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19 de septiembre de 2021
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Columna

Alberto en una “125” permanente

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Cristina Fernández completó la tarea que iniciaron la crisis económica y el resultado electoral. La Vicepresidenta finalmente expuso que el jefe de Estado es un mero testaferro de la coalición, un representante de una unidad fracturada. Y si los votos le indicaron al Presidente que entró en la fase de “pato rengo”, del mandatario que no tiene chances de ser reelecto, su compañera de fórmula provocó en él la metamorfósis de este pato en la cucaracha de la canción.

La Vicepresidenta le arrancó las patitas de atrás y medio gabinete. Los cambios no sólo vinieron a desnudar la debilidad presidencial sino también el fracaso de la gestión. El Presidente, futbolero, lo sabe: ningún técnico reemplaza los jugadores que hacen bien su trabajo. En simultáneo, Fernández de Kirchner aniquiló el sueño del albertismo nonato que miraba más allá de 2023.

Le pasó el escobillón a los incondicionales y amigos. No sólo provocó la renuncia del vocero Juan Pablo Biondi, sino que en la volteada se cargó a “Nico” Trotta, esa suerte de ahijado que había recalado en el Ministerio de Educación. Trotta había sido bendecido por Fernándenez con su primer cargo público en 2004 cuando ocupó una dirección deformación juvenil de la Jefatura de Gabinete. Ahora le cobraron el costo social de haber tenido encerrados a los niños, niñas y adolescentes durante un año y medio.

La limpieza llegó también a Seguridad, donde Sabina Frederic llevaba casi dos años provocando el enojo de gobernadores e intendentes y alimentando el enfrentamiento interno. Su reemplazo por Aníbal Fernández es síntoma de otro fracaso: la ausencia de la seguridad en el discurso oficial cedió un enorme terreno para el avance de Diego Santilli y Juntos para el Cambio en la provincia de Buenos Aires.

Este Fernández tendrá que convivir con Julián Domínguez, quien lo desafió en 2015 y juntos provocaron la histórica derrota ante María Eugenia Vidal. Con esta convivencia quiere escenificar el Presidente sus dotes para forzar colechos de alto riesgo. El arribo de Domínguez a Agricultura también indica la capitulación del Ejecutivo frente a la representación del campo en su pulseada por las exportaciones de carne. La salida de Luis Basterra debe ser facturada también a nombre de los gobernadores peronistas productores de carne, como Omar Perotti y Sergio Ziliotto.

El Presidente celebró haber sostenido a Santiago Cafiero, el mayor chasco de sus apuestas personales, dentro del Gabinete. Con su paso a la Cancillería, Alberto Fernández quiso mostrar que todavía tiene algunas hilachas de las riendas en su mano. Pero la supervivencia de Cafiero apenas si oculta la expulsión de Felipe Solá, a quien Cristina quería fuera desde hace un año. Los yerros de la política exterior expusieron en forma temprana las contradicciones de la unidad.

“Empate”, dicen desde Olivos. Desde el Instituto Patria se ríen de la ocurrencia. El Presidente había llegado a pensar que debía seguir la recomendación de alguno de los gobernadores y aceptarles la renuncia a todos los funcionarios que pusieron su salida a disposición. Pero su plan independentista se esfumó en un instante junto a sus convicciones. Un rato antes de conocerse el ultimátum epistolar de la Vicepresidenta, el jefe de Estado había inflado pecho y le había hecho saber a través de algunos periodistas amigos que a él no se le sacaba nada por las malas. Y por las malas fue, y tuvo que aceptar la convivencia con los mismos dirigentes que los desafiaron, comenzando con el ministro del Interior, Eduardo de Pedro.

La permanencia de De Pedro no puede sorprender. Los antecedentes ya indicaban que el Presidente no tiene facultades para mover piezas. No fue capaz de ejecutar un pedido de Martín Guzmán para echar al subsecretario de Energía Eléctrica, Federico Basualdo, y en cambio el ministro de Economía tuvo que aceptar la renuncia de su persona de confianza en materia tarifaria, Javier Papa, flamante ex subsecretario de Planeamiento Energético.

