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26 de octubre de 2009
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OPINIÓN

Medios, monopolios y ataques (por Carta Abierta Mendoza)

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Después de la sanción de la Ley 26.522 de Servicios de Comunicación Audiovisual, surgida y elaborada por el requerimiento y con la participación de múltiples sectores del pueblo argentino y aprobada por una amplia mayoría de votos en ambas cámaras del Congreso, los monopolios mediáticos y sus empleados continúan con la misma metodología previa a la sanción y promulgación.

Después de la sanción de la Ley 26.522 de Servicios de Comunicación Audiovisual, surgida y elaborada por el requerimiento y con la participación de múltiples sectores del pueblo argentino y aprobada por una amplia mayoría de votos en ambas cámaras del Congreso, los monopolios mediáticos y sus empleados continúan con la misma metodología previa a la sanción y promulgación. Utilizan toda su artillería para descalificar la ley sin referirse a la ley misma, atacan a las instituciones de la democracia y ocultan que esta normativa no sólo abre el abanico a múltiples oportunidades, sino que, además, garantiza que numerosos sectores puedan acceder a generar, intercambiar y recibir información, como así también a expresarse en forma democrática y plural.

Los multimedios hiperconcentrados, con una reacción histérica y desproporcionada –dado que se sienten dueños de la palabra y consideran a las mentes y al patrimonio de los argentinos como de su exclusiva propiedad– reiteran insistentemente sus cuestionamientos que, con una violencia e hipocresía inusitadas, van tomando distintos pretextos según las circunstancias y, en realidad, sólo responden a la premisa de que “lo que no favorece al poder concentrado y trata de limitarlo no es democrático”.

No importa que no haya existido previamente en la historia argentina otra ley de tratamiento más plural y participativo desde su surgimiento hasta su sanción que esta. Mienten, inventan, deforman la realidad en su objetivo de preservar privilegios obtenidos a través de una dictadura genocida y del neoliberalismo a ultranza del menemato y ponen de manifiesto una profunda contradicción cuando se autotitulan paladines de la democracia y de la libertad de expresión. No es posible ser democrático deslegitimando al Congreso como ámbito del debate y sanción de una ley que cumplió con todos los requisitos constitucionalmente establecidos. Lo que en realidad hacen es encubrir tras las banderas de “la defensa de la libertad de expresión” una ciega defensa de sus particulares intereses económicos.

Valga como botón de muestra la actitud corrosiva del periodismo deportivo y de los medios para con la selección nacional de fútbol y su DT (recordemos el respaldo de Diego Maradona a la nueva Ley de Medios Audiovisuales), lo que generó la acalorada reacción del técnico y todo su plantel, hartos de soportar descalificaciones y ofensas.

Asimismo, puede verse claramente reflejada la actitud corporativa (tan ajena a cualquier convicción democrática) demostrada frente a la publicación de parte del canal público de un video sobre acusaciones a Carlos Pagni, empleado de La Nación (material que circulaba con anterioridad en forma profusa a través de internet y las redes sociales). La desmesura con que se reacciona demuestra el alto grado de hipocresía con que se procede. Los medios concentrados monopólicamente pueden hacer uso y abuso de la fuente, grabar en forma encubierta, recortar, editar y publicar como lo ha hecho reiteradamente Telenoche investiga o Chiche Gelbung, pero “ellos” –los medios y sus hombres– no pueden ser objeto de investigación alguna.

Está claro que la lucha por la distribución de la información y la expresión en forma plural y sin discriminaciones no ha terminado con la sanción de la ley. El poder concentrado no está dispuesto a acatar las reglas de la democracia ni a democratizar esa fabulosa herramienta que constituyen los oligopolios mediáticos y cuyo dominio permite la construcción del poder político a su servicio para adueñarse de todo, incluso, de la identidad cultural y la conciencia del pueblo.

Es por eso que debemos tener claro que sólo la práctica política y social militante de todas las organizaciones populares puede desnudar y revertir ese discurso perverso. Sin embargo, esto sólo no basta: tenemos que construir nuestro propio proyecto, ocupando los espacios que esta nueva ley permite y que la militancia sea capaz de ganar.

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