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1 de marzo de 2007
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PERSONAJES

Liz Taylor y una vida intensa

A los 75 años, la actriz está alejada del cine y avocada a su causa social.

    Su figura menuda esconde una personalidad fuerte, decidida, tenaz. Ha superado delicados problemas de salud desde que era muy joven y ha sido capaz de no sucumbir al fracaso de ocho matrimonios fallidos. Sus más de 50 películas, dos Oscar y una mirada de un azul intenso que traspasa la pantalla la han convertido en una estrella y un mito del cine.

    Acaba de celebrar el septuagésimo quinto aniversario de una vida muy bien aprovechada. Desde 1994, no ha participado en ningún proyecto cinematográfico: sus problemas de salud y su dedicación a la Asociación para la Investigación del Sida, que preside, la han mantenido alejada del celuloide.

    La actriz inglesa superó la etapa de niña prodigio y consiguió hacerse un lugar con papeles acordes a su edad, sin tener que pasar por una transición forzosa. Su desarrollo como intérprete vino marcado, paso a paso, por su desarrollo como persona. Al espectador no le costaba ver cómo la niña se transformaba en adolescente y, luego, en toda una mujer en la pantalla.

    No pasó por la maldición de otros compañeros, a quienes el público no les perdonó que crecieran. La guerra la trasladó de Europa a América y fueron los estudios de la Metro los que le ofrecieron su gran oportunidad en el cine cuando, con diez años, la contrataron para protagonizar Lassie. A esta siguieron algunas películas, hasta que llegó la popular Mujercitas, en la que ya se empezó a perfilar como una gran actriz.

    Poco después llegarían sus primeras candidaturas al Oscar, primero de la mano de su gran amigo Montgomery Cliff, con quien rodó en 1957 El árbol de la vida, recibiendo su primera nominación a un Oscar y, más tarde, con su trabajo en La gata sobre el tejado de zinc caliente, que protagonizó junto a Paul Newman.

    Pero tendría que esperar hasta 1960, con la película Una mujer marcada, para conseguir la preciada estatuilla. Sin embargo, al lograrlo no sintió la emoción esperada y, según comentó en una entrevista, si se le concedió un Oscar aquel año fue porque había estado a punto de morir.

    “Si querían recompensar mi trabajo de la época, debían haberlo hecho por Suddenly, last summer. Pero en ese filme yo era una mujer mala, por lo cual no me lo dieron”, comentó. Taylor es una adelantada a su tiempo en todas las facetas de la vida y la económica no fue menos. En 1963 rodó Cleopatra, por la que percibió un millón de dólares, la mayor cotización en el mundo del cine hasta entonces.

    CAMBIO DE RUMBO. Su última participación en el cine fue en Los Picapiedra (1994). En los últimos años se ha centrado en la lucha contra el sida, campaña que inició en la década de los ochenta e impulsó a raíz de la muerte de su gran amigo, el actor Rock Hudson, en octubre de 1985. Desde entonces, preside una asociación para reunir fondos.

    Por su contribución en su lucha contra el sida, Liz obtuvo diversos reconocimientos. Entre ellos, un premio de la Fundación Onassis, el Príncipe de Asturias de la Concordia y el Premio Humanitario Jean Hersholt.

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