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22 de noviembre de 2012
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Punto de vista

La propaganda detrás de la guerra

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<p><b>Por Jorge Hirschbrand. </b> Por lo general, en la crisis de Medio Oriente se opina o se toman posiciones sin saber -en muchos casos- d&oacute;nde se ubica esta regi&oacute;n. La propaganda tendenciosa.</p>

Saman Khoury, un viejo zorro en este tema, resume décadas de conflicto árabe-israelí con una sola frase: "Cometimos un pequeño error... histórico". El hombre se ha convertido en una referencia cuando se habla de negociaciones de paz, aunque sus ideas no tienen todavía el quórum necesario para imponerse.

"Nunca debimos renunciar a la idea de dos Estados para dos pueblos. Allí estuvo nuestro error. Lo hicimos porque nos dejamos convencer por nuestros primos, que nos decían que iban a apoyarnos para que todo el territorio fuera  nuestro", afirmó hace unos años en una rueda de prensa.

Khoury centra su trabajo en Jerusalén. Es palestino y nadie puede negarlo. No es un espía israelí ni es un personaje inventado. Existe y habla. De hecho, fue uno de los que pidió la mediación de Cristina Fernández de Kirchner para poner  fin a la guerra entre Israel y Hamás.

Desde hace tiempo está a cargo del Foro para la Paz y la Democracia. Ese es su objetivo; especialmente,  para Cisjordania y para la Franja de Gaza. Quiere gobiernos moderados, que entiendan de una vez por todas que no hay más  lugar para conflictos bélicos. Que Israel debe existir porque es un derecho legítimo y que los palestinos deben poner más atención en construir una nación soberana y dejar de lado la violencia.

Khoury habla de sus primos y se refiere básicamente a Jordania, Siria y Egipto, los países que buscaron destruir al Estado de Israel luego de su independencia en 1948. Y comprende que la mejor decisión hubiese sido aceptar la  resolución de la ONU, que un año antes establecía la división territorial para el establecimiento de dos países: uno para el pueblo judío y otro el pueblo musulmán en una geografía compartida desde siglos. En definitiva, ese fue el "pequeño" error.

A Saman nadie le contó cómo es el conflicto. Lo vivió y lo vive a diario. Quiere poner un punto final. No hace falta que vea videos armados por Hamás o las imágenes expiatorias del Gobierno israelí para explicar que lo suyo es sólo  responder un ataque previo. Sabe que de un lado y del otro la muerte huele igual de putrefacta cuando las armas aparecen.

Por lo general, la crisis de Oriente Medio es vista como una foto instantánea. Un momento determinado donde uno es el bueno y el otro es el malo. Un bando débil y un bando fuerte. No se hace una contextualización histórica o  geopolítica. Se informa tal cosa y allí termina el alcance de la noticia. Se simplifican décadas y siglos de pelea como si fuera una riña más. A partir de allí, se opina, se toman posiciones o se vocifera sin saber siquiera –en muchos  casos– cómo ubicar esta región del mundo en el mapa.

Israel y Palestina (dividida entre Gaza y Cisjordania) están en el paso obligado entre Oriente y Occidente.  Esa mezcla no es gratis, mucho menos para el Estado judío, que  tiene un sistema democrático occidental al lado de culturas muy  disímiles.

Es un país chico, tan chico como Palestina sumando sus dos territorios. Eso lo hace difícil de dimensionar a más de 12 mil kilómetros de distancia.

Es toda una experiencia cruzar Israel a pie en su sector más angosto. En el centro-norte, a la altura de la ciudad de Kfar Saba –que está plagada de argentinos y uruguayos– se puede ir del muro que separa a Israel de Cisjordania a las  playas del Mediterráneo en menos de dos horas. Son sólo 15 kilómetros. El muro es, según de qué lado se vea, un símbolo de opresión o una garantía de seguridad. Así se vive.

No muy lejos de allí está Tira, una ciudad árabe, con un mercado que gana intensidad todos los sábados. Quienes viven allí también son israelíes. No necesariamente hay que ser judío para tener esa nacionalidad. Para ser más exactos, se calcula que 20 por ciento de la población total de Israel es de origen árabe y profesan la religión musulmana. Viven, comercian y estudian en su país, y viajan al exterior con pasaporte israelí. Hablar con sus habitantes implica  desacreditar cuanta acusación exista de limpieza étnica. Lo mismo ocurre al caminar por el Mamila, un centro comercial de alto nivel pegado a la ciudad vieja de Jerusalén, a metros del Muro de los Lamentos, del Santo Sepulcro y de la  mezquita de Al-Aqsa.

