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17 de septiembre de 2021
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Opinión

El 30 por ciento de los votos

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Cristina Fernández de Kirchner.

Toda la convulsión y ese estado de máxima tensión que se ha apoderado del peronismo exteriorizan varias discusiones de fondo que esa suerte de coalición de tres cabezas que lo compone se comenzó a dar por el solo imperio y gracia de haber sido dolorosamente derrotada el domingo.

La implosión provocada por el kirchnerismo más duro, con la vicepresidenta Fernández de Kirchner al frente, no ha buscado otra cosa que hacer ver, por la vía del golpe hacia el corazón del Gobierno, que no tiene nada que ver con la caída electoral. Y que ese 30 por ciento que ha cosechado de los votos, si se toma todo el país, le da el derecho suficiente para exigirle a Fernández un cambio en la dirección del Gobierno hacia donde la líder del Patria indique y mande. Y si no es por las buenas o por la persuasión –si es que en algún momento se utilizó–, será a su estilo y forma, a lo que dé lugar. No importan las consecuencias que ello provoque y genere a un país que luce demolido y angustiado.

Los dichos que se filtraron, ya fuese por estrategia, por error o por lo que haya sido, en verdad, en un audio de la diputada K Fernanda Vallejos refiriéndose al presidente como “mequetrefe”, “okupa”, “enfermo” y “atrincherado”, por no someterse, en apariencia, a lo que ordena y manda hacer la ex presidenta, redondean y representan en un todo el pensamiento de quienes están detrás de Fernández de Kirchner. Cuando el interventor de Yacimientos Carboníferos Río Turbio, el inefable Aníbal Fernández, el que en medio de la crisis desatada se reunió durante más de una hora, el miércoles, con el presidente, salió a repudiar las manifestaciones de Vallejos y a recomendarle que así no se hacen las cosas con un “así no, señora” o que no se canaliza de esa manera una visión crítica dentro de la interna, por poco fue pulverizado por la militancia K. Sólo hay que repasar todo lo que le dejaron escrito como respuesta a ese tuit que escribió minutos después de la viralización del audio de la legisladora.

El kirchnerismo le factura a Fernández, y especialmente a su ministro de Economía, Martín Guzmán, haber aplicado demasiada ortodoxia en el manejo de la economía y de las cuentas, demasiado celo porque las cuentas no se desmadren y por el equilibrio fiscal que, de todas maneras, ha estado muy lejos de conseguir, por sobre la heterodoxia que manda la hora. Eso es lo que el kirchnerismo le pedía que hiciera mucho antes de las elecciones a Fernández y a Guzmán. Por haber elegido un método más bien vinculado con la gradualidad y no por otro que fuese a fondo con lo que las demandas sociales están reflejando. Por eso, en medio de esta asonada delirante, acusan a Fernández y a lo que consideran como todo un cliché a esta altura, al gobierno nacional y popular, haberse dejado dominar por la derecha.

Toda una entelequia anacrónica setentista que parece emerger de ese estado de confusión en el que ha caído un sector del Gobierno, el mismo que, a su vez, reclama radicalización absoluta, sin atender –o sin poder hacerlo por incapacidad o miopía– que si existe un verdadero problema radical en el país, es el que pasa por la inflación, por casi 50 por ciento de pobres, por los más de 200.000 empleos que se perdieron en el país en el último año, agravado por la pandemia y, entre otras cosas, por las cerca de 40.000 pymes que sucumbieron, se fundieron, sin posibilidad de reincorporarse más.

Pero este nuevo escenario que ha sorprendido al país, conduciendo a su gente a un estado de incertidumbre que viene a agravar las penurias de la mishiadura, ha dejado, como si fuera poco, una demostración de apego dudoso, del mismo sector del Gobierno que ha encendido la mecha del intento de implosión, al juego democrático basado en la lógica del respeto y aceptación de los resultados electorales. El kirchnerismo más radical entiende que no ha perdido la elección; que el 30 por ciento obtenido le pertenece y, si no se obtuvo más, lo que le hubiese permitido estar más cerca de la oposición que se
terminó imponiendo, fue porque perdieron el presidente y sus políticas, además de lo de la otra pata que sostiene la entente gobernante, la que representa Sergio Massa.

¿Cuánto de todo lo que sucede en la Nación afectará aún más de lo que está al peronismo mendocino? Dependerá, en gran medida, de lo que el propio peronismo demuestre de aquí a noviembre. También resulta interesante decodificar e interpretar hacia dónde va luego de la derrota con la unción de Martín Aveiro como jefe de campaña en lugar del camporista Lucas Ilardo. Está más que claro que necesita, para recuperarse, dar señales claras y no en varias direcciones de lo que quiere ser y hacer.

Por un instante da indicios de sacudirse cualquier vestigio de kirchnerismo duro y puro para recuperar el vínculo con Mendoza e incrementar ese piso escuálido de 25 por ciento de votos que obtuvo en la elección; pero, en otro instante se declara que el gobierno de Fernández debe acelerar, pasar del gas a la nafta o hacer todo lo posible, de una vez por todas, para que vuelva el asado de los domingos para las familias mendocinas, como lo manifestó y reclamó, amargamente, el mismo Aveiro, el jueves en LVDiez, justo antes de abordar un avión que lo llevaría a Buenos Aires.

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