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21 de septiembre de 2009
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CRÍTICA

Montaner dejó el alma y el corazón en las instalaciones de Andes Talleres

Montaner presentó en Mendoza su nuevo trabajo, Las cosas como son, y dejó claro que lo suyo, verdaderamente, es la música

    Montaner presentó en Mendoza su nuevo trabajo, Las cosas como son, y dejó claro que lo suyo, verdaderamente, es la música. El concierto se consagró como el mejor del año, no sólo por el profesionalismo de Montaner, quien dejó la vida en las instalaciones del estadio Andes Talleres, sino por la imponente puesta en escena sobre la que se desplegó el show, esto es: cinco pantallas gigantes, siete músicos, cinco coreutas y un sonido potente que hizo del espectáculo uno de los más resonantes de los últimos meses.

    Sin dudas, conciertos de esta envergadura son los que hacen falta en Mendoza. Claro que para ello no basta sólo con una impecable infraestructura tecnológica, sino también una buena presencia escénica, y eso fue lo que Montaner quiso demostrar en Mendoza: que los más de 20 años de profesión no han sido en vano.

DEJÓ EL ALMA Y EL CORAZÓN. El show comenzó diez minutos antes de lo previsto (21.50) con la reproducción de un video de Unicef, en el que se reflejaba la problemática de niños y jóvenes de Latinoamérica que padecen hambre, abusos y todo tipo de necesidades. Tras las emotivas imágenes, que duraron casi 10 minutos, apareció sobre un telón transparente Ricardo Montaner con el tema Yo canto, de su nueva placa, Las cosas como son.

    Así, ante seis mil espectadores, el cantante ofreció un concierto magistral, que tuvo una duración de dos horas y veinte minutos. Quienes tuvimos la oportunidad de ser parte del show podemos afirmar que Montaner dejó el alma y el corazón sobre la escena, dio todo, en definitiva, lo que debe hacer cualquier artista, aunque no siempre ocurre. Fusionando los clásicos con los temas de su nuevo álbum, el músico conformó al público que no dejó de agradecerle su generosidad y profesionalismo. Y si hablamos de profesionalismo, es meritorio destacar la infraestructura que Montaner montó para el espectáculo.

    Las cajas lumínicas, las consolas de sonidos, las pantallas gigantes y la presencia escénica de él y sus músicos (todos elegantemente vestidos con trajes, como si fuese una gala) hicieron del encuentro una verdadera fiesta –quizás me animaría a decir, nunca antes vista en Mendoza o, tal vez, sólo en contadas oportunidades. Pues aunque el tour forma parte de una gira internacional, no todos los artistas consagrados ofrecen este tipo de conciertos, creyendo que la gente se conforma con su sola presencia, por lo que la puesta de Montaner se debe agradecer, por su grandeza y profesionalismo.

    Pero no todo fue música, también hubo tiempo para la charla y la emoción. En varios momentos, el artista se permitió hablar con sus seguidores, con quienes reflexionó sobre la importancia de los valores, de la familia y de Dios. También promocionó la venta de su libro, Lo que no digo cantando, cuya recaudación está destinada a los niños de su fundación, y se deleitó con la presencia de sus tres hijos en el escenario, quienes fueron ovacionado por los presentes, tras su brillante actuación. En breves palabras: Montaner llegó a Mendoza y dejó la vida.

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