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10 de octubre de 2006
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Análisis

La oposición no sale del letargo

Las limitaciones de los líderes opositores son muy bien aprovechadas por el presidente Kirchner. Algunos arzobispos son los que llevan la voz cantante de las críticas al Gobierno.

       El duelo entre la Iglesia y el Gobierno ocupó, en la semana que pasó, las primeras planas de los medios argentinos: la oposición prácticamente no aportó nada al debate, que justamente se generó por su responsabilidad, o más bien por su irresponsabilidad: el seguir escondida debajo de la alfombra o el haber optado por recibir cómodamente los favores del oficialismo está causando más riesgos a la democracia que cualquier otro factor de poder. Cada vez se acerca más el momento en que lo que queda de los partidos políticos opositores debe tomar una decisión institucional frente a la sociedad: es una instancia crucial. A un año de las elecciones presidenciales, el panorama político se tensa y se enrarece cada vez más.


      Cuando un grupo importante de radicales decidió pasarse a la vereda del oficialismo, que en definitiva es el partido justicialista con un estilo diferente, pero peronista al fin, lo que hizo fue desertar de sus responsabilidades republicanas. El presidente Kirchner celebra esa deserción, la degusta, la goza, porque le sirve para acumular más poder, su meta central. Pero, ¿los radicales K se habrán detenido a pensar, en algún momento, si sus bases aprobaban ese enlace insólito, tan extraño como el que la UCeDé consumó con el menemismo? Al parecer, no. Sólo tomaron la decisión en una reunión entre dirigentes, dando un ejemplo de lo que más rechaza la sociedad de su dirigencia: la digitalización de la política, la toma de decisiones ignorando el pensamiento de los afiliados o adherentes.


      Al fin y al cabo, los políticos viven de la gente, apelan a ella para conseguir su voto y, en consecuencia, disfrutan de una porción de la torta del poder, pero lo hacen desdeñando sus sentimientos. El sector del radicalismo que intenta mantenerse fiel a su papel opositor, optó, vaya paradoja, por impulsar a un candidato a presidente que también sale de las filas del peronismo: Roberto Lavagna. Con tan poca suerte lo ha hecho que el potencial candidato prefiere lucirse en los foros internacionales, mostrar su mejor cara, la del hábil político y técnico que logró enmendar los desastres económicos de los últimos tiempos, y como la "alternativa superadora" del kirchnerismo. Pero no se juega mucho más.


     Es como si Lavagna no quisiera pisar con sus zapatos inmaculados el barro del proselitismo, desdeñando él también de otro factor fundamental de la democracia: el encuentro con la gente, el debate ante la sociedad, el intercambio con los potenciales electores. Desde el ARI, a Elisa Carrió la pudo desermás la indignación por saberse cuestionada por sus pares que su responsabilidad por seguir sosteniendo a un sector de la sociedad que tenía una fe fuerte en su persona. Ella también desertó, al abandonar la conducción de su partido,y optó, casi en un suicidio político, por convertirse más en opinóloga que en conductora de almas hacia luchas por obtener espacios en el juego de la democracia.


        Desde la centroderecha, Mauricio Macri y Ricardo López Murphy parecen algo más entusiastas en su búsqueda de territorios, pero también se detienen en las discusiones domésticas y en los devaneos sobre a quién ofrecerán alianzas para engrosar un sector que, por ahora, es demasiado pequeño como para aspirar a obtener algún puesto de significación en un año. El socialismo, siguiendo su tradicional predilección por la fragmentación, también se debate más en sus propias y enmarañadas internas que en enfrentar al poder que hoy gobierna.


       Mientras tanto, alarman cada vez más las actitudes hegemónicas de Kirchner, su discurso intolerante, crispado, generador de divisiones y despertador de viejos conflictos. Está convencido que ese tono es el que mejor cae a los argentinos, y es probable que así sea, porque las encuestas lo siguen mostrando en la cima de las preferencias políticas. Sin embargo, hay una porción silenciosa de ciudadanos que seguramente debe experimentar preocupación por el clima de tensión y de división que se propone desde el poder y que la oposición no hace nada por desalentar. 

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