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6 de noviembre de 2019
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Opinión

La transición estrena un nuevo capítulo: la batalla de los relatos

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La herencia recibida será lo que le permitirá ganar tiempo, desde lo político, a un gobierno de Fernández, que evitará cometer los mismos errores de Macri.

En breve, cuando Alberto Fernández se haga cargo del poder, a los argentinos se les ofrecerá ver, escuchar y leer con absoluta seguridad la visión del nuevo gobierno respecto de la situación del país heredada de la gestión de Mauricio Macri. Será el relato de la nueva gestión contra el relato del que se va.

A comienzos de semana, luego de la primera reunión de gabinete ampliada tras las elecciones generales del 27 de octubre en las que resultó derrotado, Macri ordenó a sus funcionarios elaborar un informe detallado sobre la situación económica y financiera del país y adelantarse a las críticas que le lloverán desde el 10 de diciembre en adelante. El documento pareció ser, además, el pago de una vieja deuda que se le reclamó a su gestión desde el arranque mismo, cuando evitó develar, en detalle, qué país recibía de Cristina Fernández de Kirchner.

Quizás, aquella decisión, elaborada en lo más recóndito, profundo e inexpugnable de su gobierno –un lugar al que sólo accedían Marcos Peña y no más de una o dos personas, entre las que aparecía de tanto en tanto el publicista Jaime Durán Barba–, fue, sin dudas, uno de los errores políticos más groseros que cometió un Macri que siempre gobernó convencido de que la grieta entre los argentinos sería su propia tabla de salvación para cuando llegara el momento de apostar por la reelección. Ese momento, evidenciado en todo un proceso que arrancó con las PASO del 11 de agosto y que culminó el 27 de octubre, le develó que no sólo la grieta no lo salvó –ni tampoco el hecho de haberle dado siempre una vida política más a su rival Cristina, hoy vicepresidenta electa– sino que la economía, por sobre todo, la inflación, el estancamiento, el dólar y la falta de confianza, en lo que fue emanando desde el Ejecutivo como respuesta a los problemas, terminaron por conducirlo a una derrota que, así y todo, puedo haber sido mucho más amplia de lo que fue en realidad.

El documento de comienzo de semana, el que ordenó Macri elaborar y del que se hizo cargo el cuestionado Peña, consta de ocho puntos y arranca aseverando: “A fin del 2019, el país está listo para crecer. Sin magia, sin mentira, sin ficción”. Tras leerlo, desde México, el electo Alberto Fernández reaccionó con un “tienen que parar con la mentira”.

Según el Gobierno, “es cierto que en el 2019 hay problemas. La inflación sigue alta y, a pesar de haber creado 1.250.000 puestos de trabajo en esta gestión (incluyendo formales, informales y autónomos), no fue suficiente, agregando como defensa de lo hecho que se logró “el equilibrio fiscal primario”, “una menor presión tributaria”, “un tipo de cambio competitivo”, “el aumento de las exportaciones” y la “exportación de energía”.

Sobre esos puntos básicos, el gobierno de Macri comenzará a construir la defensa de una administración que ha comenzado a ser historia ya, y que verá, sin duda, una andanada de cuestionamientos que le caerán encima desde diciembre en adelante y sin que se sepa aproximadamente cuánto durará.

La maldita herencia recibida será lo que le permitirá ganar tiempo, desde lo político, a un gobierno de Fernández, que evitará cometer los mismos errores de quien acaba de derrotar en las urnas. El primero será no construir su propio relato sobre la situación recibida desde el minuto inicial al frente del Gobierno, y el exponencial crecimiento de la deuda pública será uno de los principales objetivos que tendrá Fernández para socavar a una oposición que buscará, rápidamente, encontrar un espacio para reconvertirse y lograr competitividad.

Pero, lo que puede llegar a salvar a Fernández y permitirle la construcción de una base de credibilidad que se sustente en el tiempo, no será, precisamente, el ataque sostenido y permanente sobre lo que hoy encarna el macrismo. Ir por ese lado puede que lo conduzca, como a Macri, a cometer el mismo error político con el que prácticamente nació la administración que está llegando a su fin. Alimentar las diferencias ideológicas, como hicieron Macri y sus más leales funcionarios, resultó ser una respuesta que satisfizo a un reducido grupo de seguidores que fueron, en verdad, quienes mantuvieron viva la grieta y la mantienen aún. Es llamativa esa particularidad de Argentina: que unos pocos, a un lado y otro, influyan de la manera en que lo hacen y condicionen el ánimo general como lo terminan logrando. En parte, ese fenómeno, que no consiguió nada, fue promovido desde las estructuras más encumbradas del poder. Porque la inmensa mayoría de la sociedad, quién lo duda, parece estar más concentrada en todo aquello que pueda llegar a aportar algunas posibles vías de solución, o un principio, al menos, a ese festival de dramas con los que se convive.

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