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6 de junio de 2021
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Columna

¿Cuál era Putin? Ah, el amigo de los peronistas

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Comprarse una ropa o una tela para hacerse una ropa era algo que en la Europa preindustrial la gente común sólo podía hacer unas pocas veces en su vida. Cuando alguien moría, sus herederos se peleaban por los harapos que dejaban los difuntos.

“Durante las epidemias de peste, las autoridades locales tenían que luchar para confiscar y quemar las ropas de los muertos: la gente esperaba a que otros muriesen para adueñarse de sus ropas, lo cual solía provocar el efecto de propagar la epidemia” escribió el historiador económico italiano Carlo María Cipolla en “Tres historias extravagantes”.

En el siglo 19, en Génova, los pobres se ofrecían para remar en las galeras de los barcos, ese trabajo esclavo con el que habían sido condenados los negros del África. Morían como moscas pero era lo único que había.

En París, a los muy pobres se los encadenaba de a dos para que fueran a limpiar los túneles de las alcantarillas. La mayoría moría en el intento.

En la Inglaterra imperial la gente trabajaba en asilos para cobrar casi nada pero ahí les enseñaban a machacar huesos de perro, caballo y vaca para su uso como fertilizante, “hasta que una inspección de un asilo para pobres en 1845 reveló que los hambrientos indigentes se peleaban por los huesos podridos para chupar el tuétano” cuenta el historiador y escritor sueco Johan Norberg en su libro “Cuando el hombre creó el mundo”.

Hoy esas imágenes ya no existen.

El mundo mejoró.

En 1870, la gente en occidente trabajaba unas 3.000 horas anuales, algo así como 60 o 70 horas por semana durante 50 semanas al año. Hoy se trabaja la mitad. En algunos países más, en algunos menos, pero en Occidente hoy se trabaja todo el año lo que hace sólo 150 años se trabajaba hasta julio.

Significa, claro, que se vive mejor.

Hasta el siglo 17 quienes sabían leer y escribir eran la elite de la elite de la Europa Occidental, menos de un octava parte de los pobladores del mundo. Y eso siguió casi igual hasta bien entrado el siglo 19. Hoy el 82% de la población mundial está alfabetizada. Incluso los países más pobres entraron en esa carrera.

Según Naciones Unidas, en 2015 se cumplió el objetivo de “Desarrollo del Milenio” que consistía en lograr la paridad de género en educación primaria, secundaria y superior. La excepción fue Afganistán, donde los talibanes no permitieron que las chicas fueran a la escuela. Afganistán, además, ocupaba en 2001, antes de la guerra, las últimas posiciones en casi todos los índices de desarrollo humano, como muestra Steven Pirker en “En defensa de la ilustración”.

¿Qué fue lo que hizo que hoy vivamos incomparablemente mejor que hace 100 años?

Sí, el capitalismo.

Es increíble que cueste tanto decirlo en la Argentina del 2021 pero fue el capitalismo.

La generación de riqueza.

Producir riqueza, conseguir quien la compre y la disfrute, que ese producto ofrecido encuentre a quien quiera y pueda comprarlo, girar una pelota de ventajas para todos los involucrados.

El denostado y repudiado capitalismo.

La ambición humana dirigida al bienestar.

Pero no todos están de acuerdo. Algunos pensadores contemporáneos, como la pareja de Fabiola, dice exactamente lo contrario.

“Es hora de entender que el capitalismo tal como lo conocimos hasta la pandemia, no ha dado buenos resultados, ha generado desigualdad e injusticia. Si vamos a construir otro capitalismo tiene que ser un capitalismo que no olvide el concepto de solidaridad. Porque si algo nos enseñó la pandemia es que nadie se salva solo y puede haber un momento en que los más débiles y poderosos caigan ante un virus” dijo esta semana la pareja de Fabiola en el Foro Económico de San Petersburgo, frente a Vladimir Putin.

Demostrando la nadería de su argumento, al mismo momento nos enterábamos que Estados Unidos creó 559 mil empleos en mayo y el desempleó cayó allá al 5,8 %. Se ve que los poderosos no escucharon a la pareja de Fabiola y minga de caer ante un virus.

También al mismo momento –qué malo es el mundo con la pareja de Fabiola- nos enterábamos que Gran Bretaña destinará 3.100 millones de libras esterlinas para brindarle a sus chicos 100 horas adicionales de enseñanza por alumno. Un poco bastante más destinarán Estados Unidos y Holanda.

En tanto no hay datos de que eso ocurra en Rusia, ni en Cuba, ni en Venezuela ni en Irán. En Argentina, por las dudas, las clases presenciales están prohibidas.

Pese a eso, la pareja de Fabiola culpa al capitalismo. En realidad, no descubre la pólvora. Es cierto y sabido que el capitalismo tiene un problema: crea desigualdad.

