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30 de septiembre de 2009
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LITERATURA

Montevideo, centro literario y sentimental de Mario Benedetti

En la capital uruguaya se funden la vida y la ficción del reconocido escritor ?muerto en mayo?, quien encontró en sus plazas, sus árboles y los rostros de su gente, la materia prima de su literatura y el referente clave de su geografía vital

    Los orígenes del poeta, narrador y ensayista se ubican en la pequeña localidad de Paso de los Toros (en el departamento de Tacuarembó, al norte de Uruguay), donde vino al mundo el 14 de setiembre de 1920, fecha de la que se acaban de cumplir 89 años. Sin embargo, Mario Benedetti, sólo pasó allí sus dos primeros años de vida, pues en 1922, su familia se trasladó a Tacuarembó (capital del departamento homónimo) y, dos años después, a Montevideo, núcleo político y económico de Uruguay y aglutinador entonces, como ahora, de la mitad de la población del país.

    El autor se curtió desde muy pequeño en traslados y mudanzas, lo que consolidó su cualidad de “observador agudo”, afirmó en una entrevista con Efe quien fue su secretario durante los últimos años, Ariel Silva, actual gerente de la Fundación Mario Benedetti. Ya radicada en la capital uruguaya, la familia Benedetti Farrugia –de ascendencia italiana– cambió su lugar de residencia en numerosas ocasiones. “Con su familia se mudó muchísimo y conoció gente de muchos barrios. Eso también creo que le dio elementos a su literatura”, explicó Silva.

ESCENARIO DE LA INFANCIA. El barrio Colón, en el norte de Montevideo, fue uno de los escenarios de la infancia nómada del autor de Poemas de la oficina (1956), quien muchos años después aún recordaría la modesta casa en la que vivió junto a sus padres y su hermano. “Se tapaban con colchas hechas de retazos y él conservaba el precioso recuerdo de la lluvia cayendo sobre los techos de zinc”, contó a Efe su amiga, la también escritora Sylvia Lago, presidenta de la Fundación Mario Benedetti.

    En su juventud, el autor residió en Buenos Aires, entre 1938 y 1941, para retornar después a Montevideo, donde en 1945 comenzó a trabajar en el semanario uruguayo Marcha. En esa época se perfiló la debilidad de Benedetti por el centro de Montevideo, en particular por la Ciudad Vieja y los entornos de la magna Avenida 18 de Julio, una de las principales arterias de la ciudad y sede de un sinfín de comercios y cafés, y, entonces, de numerosos cines y teatros.

    Al comienzo de esta avenida cultural de Montevideo, en la Plaza de la Independencia, se levanta el Palacio Salvo, un peculiar edificio de estilo art decó, que constituye uno de los emblemas arquitectónicos de la ciudad y que fue durante años el rascacielos más alto de Sudamérica. El protagonista de La tregua (1960), Martín Santomé, reconocía en esta exitosa novela haber aprendido “a querer a ese monstruo folclórico que es el Palacio Salvo”.

    “Es casi una representación del carácter nacional: guarango, soso, recargado, simpático. Es tan, pero tan feo, que lo pone a uno de buen humor”, añadía. El Salvo también es mencionado en el cuento de Benedetti Geografías, en el que dos exiliados uruguayos afincados en París compiten por ver quién recuerda mejor diferentes detalles del paisaje arquitectónico y humano de “la lejanísima Montevideo”, como la describe Roberto, su narrador. Igual que este, Benedetti supo llevar sus paseos por Montevideo al terreno de la imaginación, en su caso “a través de la literatura”, como remarcó Lago.

PLAZAS. El poeta y narrador sentía especial predilección por las plazas de la capital, como la Zabala o del Entrevero, en la que le gustaba sentarse a contemplar “el movimiento de las personas”, relató la escritora. A su juicio, Benedetti fue “un escritor eminentemente urbano, muy ligado a la ciudad”, que llegó a convertirse en un personaje más en muchos de sus relatos, como los incluidos en Montevideanos (1959) o La muerte y otras sorpresas (1968). Además, el autor frecuentó algunos de los cafés con más solera de la capital, como el ya clausurado Sorocabana de la Ciudad Vieja.

    Allí escribió La tregua y compartió tertulias con otros grandes nombres de las letras uruguayas, como la poetisa Idea Vilariño, fallecida en abril, sólo unas semanas antes que Benedetti. En los últimos años, el autor solía almorzar en un restaurante muy próximo a su céntrico departamento de calle Zelmar Michelini, el bar San Rafael. Su camarero habitual, Miguel, lo recuerda como “un hombre sencillo, un pequeño grande”, mientras muestra con orgullo la foto del escritor junto a la mesa en la que le gustaba comer. Sin embargo, el que fue médico y amigo de Benedetti durante décadas, el doctor Ricardo Elena, advirtió que “no era un bohemio especial” ni “un hombre de boliches (bares)”, ya que no bebía ni fumaba.

    Elena reconoció el fuerte vínculo que unía al autor con la capital uruguaya, con lugares “de los que hizo poemas”. No obstante, resaltó también su capacidad de “trascender” el corazón del “paisito” (como Benedetti llamaba cariñosamente a Uruguay) y conquistar otros entornos con su literatura y con su propia vida. Así lo hizo en Buenos Aires, La Habana y Madrid, ciudades por las que transcurrió su exilio durante la dictadura uruguaya (1973-1985).

    Cuando esta finalizó, Benedetti optó por alternar su residencia entre Madrid y Montevideo, ciudad en la que permaneció definitivamente tras la muerte de su esposa, Luz López, en el 2006, y donde él falleció el 17 de mayo. La capital uruguaya permaneció así como referente y último destino de un autor que le dedicó, entre otros muchos, los versos: “Mi ciudad por ejemplo es tan modesta / casi sin cumbres y con tanto cielo / es la mejor postal de mi muestrario / y se llama además Montevideo”.

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