la actual coalición al Gobierno y que de ninguna manera comprenden que, incluso desde las izquierdas, se deben y se pueden hacer ajustes. En esta versión, la que gobierna el país, la reducción de gastos y el ajuste del cinturón no están presentes. Las empresas del Estado, el gasto de la política, los subsidios sociales, evidentemente, se tienen que alinear con los nuevos tiempos que se avecinan. Hoy, el tema es quién se viste de verdugo, al menos en el Gobierno.

Volviendo al informe del CEM, allí se puede leer que “un análisis comparado desde 1998 la fecha muestra que mientras el crecimiento promedio mundial fue de 3,5 por ciento anual y de 2,1 por ciento promedio anual para América latina, Argentina creció por debajo de esos niveles –1,4 por ciento–” y agrega: “Si Argentina hubiese crecido al ritmo mundial entre 1998 y el 2021, su producto sería 62 por ciento mayor que el actual, en tanto que si lo hubiera hecho al ritmo de LATAM, su PBI sería de 18 por ciento más”. 

La inflación y la incertidumbre económica siguen al tope de las preocupaciones. Así lo ha confirmado el estudio reciente y habitual de D’Alessio Irol y Berensztein. 90 menciones para la inflación, 75 para la incertidumbre, 57 por no tener propuestas para el crecimiento; 52 para los subsidios destinados a quienes no lo merecen, entre los aspectos económicos. Por supuesto que hay otras preocupaciones, como la inseguridad (69 menciones), la impunidad para actos de corrupción K (53); piquetes que no se detienen (42), la falta de avances en las causas por narcotráfico (42), el acceso fácil a las drogas (34) y la impunidad para los actos de corrupción macrista, con 33 menciones.

Siempre viene bien detallar, en medio de este panorama puramente descriptivo, el estado, la apariencia y la conformación de la pirámide social, en declive inexorablemente: el 78 por ciento de los argentinos sobrevive en la pobreza. Entre la pobreza baja, 30 por ciento y con 55.000 pesos de ingresos mensuales; entre la pobreza baja superior, 20 por ciento y con 100.000 pesos de ingresos y entre la media baja, 28 por ciento y con hasta 150.000 pesos de ingresos. Al 22 por ciento restante se lo considera el sector de ingresos altos: 17 por ciento en media alta con un ingreso de hasta 300.000 pesos y el sector ABC 1, alta, con más de 800.000 pesos de ingresos. Un sector, el último, donde no sólo está el rico de toda riqueza, el empresario emprendedor y ventajista, el que vive del Estado y se acerca a los gobiernos para hacer negocios, el que presiona para conseguir contratos públicos de todo tipo, como de la construcción o los energéticos (hay que estar atentos en esta nueva etapa del gobierno y con quienes entornan a Sergio Massa en Economía), sino también la mayor parte de los funcionarios judiciales, los de organismos de control, legisladores y demás, y los jubilados de privilegio, además de los etcéteras varios. Todos en la mira de los que, otra vez, deberán soportar el ajuste

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