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25 de noviembre de 2009
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FÚTBOL

Operación Rosa Rosa Las Nenas vs. Las Botineras

??vengo a morir, por amor, para poder vivir. Y un tropel de fantasmas me azotan la noche, y mi cuerpo se baña con sangre y sudor y detengo en mis puños el fuego y el viento, muriéndome para poder vivir?. Sandro

     Dicen que es hincha de River, sin embargo, tantos años viviendo en Banfield deben haber influido para que el ídolo de América tenga su simpatía por el club del sur. Nunca demostró públicamente pasión por los deportes, pero sí lo hizo por la música y por las mujeres. Nació el 19 de agosto de 1945 en la Ciudad de Buenos Aires pero se crio en Valentín Alsina (Lanús, Buenos Aires). Hijo único, sus padres quisieron ponerle el nombre Sandro, pero no lo permitieron los funcionarios del Registro Civil donde debían registrarlo.

    Y fue Roberto Sánchez, nomás. Se crió y vivió siempre en los suburbios industriales del sur de la ciudad de Buenos Aires. Su abuelo paterno pertenecía al pueblo Rom (romaníes, gitanos) y Sandro recogió esa herencia asumiendo el sobrenombre de Gitano. En su juventud, aquella que vivió a pleno y con una fama que traspasó rápidamente las fronteras del país, no existían las botineras. Sus miles y miles de fans femeninas lo amaban y lo adoraban –aún lo hacen– por su belleza física, sus canciones y, sobre todo, por la sensualidad que desparramaba en sus presentaciones en vivo o cuando lo veían en cine o televisión.

    Ese estilo a lo Elvis que tanto rédito le dio, hasta no hace mucho tiempo, explica en parte el fanatismo de sus nenas. Nenas que nunca buscaron en él más que demostrarle su idolatría, a los gritos, tirándole corpiños y bombachas al escenario y cantando una y mil veces sus eternas canciones. Nenas que jamás fueron detrás de él por su dinero o por su fama. Sandro les retribuyó, y cómo, esa fidelidad absoluta. Si tuvo amoríos con alguna artista muy conocida, poco se supo. Defendió a ultranza su privacidad, y cuando se supo que hacía muchos años que vivía con una mujer, grande fue la sorpresa al difundirse que era una señora tan común y tan discreta como Roberto Sánchez lo era puertas adentro de su casa.

    Casi, casi, una nena. Esas mujeres que se desvelan por cada hecho de la vida de Sandro son todo lo contrario de las ahora llamadas botineras, mujeres de cuerpos pulposos y/o exuberantes comprados a cirujanos plásticos, que se acercan a los jóvenes deportistas para usufructuarles las ganancias y los flashes. Son chicas que no tienen ni un solo talento para mostrar, que hacen el ridículo en la mayoría de los casos y que han perdido el pudor muy tempranamente. Basan sus 15 minutos de fama en contar en algún living de programa chimentero que pasaron la noche con tal o cual.

    Suben a internet videos rayanos con lo pornográfico y luego se lo cuentan a algún movilero, ansioso de encontrar una noticia “muy fuerte” (Rial dixit) para que su productor tenga la primicia ya. Algunas lo consiguieron y se casaron con un futbolista. Wanda Nara es un ejemplo, aunque su marido, Maxi López, fue una estrella fugaz en el firmamento futbolístico. En River hizo goles importantes que le permitieron una rápida transferencia, nada menos que al Barcelona de España. Como no funcionó, pasó por Rusia y ahora está en Brasil.

    Dentro de poco, quizás, se mudará nuevamente a Buenos Aires. Amalia Granata es la más patética versión de una botinera. Le fue muy mal con el Ogro Fabianni, quien no le da ni la hora, aunque ella parece haberle transmitido alguna clase de maleficio. El grandote ha fracasado estrepitosamente en River, mientras que su ex al menos tiene minutos de pantalla con el devaluado Pettinato. Gianina Maradona es la excepción. Ser la hija de y la mujer y madre del hijo de un crack como el Kun Agüero da la sensación de predestinación.

    Ambición es lo que empuja a las botineras, que no tienen la menor idea sobre la pasión que despierta el fútbol pero que, conociendo las debilidades de los hombres, los buscan desesperadas en los VIP de los boliches porteños. Devoción es lo que sienten honestamente esas mujeres que pueden pasarse horas y hasta días frente a la casona de Banfield y, ahora, en la puerta del Hospital Italiano. Desean más que nunca vivir para ver el día en que su amado ídolo se recupere y, con corazón y pulmones de un chico de 22 años, vuelva a los escenarios a excitarlas y a hacerlas vibrar como lo hace desde hace más de 40 años.

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