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22 de mayo de 2020
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Opinión

La pandemia, la gesta épica y el drama

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María Bernardita Clement estudia enología y fue a trabajar la temporada a una bodega de Nueva Zelanda.

Las historias de los argentinos por el mundo sin poder regresar al país se multiplican

Desde Alemania y Bangkok; desde Andorra, Australia, Dinamarca, Emiratos Árabes y Colombia; desde Canadá, India, Miami, Estocolmo y Cancún; desde Italia, Japón y México, las historias de los argentinos por el mundo sin poder regresar al país se multiplican y se colman de un sinnúmero de emociones y anécdotas variadas, de todo calibre y especie.

El último recuento de los compatriotas en el exterior indica que se encuentran diseminados por 32 países. Sometidos a la pandemia y a la sangría constante de recursos, esperan día tras día el llamado o el mensaje de WhatsApp esperanzador de la Cancillería, anunciándoles que su nombre está inscripto en el listado de personas que tienen un lugar asegurado en el próximo vuelo de Aerolíneas o de las pocas privadas a las que la Cancillería les ha permitido volar hacia el país.

Algunos se fueron de turistas durante el 2019 en busca de la realización y cristalización de un sueño alimentado por la literatura fantástica con la que se encontraron en la adolescencia; otros, por un trabajo prometedor; hubo aquellos a los que el espíritu aventurero terminó por dominarlos y fue así que salieron dejando detrás a sus seres más amados o los que obtuvieron una beca y salieron por estudio, un intercambio o por puro placer, nomás. Cuando el infierno pandémico empezó por el mundo, con él también arrancó el vía crucis de cada uno, con sus particularidades, pero sí hubo algo que han compartido, al punto de la estigmatización, el “haber traído el virus al país”.

Entre tantas historias por el mundo está la de María Bernardita Clement, una estudiante de cuarto año de la carrera de Enología de la Facultad Don Bosco de Rodeo del Medio, de aquí, de Mendoza. Bernardita está en Nueva Zelanda, desde comienzo de año y, claro, sin poder regresar. Su madre, Marcela Sosa Escalada, hace algunos días se preguntó en una carta: “¿Es tan loco pensar que un avión pueda traer a casa a nuestros hijos e hijas, madres, hermanos, hermanas, maridos o esposas que necesitan volver y dejar de ser ‘invisibles’?”.

“Cuando era chica –cuenta Marcela, la mamá de Bernardita, en ese escrito que elaboró con la única idea de sensibilizar a los funcionarios y que se le permita a su hija retornar– creía que era maravilloso ser invisible. Jugaba por horas a imaginar un mundo curioso donde la gente no me veía. Cuando crecí, aprendí que eso no era posible. Hoy tengo 56 años y la vida me enseña que sí podemos ser invisibles, y que ya no es parte de un juego, sino, más bien, una pesadilla”.

Marcela escribe que su hija, “como cualquier chico o chica que estudia Enología, tiene la opción de ir a trabajar y hacer vendimia en cualquier bodega del mundo que los acepte. Esto les permite a los estudiantes adquirir conocimientos muy valiosos y, además, vivir una experiencia relevante para sus antecedentes laborales y su futuro desarrollo profesional. Así fue como ella, el año pasado, trabajó durante la vendimia en Bodega Rutini (en nuestra provincia). Para este año se propuso una gran meta: trabajar en la vendimia de otro país. Buscó durante meses y meses, envió muchas cartas, realizó muchos trámites, participó en muchas entrevistas y, al fin, en octubre de 2019, la contrataron de una bodega muy importante de Nueva Zelanda. Era un contrato laboral desde febrero a mayo de 2020. Debía volver a Mendoza en los primeros días de este mes para continuar con sus estudios universitarios.

La pandemia llegó. Luego vino todo lo que ya se imaginan: pasaje cancelado, falta de respuestas, incertidumbre, etcétera. Desde hace dos meses, Bernardita está tratando de volver a casa sin éxito. Su pasaje fue cancelado hasta el mes de setiembre y no hay nadie que la ampare. Hoy se convirtió en uno de esos miles de argentinos viviendo este infierno. El infierno de un mundo que arde con ellos, lejos de sus casas; el infierno de no saber cuándo podrán estar cerca de sus seres queridos; el infierno de que la plata no va a alcanzar; el infierno de sentirse desprotegidos, el infierno de sentirse solos; el infierno de sentir que los argentinos no podemos hacer que nuestros compatriotas vuelvan a nuestra casa; el infierno de sentir que su propio país los ha olvidado, porque en su país, lo único que les dicen es: ‘Tengan paciencia’. Los han olvidado porque les comunican que actualicen sus seguros de salud como puedan, sin siquiera preguntar si tienen esa posibilidad. Los han olvidado porque no les ofrecen techo ni comida ni nada. Los han olvidado porque, aunque parezca impensable, siguen pagando un impuesto del 30 por ciento en todos sus gatos.

Mi hija tiene epilepsia y actualmente se encuentra en tratamiento farmacológico, lo cual le permite hacer una vida normal. Pero, obviamente, requiere estudios, controles y medicación. Esta es la historia de mi hija, pero, además de Bernardita, hay más de 300 argentinos varados en Nueva Zelanda. Es injusto que el Gobierno argentino no piense en ellos, no los ayude, los haya convertido en personas ‘invisibles’”.

Mientras, la Cancillería argentina, al retomar los vuelos de repatriación, anunciaba a mediados de semana que llegarían al país en los próximos días alrededor de 4.000 argentinos varados. Y ayer, en su cuenta de Twitter, informaba que volvían 826 argentinos desde Tailandia, India, Malasia, Indonesia, Singapur, Japón, Corea del Sur, Kuwait, Qatar, Kenia, Arabia Saudí, Australia y Etiopía. Y, junto con el anuncio, la repartición conducida por Felipe Solá agregaba, con tono épico y de gesta única: “un operativo sin precedentes, en medio de las dificultades logísticas y sanitarias del Covid-19”.

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