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20 de junio de 2021
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Columna

De esta salimos mejores

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Imagen ilustrativa.

Lo decíamos con la ingenuidad con la que mirábamos que Madrid cerraba sus puertas, sus calles, sus negocios; con el candor con el que veíamos que en Australia se abarrotaban de papel higiénico y que en China desaparecían a los médicos que habían dado la voz de alarma.

Lo pensábamos de verdad, por eso lo decíamos.

Mientras tanto también lo decía, con otras intenciones, la administración argentina en su momento de gloria, cuando todavía agitada, reponiéndose de barravabrear “¡Miniterio!¡Tenemo miniterio!”, se pavoneaba con lo del tecito, lo de acá no va a llegar porque estamos lejos y las señoras con pechera en Ezeiza recibiendo declaraciones juradas que iban a parar a ningún lado y ensopando las Tía Maruca en el mate cocido.

Todos decíamos allá por marzo de hace mil años, “de esta vamos a salir mejores”.

Estamos a tiempo de que aquella inocencia tenga algo de razón.

Estamos a tiempo de salir mejores.

“No sé si tengo tanto optimismo” dirá el lector, eterno desconfiado y con razón: vive acá, un país en donde la esperanza se confunde con Ezeiza.

No es sólo optimismo.

Son los datos.

La peste funcionó como el añejo desafío de la blancura de Fabián Gianola.

¿Quién pasó el desafío de la blancura?

¿Quién no estuvo a la altura de la circunstancia?

¿Qué aprendimos?

¿Qué haremos con eso que aprendimos?

De algo tendrá que servir tanta muerte, tanto miedo soliviantado, tanto desasosiego masivo.

Tanta tristeza.

Para hablar de ingenuidades, digamos que aún persistía en muchos la idea Billiken de que vivíamos en el país más importante de Latinoamérica, con Buenos Aires como capital cultural, con su clase media ilustrada, sus universidades prestigiosas, su creatividad artística, su acceso gratuito a la salud y la educación pública como faro; la mejor carne del mundo y los cuatro climas.

Eso se desmoronó.

Ni granero del mundo ni oíd mortales, el grito sagrado.

No somos eso.

No lo éramos pero podíamos engañarnos pensando que algunos de los mejores jugadores de fútbol de la Champion League habían nacido en estas tierras, que Campanella dirige series en Hollywood y que el malbec argentino ¡ah, al malbec argentino lo elogian en todo el mundo!

La peste levantó el telón y la película que apareció no fue una joya artística de festivales ni un tanque comercial. Fue neorrealismo italiano, 70 años después, con toques de picaresca nacional berreta en colores tristes.

Lo que vimos fue lo que el desborde de corporativismo realizó sobre aquella idea de la Agentina Potencia.

Se la comieron.

Un país despedazado por intereses chiquitos, por carroñeros disfrazados de idealistas; por grupitos egoístas que sólo quieren su parte de la torta sin importar quién y con qué la hace.

Un país que ni siquiera es de quintitas propias, es de espantapájaros que se roban los pocos tomates que quedan.

¿Cómo haremos para salir mejores?

En principio, estudiando los resultados de la prueba de la blancura.

No casualmente la administración no quiere aplicar las pruebas Aprender.

Medir y sacar conclusiones no les conviene.

¿Quién estuvo a la altura de la circunstancia?

Ciertamente, no la administración que desde un diagnóstico equivocado creyó que en dos meses todo terminaba y se largó a darle clases al mundo.

Desde la charla ultra difundida con el millonario cantante de Calle 13, el 30 de marzo del año pasado, donde aseguró: “Los primeros resultados dicen que estamos dominando al virus” hasta el reciente “Pfizer me ponía en una situación de muchísima incomodidad”, sus acciones -y más aún sus dichos, que, como en todos los aspectos, fueron mucho más que sus acciones- lo que hizo la pareja de Fabiola estuvo teñido de una mediocridad exasperante.

A los defensores del “Estado Presente” les convendría decir ahora que lo que viene pasando desde el 2020 es Estado ausente. Porque si la presencia del Estado nos está dejando este desbarajuste de muertes, desocupación y miseria la conclusión es obvia: menos Estado, por favor.

Una de las cosas por las que seremos mejores es que aprendimos a no dejarnos encorsetar por la lógica binaria: “Estado presente vs. Neoliberales desalmados”.

¿Qué cosa es un “Estado presente”?

¿Es la folletería con la cara del Vení Chiquito Gobernador exhibiendo vacunas o las escaseadas dosis dadas a post adolescentes con dedos en V?

¿Es el reparto de miles de millones de pesos como paliativo imprescindible para combatir el hambre o el cartel que se enorgullece de que haya que repartir ese dinero?

¿Es el autoelogio porque se le da aguinaldo a quien recibe un plan social o debería ser la búsqueda de inversiones para crear trabajo y así dignificar a los ciudadanos?

Se escribe “Estado presente”, se lee “peaje de dos o tres acomodados que en su nombre cobran una coima”.

