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11 de enero de 2022
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Opinión

Algunas pistas del análisis que hace Suarez sobre el dilatado acuerdo con el FMI

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El gobernador Rodolfo Suarez junto al ministro de Economía, Martín Guzmán.

El Gobierno mendocino –como una expresión más de las que pueden componer hoy la oposición nacional– en la intimidad no cree que Alberto Fernández y su ministro de Economía, Martín Guzmán, estén demasiado preocupados por los cuestionamientos y condicionamientos fiscales que en apariencia estaría imponiendo el FMI para llegar a un acuerdo por la refinanciación de los 44.000 millones de dólares tomados como préstamo en el 2018. Por el contrario, Rodolfo Suarez y algunos de sus técnicos y colaboradores más cercanos evalúan, dentro de lo que les toca, que el principal inconveniente de Fernández y compañía está en el frente interno; en particular por la cerrada negativa de la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner a lograr un acuerdo con el organismo que obligará, sí o sí al Gobierno nacional, a no poder eludir, ni mucho menos esconder, las seguras malas noticias que todo el mundo descuenta que traerá aparejada la firma alrededor de un entendimiento de pago.

Ya entrada la tarde de ayer, en la Gobernación mendocina seguían sin tener noticias de la convocatoria al anunciado encuentro entre el presidente Fernández y los gobernadores de la oposición prevista para esta semana o recién la otra. Para el encuentro serían de la partida con Suarez, Gerardo Morales de Jujuy, Gustavo Valdés de Corrientes y Horacio Rodríguez Larreta de la CABA, a los que probablemente se sumarían, porque así lo pidieron, los jefes de bloque y de los interbloques de la bancada opositora.

La cita fue organizada la semana pasada, luego de que los gobernadores opositores se negaran a asistir al encuentro en el que Guzmán explicó los supuestos alcances del pacto que se negocia con el FMI y al que se aspira suscribir no más allá de marzo. Postergar el arreglo le significaría a Argentina extender la incertidumbre sobre la marcha de su economía, ya por demás vapuleada e inmersa en una crisis de desconfianza extrema. Cuando se suponía que Fernández llamaría a los gobernadores al inicio de semana, entre ayer y hoy, por caso, el proceso se frenó sin una causa aparente o, al menos, sin una respuesta oficial, aunque sí por varias versiones y especulaciones. Entre ellas, que uno de los mentores del encuentro, Sergio Massa, no podría asistir por estar aislado por un caso estrecho de covid, más otras explicaciones no confirmadas, tales como que la reunión se postergó a instancias de Máximo Kirchner, quien habría manifestado su voluntad de ser parte del cónclave.

La presunción de Mendoza en torno a las dificultades que existen para llegar a un acuerdo con el FMI, las dilaciones y la falta de una explicación concreta y contundente por parte del Gobierno nacional en torno a lo que se está negociando han alimentado en toda la oposición el convencimiento de la existencia de fuertes tensiones internas que han puesto a Fernández en un dilema: no puede seguir sin el acompañamiento de su mentora, Cristina Fernández de Kirchner. La vicepresidenta hoy no estaría avalando el contenido de lo que puede llegar a firmarse antes de fines de marzo, cuando vence un pago de alrededor de 3.000 millones de dólares. Y ayer fue el propio Fernández el que volvió a sostener que, con las actuales condiciones, el país no puede hacer frente a la deuda. En realidad, se trata de una confirmación más de lo que el Gobierno dejó ver en el proyecto de presupuesto para el 2022, que ha quedado trunco y sin tratamiento, en el que Guzmán no previó pagos al FMI en la pauta de gastos.

Como si se tratara del cumplimiento de una estrategia previa, con los dichos de Fernández se conocieron declaraciones del Nobel de Economía Joseph Stiglitz, del que Guzmán ha sido una suerte de auxiliar académico, y el economista, por lejos, que prefiere todo el kirchnerismo. Según Stiglitz, Argentina no se tendría que someter a un ajuste ordenado por el FMI para pagar la deuda, que una condición en ese sentido amenazaría la estabilidad financiera mundial, que los requisitos de austeridad que impone el organismo ya son anticuados y que hay que ver en detalle a Argentina porque, en medio de las restricciones y de la pandemia de covid, ha logrado un “milagro” económico desde el 2019 a esta parte. Claro que tales declaraciones han resultado ser un inestimable apoyo para Argentina, aunque sin el punch suficiente ni el impacto que podrían causar en el mundo financiero global, ni tampoco en Argentina, por la postura histórica del economista en contra del FMI y su visión ideológica.

Luego de la revisión de todo lo que se dijo en aquella reunión de la semana pasada –a la que Mendoza envió al ministro de Economía, Enrique Vaquié, como emisario y como delegado–, en la Provincia no hay dudas de que Fernández está fuertemente sometido a la oposición de Fernández de Kirchner. De lo contrario ya se habría anunciado algún acuerdo. La inflación hoy opera como la herramienta más eficaz y efectiva del Gobierno para financiarse e incrementar los niveles de recaudación. Los técnicos mendocinos y otros de la oposición coinciden en que lo que tendría que hacer el Ejecutivo nacional es gastar menos. Como se trata de una alternativa inviable para una de las fuerzas poderosas, sino la más, en las que se divide el gobierno, se rechaza el requisito impuesto por el FMI. No sólo eso. Se tiene que dejar de emitir, algo con lo que, otra vez, parte del gobierno no está de acuerdo.

Además, el FMI se habría negado a aceptar tres medidas que el kirchnerismo plantó en la mesa de negociaciones: bajar el interés, ampliar los plazos de pago a más de 10 años y liberarle a Argentina recursos frescos como los que se dieron en la época de Mauricio Macri. Junto con todo eso, en la oposición en general afirman que nunca antes se había visto y escuchado a gobernadores del peronismo cuestionar a su propio gobierno peronista a nivel nacional como lo hicieron tres: el puntano Alberto Rodríguez Saá; el chaqueño Jorge Capitanich y el bonaerense Axel Kicillof. Suficiente –coincidieron– para sintetizar que las trabas y los palos que atentan contra un posible acuerdo surgen desde el seno mismo del Gobierno más que por culpas y excusas buscadas por fuera.

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