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7 de noviembre de 2012
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después de la victoria

Obama, y la historia del "malo conocido..."

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El primer presidente negro de la historia de Estados Unidos ha recibido una segunda oportunidad; pese a la crisis, pese al miedo ante lo que está por venir.

Al final, los temores dejaron paso a la victoria, y un radiante Barack Obama compareció ante sus simpatizantes. "Vivimos en el país más maravilloso del mundo", exclamó el presidente de Estados Unidos ante sus entusiasmados fans en McCormick Place, Chicago. La tensión y el cansancio de la campaña electoral parecían haberse esfumado de repente. Un halo de euforia que recordaba al de hace cuatro años envolvía la escena.

"Hoy ustedes han elegido actuar, y no la vieja política de siempre", afirmó Obama. De pronto, su voz ya no sonaba tan ronca como en los últimos días de la campaña. Ni rastro del agotamiento y la inercia que en ocasiones habían ensombrecido sus mítines. Combativo y con decisión, Obama volvió a presentarse como un buen padre y marido: "Michelle, nunca te he querido más", confesó.

Hacía mucho que en Estados Unidos no se veía una campaña tan dura, tan extenuante. La facilidad y el encanto con el que Obama conquistó hace cuatro años el corazón de tantos estadounidenses parecían pertenecer a un pasado muy lejano. La magia que emanaba antaño se había evaporado. Cuando en la mañana del 6 de noviembre el presidente viajaba a Chicago, no sabía si le esperaba la victoria o su entierro político.

El primer presidente negro de la historia de Estados Unidos ha recibido una segunda oportunidad; pese a la crisis, pese al miedo que habita entre los estadounidenses ante lo que está por venir. Obama no ha sido reelegido por haber presentado un brillante balance de su gestión ni por plantear esperanzadoras visiones. Esta vez, su triunfo fue uno luchado y trabajado, sin brillo y sin verdadero entusiasmo de los votantes. Y, en parte, también se debió a que muchos desconfiaban de la vía propuesta por su rival, Mitt Romney.

"No recuerdo ningunas elecciones en las que la brecha entre la envergadura de nuestros problemas y la sustancia de la política fuera mayor", declaró el politólogo William A. Galston. La campaña transcurrió sin verdaderos hitos, más bien monótona y vacía de contenido por ambas partes. También Obama, que hace cuatro años evitaba las zancadillas, apostó esta vez por la propaganda negativa con cuestionables ataques a su contrincante.

Esta vez, Romney tenía todos los ases en la manga. Una tasa de desempleo que ronda el ocho por ciento es, normalmente, una sentencia de muerte para el mandatario en el poder. Ironías de la historia, esta vez el multimillonario de 65 años se presentaba como el "verdadero cambio": pretendía crear 12 millones de puestos de trabajo y sus promesas sonaban seductoras y deslumbrantes. Pero los estadounidenses desconfiaban de Romney, temían que cambiara demasiado a menudo de abrigo según soplara el viento.

Tampoco Obama consiguió meterse en el bolsillo a sus propias bases. Durante su mandato no hubo verdaderos avances en la lucha contra el cambio climático, sino que como mucho dio algún pequeño paso, lamenta el ala más izquierdista entre los demócratas. Ni una sola apuesta de verdad. Y sigue existiendo la vergonzosa prisión de Guantánamo, con la que Obama quería acabar.

"De alguna forma, esta vez la campaña es muy diferente", opinaba hace poco un ayudante de Obama en Ohio. Esta vez faltaba sencillamente entusiasmo.

Ahora, Obama cometió errores y descuidos durante la campaña, sobre todo su floja intervención en el primer debate televisado. Se le veía fatigado y débil, sin imaginación y sin ideas. Pero lo cierto es que aquel fallido debate era sólo un síntoma del problema general: "Para un orador tan claramente dotado, él era sorprendentemente incapaz de explicar a un ciudadano de clase media por qué lucha", sentenció Paul Glastris, autor de los discursos del ex presidente Bill Clinton.

Con todo, en sus cuatro años de mandato Obama puso en marcha cosas que los estadounidenses aprecian: implantó el seguro sanitario para todos, un sueño que los demócratas perseguían desde hace décadas; puso fin a la guerra de Irak, comenzó la retirada de Afganistán y acabó con Osama bin Laden.

Pero, sobre todo, se opuso a que siguiera creciento la brecha social entre ricos y pobres. Ése fue el sello de su primera presidencia. Y aunque sólo lo consiguió en parte, se convirtió en blanco del odio de los republicanos más conservadores.

Los problemas que Obama tendrá que combatir en este segundo término son los mismos. Volverá a tener que lidiar con un Congreso en el que los republicanos son mayoría en la Cámara de Representantes, y por tanto pueden bloquear leyes.

De ahí que la incógnita ahora es si podrá superarse el endurecimiento de los frentes políticos, la profunda división entre demócratas y republicanos. ¿Ha rebasado ya su cénit el movimiento Tea Party, que empuja a los republicanos a oponerse frontalmente a Obama? Por el momento, sólo hay dudas. 

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