El desafío de la blancura lo patentizó: El “Estado Presente” no es el cartel de “Estado Presente”.

¿Qué ministerio pasó la prueba de la blancura?

¿El de Salud, con su única estrategia de encerrarnos para ver si al final le ganábamos al virus por cansancio; el del anuncio inminente del pico de la pandemia, siempre el mes que viene, como fue durante todo el 2020; el del vacunatorio VIP para amigos y parientes; el que hizo saltar de la fila a los padres de la ministra Filomena Vizzotti; el de los negocios turbios con Hugo Sigman pagando por una vacuna que no se recibió y sin quejarse por ello; el de los negocios turbios que impiden la llegada de la vacuna más estudiada y mejor conceptuada, la única que puede aplicarse a menores; el de los negocios turbios que le avisa a los laboratorios Richmond que hay un curro posible en Rusia, que se tome un avión y vea qué se puede morder; el del ex ministro paseando por España y compartiendo una copa de vino, como si no fuera responsable de las muertes en Argentina?

Para más INRI, ahora sabemos -antes ni nos habíamos fijado- que Giles González García fue compañero de secundario de Hugo Sigman, empresario altroultramillonario que ahora, según contó el periodista Diego Genoud, tiene fichado para su empresa al espía Jaime Stiuzo.

Vacunas, amistades, estado, millones y espías ¿qué puede malir sal?

Ah, sí, el temita de las muertes, pero bueno, no se puede todo.

El primer acercamiento a la pandemia del Ministerio de Desarrollo Social fue compra con sobreprecios.

Tampoco pasó la prueba.

Como tampoco la pasó el DNU con el que la pareja de Fabiola se dedicó a “perseguir idiotas” (ver Persiguiendo idiotas I y Persiguiendo idiotas II) que sigue cobrándose víctimas que no aparecen en los grandes medios de comunicación ni en los organismos de derechos humanos, otros que no pasaron la prueba de la blancura. Por eso la muerte del joven quom José Lago en el barrio Los Silos de General San Martín en Chaco a comienzos de junio pasó bajo todos los radares.

Y hay más, muchos más.

El “periodismo científico”, esa figura en la que se esconden unos cuántos gacetilleros siempre dispuestos a publicar los avances increíbles de los laboratorios que, desinteresadamente, los invitan a viajes y congresos, no sirvió a su público.

Al contrario, ese periodismo fue por la pandemia publicando notas para contento y deleite de la administración del régimen, jamás poniendo en entredicho la palabra del poder.

Como los famosos consejos asesores de expertos que aconsejaron encierro y sólo encierro. Y cuando el número de muertos fue creciendo hasta lo insoportable, dedujeron “el encierro nos trajo hasta acá, pero no alcanzó, se ve que hace falta más encierro” y más encierro siguieron aconsejando, sentados sobre decenas de miles de cadáveres.

El Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación y el CONICET festejó con pitos y matracas la creación del Neokit Covid 19, el 15 de mayo del año pasado.

Los medios no tardaron nada en subirse al carro de la alegría, serpentinas para todos.

El resultado es que los únicos kit que se vieron fueron los que se mostraron en la conferencia de prensa.

Fabián Gianola se hubiera hecho un festín con tantos que no pasaron la prueba de la blancura.

Una muestra de las manchas de los científicos argentinos fue el vergonzoso informe: “Impacto de la presencialidad escolar en los casos confirmados de Covid 19” firmado por “Grupos de investigación de Cálculo e Instituto de Ciencias de la Computación, Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA y CONICET, y colaboradores de diversas instituciones universitarias y científicas del país” que quiso instalar, contra toda demostración nacional e internacional, que “en contextos de alta circulación viral, la evidencia muestra que la interrupción de la presencialidad escolar contribuye significativamente a disminuir contagios, y por ende internaciones y fallecimientos”.

Lo hicieron impúdicamente para apoyar la irracional medida de Vení Chiquito Gobernador y todo el gobierno de científicos sin tener en cuenta que Cristina Fernández de Kirchner es más afecta a los sondeos que le anuncian una catástrofe electoral que a informes técnicos, por más sumisos que éstos sean.

Cuando el poder político se enteró finalmente que la no presencialidad quitaba votos, abrió las escuelas. El informe logró su guarida merecida: decenas de conductos rectales.

Se prohibieron las clases presenciales  y los grandes intelectuales del país, los escritores más vendidos, las mentes brillantes se callaron la boca.

¿Y los centros de estudiantes? ¿Los consejos académicos? ¿Los consejos superiores? ¿Los decanos? ¿Los rectores?

Ni una palabra de eso que toda la vida dijeron defender.

Todos lo vimos.

Por lo tanto, nunca más vengan a hablar en defensa de la educación pública ¡mequetrefes!

Ahora ya sabemos que no les importa, no les importó nunca.