Pero tiene una solución: crea riqueza.

La igualdad también tiene una solución, aunque peor: crea pobreza.

Sí, claro, es una simplificación brutal. Disculpen, es que estamos dialogando con una administración muy limitada.

Hay un viejo chiste de la Unión Soviética que cuenta que Igor y Boris eran dos campesinos absolutamente pobres con una sola diferencia: Igor tenía una cabra escuálida. A Boris se le aparece un hada y le concede un deseo. Boris, ávido de acabar con la desigualdad, fue rápido y claro: que desaparezca la cabra de Igor. Y listo, terminó con la desigualdad y la injusticia. Y con la cabra. Gracias, Boris.

Es mucho peor la pobreza que la desigualdad pero es más fácil combatir a la segunda que a la primera. Sin embargo, dando cátedra, la pareja de Fabiola, se mandó la frase anticapitalista para encandilar al dictador domador de osos.

No sólo se mostró como un socio de Putin sino que se enorgulleció de ser su amigo: “Decimos en Argentina que los amigos se conocen en los momentos difíciles, y cuando pasamos un momento difícil, el gobierno de Rusia estuvo al lado de los argentinos ayudándonos a conseguir las vacunas que el mundo nos negaba”.

Demás está decir que el mundo no nos negó ninguna vacuna. Fue la administración del país la que se metió en un laberinto de dichos y desdichas, de curro y excusas; fueron inútiles, soberbios y taimados.

Y por supuesto, después, se victimizaron y lanzaron las bravuconadas de siempre, como el Nieto del Estado amenazando “cuando esta pesadilla se termine, cada uno va a tener que hacerse cargo y se sabrá quiénes escucharon más a los encuestadores que a los epidemiólogos y a los enfermeros”. Habrá que decirle a Cafierito que los epidemiólogos –los no cooptados por las luces del poder- están protestando porque no se los escucha y que si quiere saber qué opina un enfermero, ahí tiene a Manuel Piris que pasó tres semanas en huelga de hambre en Río Gallegos por pedir el pago de las horas extras trabajadas el año pasado. Lo que ya no puede, es hablar con el doctor Miguel Duré, jefe de Residentes del Hospital Perrando de Chaco ni con el doctor Jesús Amenábar, Jefe de Cirugía del Hospital Centro de Salud Zenón Santillán de Tucumán, sólo dos de los profesionales de la salud muertos por la peste, denunciando las condiciones de trabajo y las arbitrariedades de las autoridades políticas sanitarias tanto en Chaco como en Tucumán.

Claro, andá a explicarle algo con datos al Nieto del Estado que esta semana dijo, muy de cuerpito gentil, que “independientemente de los números, el salario le va a ganar a la inflación” – algo así como “no importa que te hayan hecho 5 goles y vos 0, vos ganaste el partido”- y que “en ningún país del mundo hay inversiones porque se bajen los impuestos” -algo así como que los inversionistas ponen plata ahí donde pueden pagar más impuestos, un gusto que se dan-.

Catrasca, un poroto al lado del Jefe de Gabinete de cintita roja en la muñeca.

Hay que recordarlo para que no nos envuelvan: el mundo no nos negó vacunas.

Fue la ineptitud de la administración que además, angurrienta, se dedicó en el verano a aplicarse entre ellos las pocas que consiguieron, los Massa, los Duhalde, los Zanini, la hornada de pulposas amigas del poder, los herederos de los imberbes que Perón echó de la plaza enamorados de sus privilegios militantes.

Es fácil para la ministra de Salud, Filomena Vizzotti pedir que no nos obsesionemos con la vacuna. Tiene la tranquilidad de que sus padres se saltearon la fila y las consiguieron el primer día. ¿De verdad les da la cara para hablar de “desigualdad”?

Desde ya que el problema no es el capitalismo.

El capitalismo ha dado soluciones incluso a la desigualdad.

Los países capitalistas han dedicado cada vez mayor parte de su presupuesto a las políticas sociales. De hecho, antes del capitalismo, desde el Renacimiento hasta el siglo veinte Europa gastaba un 1,5 del PBI en ayuda a los pobres, educación y otras transferencias sociales.

Y había países en los que no se invertía absolutamente nada como contó Peter Linder en “Gasto Social y crecimiento económico desde el siglo 18”.

El gasto social de los países más ricos es hoy del 22% de sus PBI.

El capitalismo insensible dedica casi un cuarto de su riqueza no en “redistribución” –que significa algo así como sacarle a quienes considero “ricos” para repartir muchas veces antojadizamente con criterios electoralistas a quienes considero “vulnerables”- sino en elevar la base para que haya menos pobreza.

Si sube la marea, suben todos los barcos que están ella. Desde el transatlántico de lujo hasta el chinchorro de los pescadores.

