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14 de junio de 2022
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Opinión

El debate en JxC: ¿los diferencia sólo el estilo o miradas distintas de país?

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La oposición nacional –representada en Juntos por el Cambio, que conforman el Pro con los radicales, mayoritariamente– parece estar convencida, sin fisuras ni matices, de que se enfrenta al desafío de proponerle al país, tras el cuarto kirchnerismo que tiene a Alberto Fernández en el poder, cuando menos, tres reformas elementales y sustanciales para intentar frenar la crisis generalizada que afecta a Argentina. Se trata de una reforma laboral, una tributaria en un sentido amplio y una previsional. Sin embargo, a más de un año de las próximas elecciones, hay un aspecto sustancial que los divide y que obliga a sus referentes a buscar alineamientos entre ellos y, a la vez, posturas diferentes que los distancian: se trata de las formas y los modos que deben asumirse para implementar tales cambios estructurales y, lo que no es poco, con quién y con quiénes.

Las diferencias han dejado de un lado y de otro, por caso, a Horacio Rodríguez Larreta y a Patricia Bullrich por el Pro con un Mauricio Macri que se observa expectante y reservándose, según cree, un rol decisorio al momento de las definiciones sin más, aunque claramente inclinado, hoy, en apoyo a Bullrich, quien ha asumido las posiciones más extremas. Los radicales, se sabe, se han convencido de que su momento es ahora y que les ha llegado la hora de liderar el tren opositor. Para ello forzarán los enfrentamientos con sus socios del Pro donde sea necesario.

Por penetración territorial e historia, los radicales pondrán sobre la mesa el peso de su estructura tradicional, la que han maquillado, para amoldarla a los nuevos tiempos, haciendo jugar a los hermanos Facundo y Gastón Manes. Un Manes que, a su vez, tendrá que buscar la síntesis entre lo supuestamente nuevo que está proponiendo, con más institucionalidad, republicanismo y reformas económicas varias que incorporen a Argentina en el mundo con todo ese perfil conservador, con humor a caudillo y toque feudal que representa el jujeño Gerardo Morales, al frente del partido y con ambiciones de ser la carta radical, como si fuera poco.

El paso de Bullrich por Mendoza, con sus declaraciones sobre la posición asumida por Omar De Marchi, el referente indiscutido del partido en Mendoza y quien se ha inclinado por el rival de la ex ministra de Seguridad de Mauricio Macri, el porteño Horacio Rodríguez Larreta, confirma aquello de las diferencias que hoy parecen alterar la unidad en la coalición opositora. Una unidad, lo saben todos, que es imprescindible y condición única e indispensable para enfrentar al kirchnerismo, con chances reales de éxito, en el 2023.

Los dos conceptos en pugna se dividen entre buscar un gobierno de coalición con un discurso componedor de Rodríguez Larreta, que abarque y sume todo lo que esté enfrente del kirchnerismo, como lo grita a los cuatro vientos, y otro definitivamente de grieta o más emparentado a ella y de halcones como el que, en apariencia, puede estar representando Bullrich. Una Bullrich que busca adeptos a su causa en todo el país, con un mensaje firme y duro, sin complacencias hacia el kirchnerismo, pero marcando, a la vez, distancia de los libertarios extremos como Javier Milei. Al acercarse a Cornejo y blandir como ejemplo el modelo de gestión que acuñó el senador en Mendoza, ha intentado tomar lo que no tiene y no puede demostrar frente a lo que sí tiene –la gestión– su rival en la interna.

El cómo llevarán adelante las reformas, de qué manera y en qué tiempos; si empezarán por una porción o abarcarán todo el universo a modificar, serán, en definitiva, los factores que se tendrán en cuenta en una interna que hoy asoma como segura, aunque se verá más adelante.

Las encuestas dan cuenta de que la política genera en la ciudadanía sentimientos de indignación, cansancio, hartazgo y mucha frustración. Según Management & Fit, esas posiciones que dividen a quienes van a pelear por la candidatura a la Presidencia, por parte de la oposición, también parten en dos y casi iguales la opinión de los encuestados en todo el país. El 46 por ciento se inclina porque el próximo presidente debe ser un guía fuerte “que lidere una batalla para imponer su plan de gobierno”, mientras que un 45 por ciento se inclina por un líder “moderado, que dialogue y serene el clima de enfrentamiento en el país”. Los varones y sectores medios y altos e informados, pareciera al extremo, se manifiestan claramente por la primera opción, por un líder que imponga con autoridad y firmeza su visión; mientras que las mujeres, los mayores de 40 años con un nivel socioeconómico bajo, prefieren menos confrontación, más diálogo y detener la alteración reinante.

Por supuesto que la inmensa mayoría de los argentinos se inclina por la boleta única, un instrumento electoral que seguramente no pasará el Senado y, si llega a ser aprobado allí y se convierte en ley, enfrentará la suerte del veto presidencial. Y, en términos generales, la grieta preocupa, aunque separe casi en dos partes iguales la idea de un presidente duro con uno de los extremos frente a otro componedor. Aunque ocurra esto último, la grieta es motivo de preocupación para casi siete de diez consultados y aquí no existen diferencias de segmentos en la sociedad.

Mirando ese panorama de forma permanente se mueve la oposición. Todos saben que un error puede dejarla fuera de juego. Se observa el fenómeno Milei, que algunas semanas atrás semejaba un tren expreso a toda máquina en crecimiento y hoy parece menos que desmoronarse. Todo, frente a una sociedad que está dando indicios de que, probablemente, no rifará su voto y que puede que se prepare para escrutar hasta en lo más mínimo a los candidatos.

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