Para que no queden dudas, Cristina Kirchner expresó en su carta las condiciones y el manual de instrucciones para la continuidad del pacto: con Juan Manzur en la Jefatura de Gabinete, sin Biondi, con Cafiero lejos del cargo que tenía y con una remodelación del presupuesto vigente y de la Ley de recursos y gastos para 2022 enviada al Congreso en medio de la tormenta. A Guzmán decidió mantenerlo para no afectar la negociación con el FMI pero le intervino el Ministerio de Economía. Con indicaciones claras sobre la necesidad de expandir el gasto, envió a Sergio Massa al Palacio de Hacienda para diseñar, ya no un paquete de medidas, sino un nuevo rumbo.

Cristina Fernández vio en el Presidente lo mismo que la ciudadanía había advertido en Mauricio Macri dos años antes, luego de las PASO: la incapacidad para asumir la responsabilidad ante la derrota y, en cambio, ofrecer como solución al problema una condena a la sociedad por su incomprensión. La Vicepresidenta tuvo que recordarle lo obvio: crisis económica y ajuste se oponen a la chance de una victoria electoral.

La ecuación que ella hizo es sencilla: si en soledad pudo sacar en 2017 400 mil votos más que la tan promocionada unidad de 2021, la mejor estrategia para hoy es recuperar el protagonismo que tuvo cuatro años antes y sacarse de encima el lastre de la estrategia albertista. Parto doloroso, diría Elisa Carrió. Pero en menos de una semana alumbró la nueva criatura apodada “misterio”.

La Vicepresidenta se encargó de eliminar de antemano cualquier mérito que se quisiese atribuir el Presidente en la resolución de la crisis. Con la difusión pública y anticipada del ofrecimiento del cargo de jefe de Gabinete a Manzur lo que hizo fue demostrar, también, que si hay alguien interesado y capaz para sostener la unidad con los gobernadores, es ella.

Pero la discusión ya no pasa por el modo en que el Frente de Todos transita la derrota, sino por la manera en que ella ejercerá el poder de aquí en más. Cristina ejecutó, a su manera, una metáfora de Leopoldo Marechal con la que Néstor Kirchner solía graficar la solución a sus problemas complejos: “De todo laberinto se sale por arriba”. Acá ella no sólo provocó un cambio en las reglas de juego. Rompió el juego y puso uno nuevo.

Cristina Fernández le asestó al Presidente un golpe como el que Julio Cobos le dio aquella noche fatídica de julio de 2008 cuando rechazó con su desempate la ley que convalidaba la Resolución 125. En ese mismo momento, el mendocino quedó fuera de la coalición de gobierno. En un instante tuvo más poder que el matrimonio Kirchner, pero al siguiente perdió hasta el presupuesto como para volar desde Buenos Aires para visitar a su familiar.

A diferencia de lo que pasó con Cobos, después de dar el golpe, Cristina Fernández se convirtió en la única dueña del circo. Desde ahora ejerce su “voto no positivo” a cada momento y obliga a vivir a Fernández en una 125 permanente. La crisis de votos derivó en una crisis institucional sin visos de resolución: un Presidente sin poder al mando del gobierno y una Vicepresidenta con el poder pero que delega la responsabilidad del gobierno.

Está por verse hasta qué punto los cambios de gabinete y los anuncios que se vienen les permitirán al Gobierno reencontrarse con un electorado desencantado y enojado. Lo que sí está claro es que lejos de ofrecer certezas, el Frente de Todos decidió asumir la incertidumbre como una forma de gobierno. Desde ahora la pregunta que sobrevuela entre la Casa Rosada y el Senado es cómo se resolverá la próxima desobediencia o cuál será el precio de la deshonra del pacto que sellaron en 2019 Cristina Fernñandez y Alberto Fernández y que sólo ellos dos conocen.

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