Combatir la riqueza no es combatir la pobreza. Ni siquiera es combatir la desigualdad. Combatir la riqueza, es, ni más ni menos, destruirla.

Habrá que ver si estamos preparados para esta discusión.

Tan consciente es el capitalismo de que la pobreza no es buen negocio para nadie que el Grupo de los 7 países más ricos del mundo acaban de decidir aplicar un impuesto global a las grandes empresas. Pero la pareja de Fabiola y su corte de los milagros andan llorando impiedad por los rincones.

El mismo día que Argentina se declaraba “amigo de Putin”, Putin –que puede disfrazarse de lo que quiera pero no deja de ser el peor los capitalistas autoritarios - promulgó la ley que impide a la oposición “extremista” presentarse a elecciones.

¿Quién decide qué organización es “extremista”? Bingo, los jueces de Putin. La ley fue aprobada por las cámaras de senadores y diputados, donde el nuevo amigo argentino tiene mayoría absoluta.

Si el gobierno considera que fuiste fundador o tuviste un cargo de responsabilidad en alguna de esas organizaciones en los últimos cinco años –porque la ley es retroactiva- ya no te podés presentar a elecciones.

Si el gobierno considera que fuiste miembro o empleado de alguna de esas organizaciones en los últimos tres años, ya no te podés presentar a elecciones.

Si el gobierno considera que apoyaste a alguna de esas organizaciones, también podés ser vetado. ¿Qué se considera un apoyo? Una donación, un asesoramiento o… una declaración de respaldo en internet. Sí, un simple “me gusta” en redes y chau, no te podés presentar en las elecciones.

Algunos opositores fueron encarcelados esta semana, como Dmitri Gudkov, que pasó 48 horas en prisión sin ningún cargo, excepto que tuvo el tupé de presentar su candidatura por el partido liberal Yabloko.

Según las encuestas independientes, la intención de voto al partido de Putin está hoy en Rusia en menos del 30% y en Moscú, en 15 %.

El miércoles próximo comienza el juicio a Alexei Navalni, el opositor envenenado por el gobierno de nuestro nuevo amiguito. En ese juicio se declararán extremistas las organizaciones sin fines de lucro fundadas por Navalni: el Fondo de Lucha contra la Corrupción, el Fondo para la Protección de los Derechos de los Ciudadanos y su red de oficinas.

Sí, la ley fue hecha a medida para castigar a Navalni y a cualquiera que se le acerque. La dictaron quienes lo envenenaron.

No, en el Zoom que tuvo la pareja de Fabiola con Putin no le preguntó qué opinaba de las maravillosas perfomances de su hijo Estanislao. En Moscú quizás se le dificultaría al muchacho presentarse como la drag queen Dyhzy, teniendo en cuenta que la homofobia es una de las características más acentuadas del bueno de Putin.

Hay que recordar además que los amigos que se ven en las malas, como afirma la pareja de Fabiola, no nos han regalado nada.

Argentina le pagó a su amigo 9,95 dólares por cada dosis que recibió. Es la segunda vacuna más cara después de la China, que costó 20 dólares. Las de los imperios occidentales eran mucho más baratas. La Astrazeneca, por ejemplo, costó según el estudio de Chequeado entre 4 y 4,1 dólares por dosis, la mitad de lo que salió la Sputnik y una quinta parte de lo que salieron las Sinopharm.

Pero además, el miércoles pasado, el Fondo Ruso de Inversión Directa publicó un informe en donde demostraba la eficacia de la aplicación de la primera dosis de Sputnik.

¿Dónde fue hecho el estudio?

En la provincia de Buenos Aires. La famosa vacuna del amigo Putin, que bien que las cobró, usó a los argentinos como conejitos de Indias. “¿A ver qué pasa si la aplicamos en gente?” se habrán dicho, en ruso, claro. ¿Le habrán contado esto a Filomena Vizzotti cuando fue a Rusia a inspeccionar y coso? ¿No debería la administración nacional avisar que quienes se pusieran la vacuna estaban siendo parte de un estudio que todavía no se había realizado? ¿Alguno de los vacunados, firmó un consentimiento informado por participar en una prueba médica?

Mientras eso hacían nuestros buenos amigos rusos, los imperialistas yanquis, esos del capitalismo que no dio buenos resultados, donaban 19 millones de dosis de vacunas al mecanismo Covax y de ahí ligaremos algunas vacunas gratis. Ni la democracia ni el capitalismo son perfectos. Quizás porque los seres humanos tampoco lo somos.

Pero será con esas imperfecciones, con las de los sistemas y con las nuestras, que haremos un país mejor, que tendremos una vida mejor. Y llegará –no hay dudas- el día en que diremos “¿Cuál era Putin?, ah, el amigo de los peronistas, ¡qué bueno que nos sacamos ese peso de encima!”.

Nos vemos ahí.

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