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12 de agosto de 2019
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La soberbia, un pecado que puede salir muy caro

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El macrismo reprodujo a la perfección los errores que cometió el kirchnerismo antes de las elecciones del 2015: se encerró en su círculo rojo y perdió contacto con la realidad. El rol de los aliados clave y el riesgo que Alfredo Cornejo asumió en Mendoza.

La diferencia parece contundente. El “estamos mal pero vamos bien” que propuso el Gobierno nacional desde que asumió en diciembre del 2015 generó niveles de hartazgo que ni la oposición había contemplado. Y que, ahora, deberá tener en cuenta si no quiere sufrir la misma experiencia. No se puede subestimar al electorado.

No hay relato que valga. Te premia o te castiga con el voto. Por lo general, predomina la segunda opción. Te vuelve a la realidad.

Algo de razón tenía Elisa Carrió cuando se quedó hablando sola en el búnker de Juntos por el Cambio. La derrota, estrepitosa, como se presentó en estas PASO para el oficialismo, sirve para entender que gobernar con soberbia es un mal camino; que, en algún momento, hay que volver a las bases y escuchar, consensuar, acordar y seguir adelante. De eso se trata la política: de una negociación permanente para establecer puntos fundacionales y planificar el futuro sin descuidar el presente. Porque las elecciones son cada dos años. Y la luna de miel no es eterna.

La paciencia es escasa. Se termina junto con el dinero y con el trabajo. Si no hay plata o se cierran las fuentes laborales, no hay promesa que valga. Cuando eso ocurre, la memoria es frágil y simplista. Busca algún momento de plenitud en el corto plazo y se refugia allí. Poco le importa la cuestión geopolítica o el funcionamiento de los mercados internacionales.

Eso lo debería haber sabido Mauricio Macri. Pasó casi cuatro años pidiendo esfuerzos. Y la devolución no llegó nunca. Esa falencia la supo interpretar a la perfección el kirchnerismo con Alberto Fernández, que como cara visible en un primer momento generó más dudas internas que externas.

El macrismo cayó en la tentación de los pecados capitales que hace cuatro años llevaron al kirchnerismo a la derrota. Se encerró en el famoso círculo rojo y jugó casi compulsivamente con los juegos perversos de estrategias de campaña. Con un error imperdonable: perdió la temperatura social. Dejó de escuchar, dejó de oír y se retroalimentó en un microclima incapaz de marcar que el rey se estaba quedando desnudo.

La nueva política que venía a ofrecer el macrismo se ahogó cuando el poder empezó a seducir a todas sus líneas. Sintieron que eran fuertes, invencibles y arrastraron a los que realmente quisieron cambiar la historia.

Esos errores de cálculo también llegaron a Mendoza. Alfredo Cornejo no necesitaba mostrar nada. Su gestión como gobernador ha sido positiva; a tal punto que fue revalidada en las últimas PASO provinciales, con un respaldo masivo a Rodolfo Suarez, el candidato que había sido elegido como sucesor.

Cornejo se autopercibió como un elector clave, capaz de pelear de igual a igual con la fórmula Fernández-Fernández, pero desde una diputación nacional, y darle a Macri una leve bocanada de oxígeno en medio de una crisis económica que él mismo viene cuestionando desde hace años.

No pudo. No le alcanzó para hacer ganar a Macri en Mendoza. Tampoco pudo hacerlo él. El corte de boleta no alcanzó para salvarse solo. Y quedó envuelto en un empate técnico con una ignota como Marisa Uceda, un nombre que apareció de las entrañas del kirchnerismo mendocino y que de un momento a otro pasó a jugar en las grandes ligas.

Quedará para Cornejo el consuelo de haberse mantenido en pie en medio del vendaval de votos que Alberto Fernández sacó en estas PASO. O de haber sido el dique que evitó una caída mayor del presidente por estas tierras. Pero sabe que haberse expuesto de tal modo fue darle el gusto al kirchnerismo local, ansioso por terminar de instalar la campaña para las elecciones provinciales del 29 de setiembre en medio de la discusión nacional. Ahora tendrá que hacer control del daño y esperar que la debacle que parece arreciar al macrismo no lo salpique.

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