Sólo cuidan su quintita sórdida, esa calesita de recomendaciones y favores, ese negocio de publicaciones afanadas de malas traducciones, siempre parasitando cualquier bibliografía obligatoria.

¿Y los artistas que lloraban miseria y gritaban “con los viejos no” y “fuera el Fondo Monetario” y “Macri, basura, vos sos la dictadura"?

Quedó comprobado que no les importa, no les importó nunca. Cínicos grises ¿cómo van a ser artistas si tienen una piedra fanática ahí donde va la sensibilidad? Nunca más vengan a llorar en nombre del pueblo, no tienen derecho después de despreciar a ese pueblo, ¡sátrapas! Sólo están defendiendo sus subsidios artísticos, sus viajes a festivales internacionales, su pertenencia a la camándula esclarecida.

¿Cómo ha quedado Juan Carr después de la aplicación de la prueba de la blancura? ¿Por qué los fríos de la era Cambiemos eran tan insoportables y éstos, tan amigables?

Los sindicatos de la educación nos dejaron sin escuelas.

Los sindicatos de la aviación nos dejaron sin aviones.

Los sindicatos bancarios nos dejaron esperando en la puerta, con frío o con sol.

Pero también estuvimos nosotros, los integrantes de la sociedad civil ¿pasamos la prueba de la blancura?

Profesores universitarios de clases virtuales; psicólogos de atención por pantalla; inventores de enfermedades propias; decenas, cientos que corrieron a darse la vacuna, salteándose la fila de manera elegante.

Ya vimos lo que hicieron.

Para ustedes también hay.

Personal jerárquico o amigo o pariente de personal jerárquico o mascota de personal jerárquico o mascota de amigo o pariente de personal jerárquico vacunados porque son tan estratégicos que no puede pensarse que sería este país sin ellos, vacunados por debajo de la mesa, dan asco.

Cállense la boca para siempre.

Vecinos que denuncian a la policía no sólo un encuentro multitudinario sino hasta la simple visita de un hijo a su madre sin saber qué grado de necesidad tenía esa reunión, con ustedes no se puede.

La prueba de la blancura nos servirá, ahí en el fondo del pozo, para entender que los cambios que hay que hacer son de fondo, son mucho más, inclusive, que una batalla cultural.

No podemos seguir despreciando el ahorro ni el cuidado de la cosa pública; ya sabemos que el Estado es la plataforma absolutamente necesaria para que cada ciudadano viva su vida como quiera y pueda, de acuerdo a sus capacidades, su voluntad, su libertad. Que debe crear oportunidades, no suprimirlas.

El desmoronamiento es total.

Lo que está cayendo no es sólo el populismo siglo 21 del kirchnerismo.

Es también su antecesor, el peronismo atrasado del siglo 20 y todos sus primos que lo permitieron durante años.

Lo que está implosionando frente a nuestros ojos es la manera de entender las relaciones sociales y políticas que esas formas de manejar el poder instalaron en el país y que nos llevaron al atraso y la miseria que hoy sufrimos.

Nunca antes hablamos tanto de educación como en estos meses.

Nunca antes los padres se habían comprometido tanto. No sólo en que haya clases sino también en lo que se enseña en esas clases. En el bajo nivel docente y el adoctrinamiento que serán los próximos temas que tendremos que enfrentar.

Los chats de mamis fueron una red que actuó como una célula dormida: cuando hizo falta saltó de “Si alguien vio la camperita de Juani por favor, me avisa” a “Organicemos clases públicas en la puerta de la Quinta de Olivos”.

El mismo celular que sirve para bajar canciones de Tini es el que muestra al ministro de Salud de Formosa atropellar al comerciante gastronómico Patricio Evans.

Nadie diga que esto es antipolítica.

Todo lo contrario.

Es la participación ciudadana, exigiendo a sus representantes como nunca antes.

Ya sabemos que no se puede aceptar el facilismo.

Ya sabemos que nadie te regala nada, que “no hay cena gratis” que siempre alguien te la cobra de una manera u otra.
Lo barato sale caro y lo gratis, carísimo.

Ya sabemos que el gobierno administra el dinero que nosotros pagamos en impuestos pero de ninguna manera es el rey que dispone de nuestras vidas y nuestros ahorros.

Y que cuando cae en la tentación autoritaria, el deber es sacarlo con el voto.

El despertar de la sociedad que se comprueba cada día es lo que nos hará mejores.

Es el cambio vital que se está operando en cada argentino que vio qué instituciones y qué personas no pasaron la prueba de la blancura.

Vamos a salir mejores porque nada de esto será en vano.

Esto que está pasando toma muchas formas: los Padres Organizados o los Productores autoconvocados, los Gauchos de Güemes o el Movimiento Empresarial Antibloqueos.

Tanto desastre despertó a una sociedad que se había acostumbrado al “siga, siga” que total “con una cosecha nos salvamos todos”.

Y lo que uno hace cuando se despierta, es comenzar a trabajar.

Comienza el día.

Vamos que hay mucho que hacer.

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