Melbourne: la mejor ciudad del mundo para vivir
Koalas y canguros entre paisajes increíbles.
28/11/2017

Con 4.500.000 habitantes, Melbourne es la segunda metrópoli más grande de Australia (detrás de Sidney, su eterna rival) y fue la capital del país entre 1901 y 1927, cuando se la trasladó a la planificada Canberra.

En la bahía Port Phillip y en la desembocadura del río Yarra, Melbourne creció vertiginosamente en la segunda mitad del siglo XIX, a partir de la fiebre del oro que sedujo a inmigrantes de todas partes del mundo. En 1851 se descubrió el oro en la región y en solo un año Melbourne pasó de 77.000 a 340.000 habitantes, dejando de ser un pueblo perdido en el hemisferio Sur para convertirse en la “Londres de las antípodas”.

En 1835, Melbourne nació de la mano de John Batman, quien adquirió terrenos de los indígenas mediante un tratado ilegal en el que les estregó espejos, hachas, cuchillos y mantas, entre otras cosas. Poco faltó para que llamaran Batmania a la ciudad, pero ganó el nombre del primer ministro británico, Lord Melbourne.

Los primeros colonos fueron británicos e irlandeses y, como en 1788 se estableció una colonia penal enlas áreas vecinas de Nueva Gales del Sur, muchos australianos se divierten al averiguar si son descendientes de convictos o no, porque saben que en aquellos tiempos alcanzaba con un delito mínimo o un malentendido para ser deportado de Inglaterra.

Detrás del oro del siglo XIX y con las oleadas migratorias del XX, Melbourne adquirió su carácter cosmopolita, reflejado en los barrios: desde el extenso Chinatown hasta el bohemio Fitzroy, un polo gastronómico y de diseño con eje en la hipster Brunswick Street.

Además de bares y restaurantes griegos, italianos, japoneses, vietnamitas y tailandeses, la ciudad tiene grandes parques y es reconocida como la “capital cultural y deportiva de Australia”, ya que ofrece un calendario súper completo de eventos deportivos, culturales y artísticos.

Por ejemplo,aquí se celebran dos de las competencias más importantes del planeta: el Grand Prix de Fórmula 1 y el Australian Open (Abierto de Australia), el primer Grand Slam de tenis del año que se juega en enero.

La número uno en calidad de vida

Es famoso el monumento que conmemora el Movimiento de las Ocho Horas, iniciado en 1856: en lo alto ostenta un triple 8 que ayuda a comprender la filosofía de esta ciudad sin estrés porque el ideal de una jornada consiste en 8 horas de trabajo, 8 horas de ocio y 8 horas de descanso.

Detrás de la amabilidad de los habitantes y su ritmo peatonal -a lo sumo, de runners o ciclistas-, hay pilares que sostienen su calidad de vida, como el transporte, la salud, la educación, la seguridad, el desarrollo sostenible, los espacios verdes y los bajos índices de pobreza. Por séptimo año consecutivo, Melbourne fue elegida como “la mejor ciudad del mundo para vivir” por The Economist Intelligence Unit, en el Global Liveability Report 2017. Detrás, le siguen Viena (Austria) y Vancouver (Canadá).

“Trabajan para vivir, no viven para trabajar”, explica Martín, un guía de turismo argentino que vive en Melbourne desde hace 7 años.

Cuesta más superar el jet lag del vuelo desde Buenos Aires y las 14 horas de diferencia horaria que acostumbrarse a que la mayoría de los negocios baja la cortina entre las 18 y 19.30, y que a las 20.30 hay una última chance para pedir la cena en un restaurante. También se apaga el distrito financiero, cierran las tiendas de marcas caras de la avenida Collins y las centenarias galerías comerciales Royal Arcade y The Block Arcade.

La ciudad posee miles de encantos y es llamativo ver sus bebederos, las sillas y baños públicos, los cestos de basura con ceniceros en las calles. Es notable la ausencia de bocinas y gritos, y la gente que se pierde con felicidad en las callejuelas (en inglés, lanes), que siempre esconden bares y negocios de ropa usada o vinilos. Las callejones, imprevisibles como los mensajes y dibujos de sus muros, se esfuman entre las anchas y ordenadas arterias donde las carretas tiradas por bueyes transportaban mercancías en el siglo XIX.