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10 de julio de 2019
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La vuelta de los fantasmas destituyentes

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La intolerancia hacia una administración y el deseo para que termine más temprano que cuando tiene que ser, encierra una marcada propensión a no tenerle el mínimo de respeto a la república y al sistema de gobierno elegido por todos.

La muerte de Fernando de la Rúa reinstaló, al menos por unas horas, el no tan oculto fervor golpista y desestabilizador que anida en alguna parte de la población; esa parte o porción que, por suerte, dejó de ser mayoría en Argentina hace ya tiempo y que se lograra con el esfuerzo de todos desde que el país recuperara la democracia para siempre en diciembre de 1983.

De la Rúa murió ayer, martes 9 de julio, minutos después de las 7 de la mañana. Los diarios y portales digitales recordaron de inmediato las imágenes del helicóptero que sacaría a De la Rúa de la Casa Rosada, el día de su renuncia, en diciembre del 2001, a dos años de haber asumido una presidencia que se tornó en un calvario para los millones de argentinos que en 1999 lo habían elegido por el voto popular como una salida a los amargos y despreciables años que dejaba Carlos Menem, tras una década en el poder.

El fantasma del helicóptero reapareció, una vez más, desde los sectores opositores a la administración de Mauricio Macri. La misma administración que hoy tiene entre sus objetivos –al menos– llegar al fin de su mandato constitucional hacia fin de año. De lograrlo, como todo indica que ocurrirá, se transformará en la primera presidencia de origen no peronista en alcanzar esa meta desde 1928, cuando lo hiciera Marcelo T de Alvear, hace casi cien años.

El debate y ese reflorecer del sentimiento golpista de alguna parte de los argentinos se dio particularmente en las redes sociales; maravillosas herramientas que irrumpieron para democratizar la discusión pública sobre cualquier tema de interés general; que les dieron a millones de ciudadanos una voz que reclamaban para hacer sentir y oír sus pensamientos e ideas, pero que a la vez se han transformado en una cloaca abierta, al menos, en Argentina, para desatar y darle rienda suelta al costado intolerante y prepotente, como ese “enano fascista” que anida en lo más profundo de unos cuantos.

“¿Cuándo creés vos que se caen estos?”, me sorprendió un compañero de la redacción, del sector técnico, algunos días atrás cuando comentábamos los avatares y vaivenes cotidianos de la marcha de la economía. La pregunta resultó bienintencionada, aunque no parezca, al margen de que su visión y opinión del actual gobierno lo conduzcan a votarlo en contra en las próximas elecciones, con la esperanza de que llegue otro gobierno que saque al país adelante. Pero lo llamativo, y preocupante a la vez, quizás sea la naturalidad con la que ciertos grupos de personas, militantes políticos o no, convencidos o descreídos, fanáticos o indiferentes, evalúan en sus mentes una salida abrupta de un gobierno democrático, cualquiera sea.

Los especialistas, psicólogos sociales muchos de ellos, ensayan respuestas a ese fenómeno basadas en los traumas que nos ha dejado la historia, lamentablemente cíclica del país, que se ha sustentado en ajustes que, siendo necesarios para un momento y circunstancias determinados, se hicieron carne alimentando el desconcierto y la frustración permanente. En parte eso explica las andanadas golpistas que inundaron las redes y también ciertos medios de comunicación cuando el gobierno de Macri se incrustó, un año atrás, en la vorágine de la corrida cambiaria.

Pero también, hay que decirlo, la intolerancia hacia una administración y el deseo para que termine más temprano que cuando tiene que ser, encierra una marcada propensión a no tenerle el mínimo de respeto a la república y al sistema de gobierno elegido por todos. Y esa característica, más visible en tiempos de grietas y fracturas ideológicas, está inserta hasta el tuétano en muchos, y en especial en la dirigencia que, teniendo una enorme mayor responsabilidad que a quienes dirige y representa, se ocupa de capitalizar el fenómeno para desestabilizar y sacar provecho. Eso es parte de un resentimiento incurable, qué duda cabe, de los tantos que utilizan la democracia y sus reglas para acceder al poder para luego borrarlas de sus métodos y acciones.

La incapacidad manifiesta que demostró De la Rúa para manejar el país fue acompañada por el desatino de buena parte de sus opositores. Esa conjunción, terrible, de un piloto inconsciente junto a una tripulación alocada, terminó con el desastre conocido de aquella aventura: los 39 muertos producto de las bataholas callejeras, los cinco presidentes en una semana y la declaración de default. Demasiado como para no seguir insistiendo en la crítica y en la advertencia ante tanta asonada golpista que entusiasma a esos cuantos, cuando lo único que hay que esperar y respetar son las elecciones libres sometiéndonos todos a sus resultados. Nada más y nada menos.

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