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22 de octubre de 2021
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Opinión

Argentina, un país inviable y sin salida sólo por impotencia y mala praxis política

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√ Que puede existir algo de perversidad en el pensamiento del elenco que gobierna en este momento el país, sí, probablemente, pero seguro de lo que sí existe y mucho es terquedad y empecinamiento en un rumbo equivocado;

√ Que así como se va y hacia dónde, por sobre todas las cosas, el país no aguantará mucho más porque ahora sí se está cursando la peor crisis económica de la que se tenga registro por la combinación de factores que están interviniendo;

√ Que Mendoza podría incrementar su nivel de exportaciones, el que se encuentra en el 2,4 por ciento del total nacional, porque tiene todo para crecer en industrias creativas, en las TIC, todavía mucho más en la vitivinicultura, en la metalmecánica, en el turismo, todo potenciado por su posición privilegiada en el corredor Brasil-Chile;

√ Que si Mendoza se animara a discutir seriamente, con todos los actores en una misma mesa, siquiera la posibilidad de desarrollar la minería responsable y sustentable, encontraría una vía alternativa de progreso que hoy ha dejado de lado cuando quizás más se la necesita, al cumplirse diez años de estancamiento y sin generación de empleo;

√ Y que, en definitiva, innovar no es mejorar lo que se tiene y lo que se ha hecho o se viene haciendo, sino que, como alguna vez lo afirmó, lo ejemplificó y lo eternizó Steve Jobs: innovar es pensar diferente porque sólo de esa forma se cambiarán y se crearán las cosas nuevas.

Esas y otras tantas más fueron las reflexiones y descripciones de la realidad argentina y de la provincia que se pudieron escuchar ayer en el V Foro Industrial Mendoza que organizó la UIM y su organización madre a nivel nacional, la UIM con su presidente, el empresario Daniel Funes de Rioja, en la provincia.

El foro, al que asistió el gobernador Rodolfo Suarez, resultó ser para muchos de los pequeños, medianos y grandes empresarios que estuvieron presentes, un momento de catarsis y algo de desahogo. También un baño de realidad sobre los avatares y desafíos que se han cernido sobre la economía del país desde decenas de años atrás. Pero, en esta oportunidad, al decir del economista y emprendedor Gustavo Lacha Lázzari, nunca se han confabulado tanto como ahora fuerzas tan negativas y peligrosas que pueden, decididamente, hacer volar todo por el aire.

La inflación; la emisión alocada; el déficit fiscal en niveles obscenos; con reservas en el Banco Central de unos 7.000 millones de dólares, lo que equivale a 2 puntos del PBI, cuando en Perú alcanzan a 30 puntos, sólo como ejemplo, y un tipo de cambio cuando menos atrasado en 30 por ciento, han configurado ese cóctel que está envenenando al país y que se ha transformado en letal para cientos de pymes y unos cuantos miles de empleos perdidos en el último tiempo.

Todos han coincidido en que la inflación es hoy el mal de todos los males, el más nocivo y el que le permite al Estado financiarse como si se tratase de un impuesto que pagan ricos y pobres por igual, aunque, claro está, provocando más daños, algunos irreversibles ya en los más vulnerables, como se sabe. Pero, para el economista Marcos Buscaglia, el proceso inflacionario en la Argentina actual se está dando y está sucediendo mientras otros precios o factores trascendentes de la economía se encuentran atrasados, entre ellos: la nafta con un 20 por ciento de retraso al tipo de cambio; las tarifas, por caso, la del gas con un 40 por ciento y la electricidad con un 25 por ciento de desfase; en la misma línea el transporte y hasta en el precio promedio de los alimentos un 15 por ciento por debajo de lo que tendrían que valer, medidos antes de que comience a tener vigencia el congelamiento.

Tanto Buscaglia como Lázzari sugirieron una suerte de cirugía mayor para salir del voluminoso problema argentino. Los parches ya no alcanzan, afirmaron. Y por supuesto que se manifestaron en contra del congelamiento de precios ordenado manu militari por el gobierno de Alberto Fernández y, especialmente, Lázzari, en particular, cuestionó abiertamente el proyecto de ley de etiquetado de los alimentos que se encuentra en análisis en el Congreso nacional a punto de convertirse en ley: esa medida atenta contra las empresas, todas, pero, además, subestima al consumidor como si quien consume no supiera qué compra y qué come y, además, como si no estuviese en condiciones de elegir y decidir, sostuvo y explicó Lacha con otras palabras.

Por las similitudes culturales, por el arraigo que se tiene con ese país, porque aportó una ola de inmigración de magnitud junto con la española durante aquellos primeros años del siglo pasado y hasta la mitad del mismo y que forjaron y aportaron a la cultura y tradición por estas tierras, y por tanta empatía que existe, además de ciertos aspectos económicos, aunque no se los tenga en el radar, en un momento de su intervención, Buscaglia comparó a Argentina con Italia. Y fue entonces que dijo que a nuestro país y al ritmo de un crecimiento del orden del 4,2 por ciento anual le demandaría igualar su línea de desarrollo alrededor de 30 años. Claro que ese 4,2 por ciento de crecimiento equivale al doble de lo que crece nuestro país actualmente, o bien tomando esa cifra como promedio. También habría que hacer crecer la productividad entre 1 y 2 por ciento anual, como el stock de capital del 5 al 6 por ciento anual. A toda esa cuenta, el economista le adosó un par de datos no menos interesantes: Argentina exporta cueros, pero podría exportar carteras, como lo hacen los italianos posiblemente con el cuero argentino. Pero, además, en este país somos grandes exportadores de jugadores de fútbol como pocos en el mundo. Pero, si hiciéramos lo de los italianos, que lo que exportan en verdad con el negocio del fútbol son contenidos audiovisuales sobre los derechos de su fútbol, otra podría ser la historia.

Que Argentina, un país que supo ser de los pocos que brindó oportunidades reales para quien quisiera cristalizar su aventura emprendedora y con un potencial envidiable, como todo el mundo lo sabe, haya caído a los actuales niveles de decrepitud resulta, claramente, un accionar colectivo imperdonable. Sólo un ejemplo de eso que se describe con lamento, es que el 54 por ciento de los años que se cuentan desde 1980 en adelante, hasta ahora, se transitaron en recesión.

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