A veces se miran feo, es cierto. Hay rasgos de desconfianza entre unos y otros, pero aprendieron a convivir. Y muchas veces caminan por las mismas veredas, como las del shuk (mercado) de la Ciudad Vieja, donde se pueden comprar  con la misma facilidad remeras del Ejército de Israel o unas estampadas con la cara de Yasser Arafat y el eslogan de "Free Palestine".

En el sur se puede visitar Sderot, la población más cercana a Gaza y la más castigada históricamente por los cohetes de Hamás o de la Jihad Islámica. Allí las paradas de colectivos están diseñadas de tal manera que sirven de  eventuales refugios antimisiles cuando se activa el sistema de alerta. Es una voz por autoparlantes que sólo advierte "Tzeba adom" (color rojo), y fue diseñado  luego de verificar los traumas que a los niños les causaba estar bajo la presión de las sirenas.

Del otro lado de la frontera no hay mucha diferencia en ese punto. En Gaza los niños también son víctimas. No importa si las incursiones de la Fuerza Aérea de Israel son para responder a un ataque inicial. Los niños sufren y mueren por igual. Con una agravante: viven en una pobreza galopante, causada por la ambición y la corrupción de Hamás en gastar el poco dinero que ingresa en armas para lograr su principal objetivo: desaparecer al Estado de Israel. A eso se agrega el bloqueo económico israelí, que busca impedir el ingreso de esas armas, lo que implica un retraso y una imposibilidad notable de desarrollo económico y social.

Por eso, en Gaza, el acceso a salud, seguridad y educación se complica más. Son, más que nunca, víctimas inocentes que, o mueren, o se acostumbran a la guerra y la toman como parte de la vida cotidiana. Muchos no comprenden el porqué de la respuesta israelí con bombardeos por mar, tierra y aire. Es gente normal, que hasta hace unos años trabajaba en ciudades israelíes y entendía que las fronteras pasaban por una cuestión política. Creen que, lejos de provocar  muertos, los cohetes lanzados por los grupos radicales son una suerte de pirotecnia más ruidosa que otra cosa.

"Es cierto: hay una guerra paralela, y es en el ámbito de la comunicación.  Somos un ejército, y como tal buscamos que no existan víctimas civiles. Tratamos de evitarlo de un montón de maneras. Pero las hay. Y cuando mueren niños, es como si le pasara algo a una de mis hijas. ¿Y de qué sirve decir que Hamás usó a niños como escudos humanos? Lo decimos, lo comunicamos, pero los niños están muertos", comenta Roni Kaplan, un militar israelí por elección y uruguayo de nacimiento. Está a cargo de ser la voz de las Fuerzas Armadas para Latinoamérica, justamente, una de las regiones del mundo que más convulsiona con este tipo de conflicto.

"Es importante lo que ocurre en Latinoamérica, sobre todo con los movimientos de izquierda. Se defiende a Hamás, que no tiene absolutamente nada que ver con la base ideológica de la izquierda en América latina. Podría decirse que desde Marx hasta el último socialista no tienen nada que ver con el ultraconservadurismo de Hamás. La  dictadura militar en la Franja de Gaza por parte de Hamás es más sangrienta que cualquier otra dictadura que haya tenido lugar en América latina. Eso indigna, porque es  propaganda pura. Y no se trata de antisemitismo. Pienso que tiene que ver más que nada con la relación con Estados Unidos. Es oponerse a Israel por ser un aliado estratégico de Estados Unidos. Pasa por ahí", analiza.

Kaplan, ya con un interés determinado, insiste en que si dejan de caer cohetes, dejarán de volar aviones. Y si bien no está autorizado para hablar de política, se nota que, al igual que Khoury, comparte la idea de "dos Estados para dos  pueblos".

Sin embargo, con Khoury es diferente. Lo importante en su caso es desde dónde plantea el debate; qué posición y qué palabras adopta para  referirse al conflicto. Lo hace él y lo hacía, por ejemplo, Qadoura Mousa, gobernador de la ciudad palestina de Jenin, que murió este año. Hablan –o hablaban– de hechos, fechas y datos concretos. No hay propaganda, porque la propaganda es tendenciosa. Y saben que, en Oriente Medio, despierta igual o más odio que la guerra. 

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