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21 de mayo de 2020
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Opinión

¿Los más vivos, los más cancheros, son también los más inteligentes?

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Una mirada global y piadosa sobre la respuesta que ha tenido el Estado en torno a la pandemia resume que fue aceptable. Pero pudo haber sido mucho más inteligente y más efectiva desde lo económico.

Mientras avanza a paso sostenido y sin pausas la pandemia de coronavirus en Argentina, y cuando la Presidencia se prepara para extender por dos semanas el confinamiento obligatorio generalizado –aunque con diferentes grados de aplicación según la región geográfica y el alcance de la enfermedad–, un debate cada vez más fuerte e ideologizado crece en la sociedad y en la mayoría de los círculos políticos. Se trata del rol de Estado, con sus aciertos, sus debilidades, su escasez de recursos, sus deficiencias, su eficiencia y su falta de visión.

Consultado sobre la respuesta del Estado a nivel global por la irrupción de la pandemia, el politólogo Daniel Malamud dijo días atrás que lo importante y trascendente era analizar el rol del Estado desde la calidad más que desde la cantidad, porque, a su entender, la suma del Estado tiene diferente impacto según el país y, por supuesto, la idiosincrasia de sus sociedades y pueblos. “Más Estado en Alemania es mayor equidad; más Estado en Venezuela es menor libertad”, añadió en modo gráfico el intelectual.

Se ha extendido en términos más o menos aceptados por la mayoría que discute este asunto que el Estado argentino hizo lo que pudo hacer frente a la pandemia. Pero, desde ese “hizo lo que pudo hacer” del inicio a esta parte, cuando ya se llevan transitados más de dos meses y medio de incertidumbre y de cuarentena, la discusión ha ganado en emociones, pasiones y, claro está, de mucha cuestión ideológica. Las visiones extremas han reflejado, de un lado, que el Estado debería tomar por asalto, una vez que todo pase, las empresas que tuvieron que ser asistidas para que pudiesen pagar sus sueldos parcial o totalmente; del otro extremo se ha llegado a argumentar que lo mejor y más sensato hubiese sido dejar todo en manos de las conductas individuales de la ciudadanía, no cerrar ni frenar el país, haber dejado en pleno funcionamiento la economía sin reparar, siquiera, en la capacidad finita del sistema sanitario para atender los casos más graves. Por supuesto que lo más razonable fue ver y observar qué pasó en el resto del mundo para luego actuar. Porque si hubo un hecho positivo con el que contó a su favor el Estado argentino, resultó ser ese fenómeno de que el nuevo coronavirus se expandiera primero en otras latitudes para hacerse presente, ahora sí con fuerza, por la región.

Según datos que se hicieron públicos ayer, el recuento de fondos que se destinaron a los programas específicos que fueron creados por la pandemia en refuerzo de aquellos que ya existían da cuenta de una suma cercana a los 20.000 millones de dólares, que se consiguieron, básicamente, con emisión monetaria. A la vez, el propio Gobierno difundió que cerca de 89 por ciento de los hogares argentinos recibió algún tipo de asistencia directa por parte del Estado, que se corporizó en parte de los sueldos cobrados, en caso de los trabajadores en relación de dependencia; en los aportes patronales que debieron hacer la mayoría de las empresas; en los préstamos o subsidios recibidos por las pymes y, desde ya, en las sumas fijas recibidas por los jubilados y pensionados y en el famoso IFE, el ingreso familiar de emergencia que debe llegar a 8,2 millones de personas aunque todavía resta que lo cobren cerca de 2,5 millones.

Una mirada global y piadosa sobre la respuesta que ha tenido el Estado en torno a la pandemia resume que fue aceptable y, como se dijo más arriba, al final, fue el resultado de lo que se pudo. Pero pudo haber sido mucho más inteligente y, por qué no, más efectiva desde lo económico sin los recursos que pudieron tener otros estados poderosos del mundo. Por caso, como no pocos lo advirtieron, si en vez de ordenar una cuarentena tan cerrada y rígida que terminó paralizando la economía a un cero de movimiento absoluto y real en muchos sectores, el esfuerzo monetario que se ha hecho hubiese sido menor, tal vez; un esfuerzo monetario en emisión que se pagará en breve con más sufrimiento inflacionario, con más pobreza y más desempleo que el que ya se padece. El confinamiento total de los comienzos se debió, también hay que decirlo, a una realidad insoslayable de Argentina: sus profundas deficiencias en el sistema sanitario, de insumos y de la imposibilidad de hacer controles quirúrgicos, efectivos y selectivos en una cuarentena más flexible que la que se ordenó.

A todo esto, por supuesto que se le debe sumar la decrepitud en otros aspectos sustanciales, y por qué no esenciales, que afloró en medio de la pandemia: la burocracia, la ausencia de datos y de la calidad en los mismos, un sistema bancario de épocas antediluvianas, la debilidad de las nuevas tecnologías y de la digitalización del país, los problemas operativos para traer a los argentinos del exterior y para devolver a sus provincias de origen a los que quedaron diseminados en otras partes del interior país y, desde ya, un funcionamiento decrépito y peligroso de dos de los poderes del Estado fundamentales, como la Justicia y el Legislativo.

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