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12 de septiembre de 2006
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Nueva York recupera de a poco su ritmo

La ciudad sufrió hace cinco años un golpe colosal. Aún hoy hay rastros de ese trágico día, pero poco a poco la Gran Manzana vuelve a la normalidad, aunque hay cosas que nunca serán igual.

    Nueva York ha recuperado el pulso y cinco años después del 11-S sus habitantes no vinculan esa fecha con “la guerra contra el terror” lanzada a continuación por Washington. Esa es la opinión de Luis Rojas Marcos, jefe de los Hospitales Públicos de Nueva York en el momento de los ataques que se cebaron con la ciudad, pero que no han dejado mayor huella psicológica que cierta sensación de vulnerabilidad en la que presume ser la capital del mundo.

    “La ciudad ha superado el trauma. Alrededor de noventa por ciento de los afectados directos –supervivientes, miembros de los equipos de rescate, familiares de las 2749 víctimas– ya no necesita asistencia emocional”, precisó Rojas Marcos en declaraciones a Efe. Sólo queda entre ocho y doce por ciento que la requiere y es gente que padecía un trauma anterior, dijo el psiquiatra español, quien coordinó en los primeros meses la ayuda médica a los afectados.

    “No es verdad eso de que fortalece lo que no mata. Uno siempre es más débil si ha recibido antes otros golpes”, apostilló. Nacido en la ciudad española de Sevilla, Luis Rojas Marcos ha vivido los últimos 38 de sus 62 años en Nueva York, en la que trabajó durante más de dos décadas en el sistema público de centros sanitarios y en cuya universidad ofrece ahora clases como profesor de psiquiatría. “Hablo de esta ciudad, que es lo que conozco, pero lo cierto es que, en contra de lo que hacen los políticos y de lo que ocurre en otras zonas del país, aquí no se relaciona lo que ocurrió en las Torres Gemelas con las guerras de Afganistán e Irak”, afirmó.

    Explicó que “una elite intelectual sabe que hay un antes y un después, pero si le preguntas a un neoyorquino de la calle te dirá que no conecta el 11-S con la guerra de Irak, por ejemplo”. Rojas Marcos mantiene que el proceso de normalización ha regularizado las relaciones entre blancos de origen europeos, afroamericanos, latinos y asiáticos, los principales grupos étnicos en que se integran los ochos millones de habitantes de la ciudad, la mitad de los cuales no ha nacido en Estados Unidos.

    El psiquiatra recordó que tras el 11-S mejoraron las relaciones entre las cuatro comunidades, por la conciencia general de que en aquel momento cualquier extraño que hubiera participado en las labores de rescate “podía haberte salvado la vida”. “Las relaciones entre esos grupos vuelven, poco a poco, a su nivel anterior al 11-S”, puntualizó, y añadió que el mismo fenómeno se ha registrado con quienes proceden o parecen proceder de Oriente Medio, quienes sufrieron al principio un “claro distanciamiento”.

    “Muchos taxistas, que vienen de esa región, mostraban en sus coches banderas norteamericanas para dar a entender que estaban con los demás. Eso ha empezado a desaparecer”, subrayó. Aparte de los sociales, los datos económicos y migratorios vienen a confirmar la normalización apuntada por Rojas Marcos. Nueva York no ha perdido su lugar de capital financiera del mundo pese al pesimismo que causó el cierre por cuatro días de la Bolsa tras los ataques, el más largo desde la Gran Depresión de 1929.

    El Dow Jones se negocia en la actualidad muy cerca de sus niveles históricos anteriores al 2000 y, en términos bursátiles, el único recordatorio de los ataques son amagos de ventas ante atentados en otras partes del planeta o amenazas en suelo estadounidense. Esas amenazas han incluido a Nueva York, donde casi cunde el pánico cuando el alcalde, Michael Bloomberg, declaró en noviembre del 2005 el estado de emergencia por una información, que resultó ser falsa, sobre la posibilidad de un atentado en el metro.

    Ese género de alarmas ha alentado el miedo a nuevos atentados: según un sondeo divulgado esta semana por el diario The New York Times y el canal de televisión CBS, el nivel de temor es sólo un poco inferior al que se registraba poco después de los ataques. Pero el peligro terrorista no ha logrado elevar en ningún momento el nivel de alerta en la ciudad –que desde el 11-S sigue siendo naranja, un grado inferior al de máxima alarma, de color rojo– ni tampoco ha frenado la inmigración.

    El más reciente informe del Departamento de Planificación Urbanística revela que medio millón de personas han llegado en el último lustro de todo el globo en busca de fortuna, lo que, en palabras de Bloomberg, demuestra que Nueva York “sigue encarnando, como ninguna otra ciudad, el sueño americano”.

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