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15 de octubre de 2021
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Opinión

Aturdidos e ideologizados, un panorama penoso

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El dato inflacionario del mes de setiembre conocido ayer, el que alcanzó el 3,5 por ciento en la nación y 3 por ciento en la provincia, da cuenta de la agudización de un problema que, al menos, al gobierno de Alberto Fernández le está demostrando dos hechos incontrastables: que las recetas que viene aplicando para contener el mal no le están dando los resultados que espera desde que asumió en diciembre del 2019; y un segundo aspecto que se desprende de lo anterior: la falta de confianza hacia sus medidas y su efectividad que ha ido en aumento en todos los frentes, incluso en el de los más débiles y desprovistos de todo, quizás el factor que más le preocupa al Frente de Todos.

El sector de los más vulnerables, y por desgracia fatalmente más numeroso, el de los pobres de toda pobreza –y a los que los grupos piqueteros han vuelto a utilizar como bandera y argumento para que por su vía motoricen sus movilizaciones y manifestaciones en las ciudades más importantes del país–, ya no le garantiza a la administración contar para sí con la solidez de ese piso de seguidores que con fe ciega, tradición y costumbre comulga con su relato; tampoco que con ellos pueda recomponer la base electoral que se muestra maltrecha y con fallas para dar vuelta el resultado de las PASO en las elecciones del 14 de noviembre.

Cuando en LVDiez se le preguntó al economista peronista Roberto Roitman sobre las causas de la inflación y si con franqueza podía garantizar la eficacia de un programa de congelamiento de precios que rige desde ayer y hasta enero del 2021, se explayó en dos direcciones: la inflación es multicausal, aseveró. Pero puso foco en que la emisión de pesos –que ya va por niveles récord– haya sido el principal motivo que provocó el salto constante en el aumento de precios: “Se cae un mito del neoliberalismo”, manifestó con tono y sesgo ideológico sobre la expansión de la base monetaria poniendo como ejemplo la emisión de dólares en los Estados Unidos para volcar grandes sumas de dinero a los consumidores.

Lo segundo que mencionó va en línea de la creencia y convencimiento religioso que tiene el Gobierno nacional –y sus técnicos y académicos–, sobre que el aumento de los precios (inflación) –el más espantoso de los males irresueltos que provocan en escala el empeoramiento del resto de los indicadores económicos– es responsabilidad absoluta del sector de los empresarios. La solución, según los economistas del oficialismo, no sólo Roitman, pasa por un acuerdo entre los empresarios, con los que el presidente se reunió a comienzo de semana, y a los que el Gobierno nacional tiene en la mira por entender que han ganado sumas de dinero siderales desde que el kirchnerismo volvió al poder, en el 2019, considerando que el subsidio a la demanda (la cantidad de plata o platita que se está destinando hacia los bolsillos de los consumidores) les ha incrementado las ventas, la producción y las ganancias.

El nuevo plan de congelamiento de precios para más de 1.200 productos que rige desde esta semana, con valores de los productos que deben ser retrotraídos al 1 de octubre, es una de las herramientas que, sin sorprender a nadie, el Gobierno usa para “contener la hemorragia”, según Roitman. Sólo para eso y admiten ser conscientes de que sólo sirve para la emergencia. La emergencia son las elecciones en un mes, qué duda cabe. Para lo que sigue, para ese mal endémico del que no se puede despojar la Argentina, tendría que convocarse a un gran acuerdo de concertación, donde el Estado debiese cumplir un rol de estricto control (fuerte regulación, en verdad) y seguir de cerca el comportamiento de las características oligopólicas que tiene, en la visión del Gobierno, el sistema de producción de bienes de la Argentina: una empresa líder por rubro, en general.

Pero, para la llegada o cristalización de ese acuerdo no hay ni señales, sino alguna que otra declaración pública, aunque nadie puede garantizar que por la vía de un pacto todo se solucionase sin que existan reformas y transformaciones de fondo, impositivas, laborales y otras que den previsibilidad y la mentada confianza que hoy no existe.

Por el contrario, todo indica que, según lo que los mismos empresarios manifiestan, hay medidas sorpresivas que se toman y ni tan siquiera con un análisis previo. Rubén David, gerente general del híper mayorista Oscar David, de Godoy Cruz, develaba ayer por la mañana que se enteraba de los listados por los medios, por la radio, por la televisión. Otros de su sector manifestaban lo mismo en cualquier provincia del país o ciudad en la que se consultara.

La campaña electoral del momento, la de las legislativas de noviembre, está dejando al descubierto que las fuerzas en pugna no tienen en agenda convocar a acuerdos, a pactos, a parar la pelota, a dejar algunas de las diferencias más profundas de lado para ponerse a trabajar en un plan que termine con más de 50 años de penurias inflacionarias. Muy lejos están de una meta o un objetivo que tenga en mente un análisis serio y responsable del asunto. Ese decir: ¡Basta ya! a tanto desaguisado y a tanto juego de ruleta rusa no está, ni parece que pudiera estar en los próximos meses, y es lo único que une a oficialismo con oposición. Los une, en concreto, la necesidad de diferenciarse e ingresar en una escalada de violencia verbal descomunal convencidos de que tal actitud les traerá beneficios electorales, quizás en el campo de quienes están convencidos, en el de los suyos.

Aquí en Mendoza está por comenzar la temporada de debates entre los candidatos y se tendrá una muestra, en breve nomás, de las prioridades de los frentes y de la actitud de los candidatos y su empatía a la búsqueda de soluciones a los problemas que se padecen. Pero en el ámbito nacional ya hubo una muestra: ocurrió el miércoles en la noche cuando los candidatos a diputados nacionales por CABA, de Juntos por el Cambio, María Eugenia Vidal; del Frente de Todos, Leandro Santoro; de la izquierda de Myriam Bregman y el liberalismo de Javier Milei se midieron en un debate del que sólo se escucharon gritos, chicanas, insultos, varias faltas de respeto y un desprecio de parte de alguno por las reglas pocas veces visto. De sólo recordar y mirar algunos de los pasajes de tal espectáculo, lo mínimo que genera es pena.

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