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2 de enero de 2007
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análisis

La muerte de Sadam es sinónimo de guerra

El ahorcamiento del ex tirano iraquí es interpretado por analistas árabes como el paso previo a una guerra civil en Irak. La historia de luchas fratricidas que llevan décadas.

     El entierro, el domingo, del ex presidente iraquí Sadam Husein cierra un capítulo de la historia de Irak conocido en mentideros árabes como “la república del terror” y parece abrir las puertas a la definitiva fractura sectaria del país. El tirano fue ahorcado en la madrugada del sábado y se convirtió así en el segundo presidente de Irak ejecutado en los últimos cincuenta años, tras Abdel Qarim Kasem, fusilado tras el juicio sumarísimo que siguió al golpe de Estado de 1958 y en el que participó el propio Sadam. Chiíes y kurdos, ahora en el poder en Irak tras casi un cuarto de siglo bajo el yugo del déspota, comparten la opinión de que ha sido el peor tirano de la historia de Irak y acusan a su régimen baazista suní de innumerables represalias, masacres, crímenes y genocidios.

    En su recuerdo están, grabadas a fuego, la cruenta e inútil guerra con Irán (1980-1988), la matanza de kurdos con gas en Anfal, la invasión de Kuwait (1991) y la brutal represión de la revuelta chií, un año después. Pero también le temían, y temían que un largo proceso o una condena a prisión de por vida no anulara su amenaza, y por eso tenían prisa por ejecutarlo, urgencia que compartían con algunos países occidentales y varios líderes árabes temerosos de que, por boca de un dictador que una vez fue amigo, se desprendieran comprometidos secretos.

    “La ejecución marca el final del terror, la era más espantosa de la historia de Irak e incluso de la historia de Oriente Medio, donde la población iraquí ha vivido paralizada por el pánico durante tres décadas”, asegura Yawd Sad, alto responsable de la Asamblea Suprema de la Revolución Islámica Iraquí (ASRII), en el poder en Irak. Sin embargo, no todos los chiíes comparten esta visión arraigada en la Chía iraquí. Para algunos, como el reputado analista chií asentado en Damasco Fadel al- Rubai, la ejecución de Sadam cierra definitivamente el camino a la reconciliación de los iraquíes, atrapados en una cruenta guerra civil desde la caída del dictador en el 2003.

    “Este horrible crimen, cometido en el primer día de la fiesta musulmana del sacrificio, acaba con las esperanzas de reconciliación y abre un nuevo capítulo en Irak, que estará dominado por el enfrentamiento fratricida”, agrega. Las tres comunidades que coexisten en las tierras de la antigua Mesopotamia –chiíes, suníes y kurdos– mantienen desde hace decenios una difícil convivencia, marcada por innumerables episodios de luchas étnicas. Desde que en 1958 el Partido Socialista del Renacimiento Árabe Baaz se hiciera con el poder, los suníes, aunque minoritarios, han dominado el país. Tras la ascensión a la presidencia de Sadam Husein en 1979, esa división se agudizó.

     Pero el dictador fue capaz de mantener la unidad del país gracias, sobre todo, a una cruel política de terror y acoso a los opositores. En 1991 sofocó, a sangre y fuego, ante la mirada atónita del mundo, la revuelta kurda y chií que siguió a la guerra del Golfo, emprendida por EEUU para expulsar a las tropas iraquíes del emirato de Kuwait. En los tres años posteriores a la caída del dictador, Irak ha emprendido un camino cuyo fin parece ser la división del país en tres federaciones: una chií en el sur y Bagdad, una kurda en el norte y una suní en el resto del territorio. Los kurdos, que suponen seis por ciento de la población, gozan de una semiautonomía desde que, en 1961, su región quedara enmarcada en la zona de exclusión aérea impuesta por la ONU.

    Los chiíes, que suponen 55 por ciento de los habitantes de Irak, aspiran a una independencia similar, pero plena, que les permita ser dueños y gestores de la riqueza petrolera del sur, objetivo al que se oponen los suníes. “En este sentido, la ejecución de Sadam en este crítico momento es un grave e imperdonable error”, asegura Abdel Bari Atwan, director del diario árabe internacional Al Quds al-Arabi.

    Las primeras declaraciones de los responsables suníes, aún con la imagen del dictador colgado en la retina, parecen otorgarle la razón y dejar poco espacio a la esperanza. Según Salim Abdala, portavoz del Frente del Consenso, principal grupo suní del actual Irak, la ejecución del ex presidente “ha introducido al país en un túnel oscuro”. “Y será imposible salir de él mientras el gobierno del actual primer ministro, Nuri al-Maliki, no adopte medidas como la de desarmar a las milicias” chiíes que se han hecho con el control del país e impuesto un nuevo terror. Y es que, muchos suníes comparten la opinión de la Asociación de Clérigos Musulmanes, principal grupo religioso suní de Irak, que cree que tras el ajusticiamiento hay “ambiciones personales y malicia”, en un país donde todavía está muy presente la regla del “ojo por ojo, diente por diente”.

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