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22 de junio de 2010
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LA SOLEDAD

Las personas que cuentan con temor sus años se preocupan por su futuro; piensan sobre su edad y sobre posibles indisposiciones de la vejez que les podrían aquejar.

   Las personas que cuentan con temor sus años se preocupan por su futuro; piensan sobre su edad y sobre posibles indisposiciones de la vejez que les podrían aquejar. Las personas que han alcanzado ya cierta edad, hablan a menudo del ser viejo. Quien se ocupa una y otra vez del hecho de ser viejo, cavila en muchas casos sobre su pasado, sobre situaciones y personas que, por ejemplo, le llenaron de cargas en su juventud y que en su opinión en cierta forma son responsables de lo difícil que ha sido su vida o bien de su situación actual.

   Más de uno que entra en esta crisis existencial hace culpable al “otro”: que este no le ofreció un hogar cuando él, que es el que se encuentra en crisis, siempre había buscado acogida y siempre se había aplicado por ello, queriendo siempre lo mejor para su familia. El amargado se queja, se lamenta y habla de los hijos, a los que él educó correctamente, para los que él ahorró para proporcionarles un buen comienzo en la vida.

   Él, que procuró el sustento de la familia y la mantuvo unida, se encuentra ahora solo y abandonado, pues los hijos van marchándose de casa para hacer su vida. La pareja, en el caso de que todavía la haya, tampoco pudo ni puede proporcionar lo que el ahora “solitario” ha intentando tener durante muchos años: seguridad, acogimiento y sensación de hogar. Evidentemente ha de suponerse que en este caso esta persona no tuvo ninguna meta en su juventud.

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