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16 de julio de 2021
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Opinión

¿Cuándo tronará el escarmiento frente a tanto saltimbanquismo político?

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Lorenzo Borocotó se pasó al kirchnerismo antes de asumir la banca de diputado que había ganado en una lista del PRO.

La palabra empeñada y los compromisos asumidos desde la política tendrían que ser sancionados, enmendados y hasta indemnizados de alguna manera cuando los mismos fueran traicionados, no honrados como corresponde, e incumplidos y olvidados. Quizás ya sea tiempo de identificar como un delito con penas ciertas y precisas inmoralidades, o bien irrespetuosidades de alto calibre vinculadas con la estafa, lisa y llana, cometidas contra la confianza y la credibilidad y el rompimiento, vaya si no, de un sueño individual o colectivo vinculado siempre con un mejor vivir y la esperanza de alcanzar momentos y estadios mejores que los que se tiene.

Es cierto que la Argentina actual –con Mendoza dentro de ella, en donde las angustias son tan variadas y los problemas de todo tipo no dejan margen para posar la vista y la atención en otras cuestiones que no sean las urgencias que atender porque va la vida en las mismas y mucho más si no son resueltas–, permite que se pasen por alto las anormalidades que se cometen en la política hasta que se sufren las consecuencias. Y, cuando eso ocurre, cuando llega el ramalazo de sorpresa, la actitud normal, habitual y también cultural es salir a identificar y buscar a los terceros responsables o culpables con razón.

Pero, también se trata, casi siempre y en la mayoría de las veces, del resultado anómalo que surge con pereza, individual y colectiva, sin exigir lo que se debe y como se debe ni con la fuerza necesaria justo en el momento de elegir a los representantes, electivos y ejecutivos, indistintamente, o a ambos, por supuesto.

El saltimbanquismo político que se produce cada tanto entre diputados, senadores y también concejales, que de una vereda saltan a la otra sin escalas y sin explicaciones, como si se tratase de un acto normal y natural, configura un motivo más de los tantos que terminan denostando el buen acto político y hundiendo a la política bien entendida. Estos acontecimientos ocurren en todos lados, también es cierto, sin diferenciar entre naciones más o menos avanzadas constituidas por pueblos más o menos formados e instruidos y con una sensibilidad particular o especial.

Pero, porque ocurra afuera, de ninguna manera debería naturalizarse. Ese saltimbanquismo en la Argentina también se lo conoce como “borocotización”, que surgió de la decisión que tomó el médico Eduardo Lorenzo Borocotó, quien, antes de asumir su banca –a la que había accedido por el Pro en las elecciones legislativas del 2005– pasó a formar parte del kirchnerismo de golpe y porrazo. Nunca hubo de su parte alguna explicación más o menos convincente de por qué hizo lo que hizo; sin embargo, la hipótesis más cercana de aquel giro se identifica con una reunión a la que fue convocado en la Casa de Gobierno por quien era el jefe de Gabinete del presidente Néstor Kirchner, el hoy presidente Alberto Fernández. En ese encuentro, según se diría más tarde, Kirchner se comprometió a remplazar un dispositivo mecánico del Hospital Garraham que se utilizaba para combatir el cáncer y que le había solicitado el reconocido pediatra. De ahí en adelante, todos los pases de un lado a otro que se han seguido dando con mayor o menor relevancia en la política argentina han sido comparados con aquel episodio. Y también, de ahí en adelante, tampoco el médico logró recuperar la buena imagen y la confianza, que, al menos desde lo político, perdió entre buena parte de sus seguidores, que nunca entendieron ni comprendieron la jugada.

Tampoco habría que circunscribir sólo a los pases de un frente o de un partido a otro la denominada borocotización o saltimbanquismo político que el ciudadano desprecia. Los hay en otros ámbitos. Quizás aquella década dominada por el menemismo, la de los 90, haya sido la más productiva y generosa en alumbrar casos. Políticos que pasaron de militar con Domingo Cavallo a denostarlo públicamente sin más.

Los ejemplos de cambios de visiones, de actitudes y hasta de pensamiento increíbles se han dado y reflejado en el propio Kirchner, Eduardo Duhalde, Daniel Scioli, Sergio Massa, Miguel Ángel Pichetto, en los radicales Alfredo Cornejo y Julio Cobos, en el mismísimo presidente Fernández, constituyendo, hoy, el ejemplo vívido más sorprendente de todos que de avalar y de acompañar las denuncias de corrupción del kirchnerismo y de la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner, se haya convertido en el presidente por tal expresión política, por supuesto, luego de negar el pasado de una manera que todavía no deja de sorprender.

El caso de saltimbanquismo argentino del momento lo está representando en esta etapa el legislador mendocino José Luis Ramón. Alcanzó la banca de diputado en el 2017 por el Partido Intransigente y desde la ONG que había creado, Protectora. Su discurso fue claro y motivador: “No vamos a caer en esta guerra entre perros y gatos en que se ha convertido la Argentina entre Macri y Cristina”, decía Ramón por aquel tiempo. Lo propio recordaría en el 2019, en plena campaña para la Gobernación. Como todo el mundo sabe, al promediar la semana, Ramón pasó a formar parte del poderoso bloque K de Diputados. En apariencia, al legislador se le ha garantizado renovar su banca o bien el comandar alguna estructura, repartición u organización dependiente del Ejecutivo nacional. Se sabrá en breve. Por lo pronto, Ramón niega haber dicho lo que dijo tantas veces en el pasado reciente.

Y, límites dentro de la provincia, en el ámbito legislativo, el caso de saltimbanquismo del que hablan todos lo representa el pastor Héctor Bonarrico, a quien el radicalismo le habría propuesto mantener su banca de senador a cambio de pasarse a las filas de Cambia Mendoza. Justo Bonarrico, que había llegado a la Legislatura de la mano del propio Ramón. Un Ramón que, cuando percibió algún tiempo atrás que Bonarrico se le escabulliría como agua entre las manos, y como es natural, no se privó de cuestionar y criticar con dureza lo que consideró como un acto de la mala política impulsado por maestros típicos del robo de voluntades.

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