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16 de septiembre de 2009
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FÚTBOL

La mística que faltaba

Le dimos café porque, pobrecito, no podía estar de pie. Un poco antes, el Goyo le había mojado la nuca con agua fría mientras dos más lo sostenían de los brazos

    Le dimos café porque, pobrecito, no podía estar de pie. Un poco antes, el Goyo le había mojado la nuca con agua fría mientras dos más lo sostenían de los brazos. La cabeza le colgaba en la bañadera y parecía muerto. Y bueno, nos habían pedido mística y tratamos entre todos de dejarnos de joder, qué sé yo... ser más compañeros, no tan profesionales, sobre todo en las concentraciones. Pero, entre semana, el Dante se agarró un pedo que se notaba a una cuadra y si el técnico se enteraba, nos desafectaba a varios sin media explicación. En eso no hay joda que valga.

    Mi papá me cantó la justa la semana anterior. –¿Sabés qué les pasa a ustedes? Ustedes no son un equipo fuera de la cancha–, me dijo serio, largando el humo de la segunda pitada detrás de sus inigualables lentes verdes culo de botella. Mi viejo es sabio y está medio loco. Habla poco, pero sus enseñanzas tarde o temprano me golpean la puerta. Me relató que cuando él jugaba, el grupo se fortalecía en las concentraciones. Se armaban unos trucos de cagarse, con cinco o seis mesas. Cebaban mate, se hacían sus propios asados en el club, para ver por la tele cuando jugaba la Selección.

    –Nunca nadie le llanteó la mina a nadie. Ese era un equipo–, lanzó seguro. Se ve que las épocas han cambiado un tanto. Nosotros nos la pasamos hablando por celular en las concentraciones, cada uno con su computadora en las habitaciones y me he dado cuenta de que las veces que nos reímos todos juntos es para burlarnos de alguien por alguna pavada en el entrenamiento. Después somos casi desconocidos, cada grupito por su lado hasta el entrenamiento siguiente.

    Los otros días vi al Andrés cómo se hizo el pelotudo cuando se bajó del avión y un pibe le alcanzó su bracito con la camiseta y un fibrón. –¿Me firmás?–, le pidió el chiquilín a nuestro supuesto crack y este agrandado detestable lo miró casi como para insultarlo. Yo, que venía detrás, le hice la firma bien grande. “Con cariño, para Facundo. Tu amigo, Diego Ferraro”, le puse. Me saqué una foto y le regalé una gorra del club que tenía en el bolso. Se puso a llorar. Uno a veces no se da cuenta la dimensión que tiene el fútbol, y eso de que te vean casi todas las semanas en la tele. Y eso que llevo dos años en el club nada más.

    Pero, como contaba recién, entre varios hablamos y buscamos la mística. Llevábamos diez días en la pretemporada y nos dolían hasta los ojos. Pero llegó la jornada de la tarde libre y, después de la cena, nos juntamos varios en la 340, una de las habitaciones más grandes. En vez de hacer un campeonato de play station, empezamos a tomar en la tapita de un whisky que había llegado por contrabando. Joda va, joda viene y el Dante perdió la cuenta de las tapitas. En un momento, vi que se empinó del pico del White Horse. Nos reíamos tanto que no nos dimos cuenta de que este se mamó plenamente y, cuando se lo quisimos arrebatar de las manos, ya era demasiado tarde.

    Yo creo que el Dante es uno de los tipos más habilidosos que he visto en la cancha, hace años que lo conozco y sé que cuando está inspirado, la rompe. Le pega de zurda en los tiros libres como si fuera un penal. Es adentro seguro. Pero el Dante es suplente de nuestra figurita, el Andrés, y por ahora, el técnico prefiere jugar sin enganche. En el amistoso de la semana pasada, perdíamos 2 a 0 con Alvarado de Mar del Plata. Entró el Dante y ganamos 4 a 2. Lo conozco como si fuese mi hermano y sé de sus tristezas. Como compartimos la pieza, los otros días antes de dormirnos me dijo que estaba encamotado con una mina, que le gusta enserio y cuando se la quiso atracar sin demasiadas vueltas, la piba lo paró en seco.

    –Vos no estás a mi nivel, yo estudio en una facultad y vos jugás al fútbol–, lo fulminó. Me contó que era una rubia demasiado linda, aunque levemente estúpida, por algunos detalles que agregó. –Mirá, Dante, las mujeres son extrañas a veces. Uno generalmente se enamora de la mina que nunca te va a dar bola. Y cuando está puesta, está puesta–, le dije, como una vez me lo dijeron a mí cuando sufría por una morocha de ensueño.

    Por eso, el Dante se puso en pedo, casi por despecho. Eran las doce de la noche y ya había vomitado hasta el apellido. No estaba pálido, estaba verde. Después de mojarlo y de darle el café bien cargado, quedó sentado en una de las camas grandes y todos los demás, unos diez del equipo, lo miramos atentos y con algo de compasión. Y así, con lo pibe que es y tendido desde la cama, dijo sin rodeos algo que le puso muchísima mística a los que estábamos allí. –Yo, los banco a tooos ustede. Mañana voy a juguear y la vo a rompé. Vo, Marcelo, tenés que tirearte mos a la deriiiicha. Vos Javier, vosss sos un comilón, pasaaassala herrrrrrmmmana. El fúlllbe es toque toque, tuqui-tuqui. Como Huracán del Ángela. A nosotros nos está passsendo como la Selección, no jugamos a nade porque ¿qué sumos? ¿Qué sumos putos, resspundanmé? –Un equipo, Dante, un equipo de fútbol–, dijo sorprendido el Goyo.

    –Esssssoooss es. Un equipo de vagosss que juegammoss al fulbo. Y nuuus está pasando comoa laa Sellecciión. Somos todos figuras, somo tos geniales. Pero no nos la podemos dar redonda nunca. Yo al Diegggaaa lo banco a morir. Siempre me cuentan eso de que jugó con el tobillo hecho un melón en el 90. Yo reccciiien había naciiio. Mañana me tienen que barrrnnncar, a la maññuna. Tienen que hablarrrr con el médiico y decirle que me comé unos chiiiicolates a escondidas. Si el puto del técnico se entera de esto, caggggammos todos. Y yo no juegga nunca más. Así que denme la maññuna nomás para recuperarme y a la tarrde ya estoy joya. Joya. Si me cubren en estesss, juro por mi vieja, que se murió cuando yo erra chiquitito, que clavo los dos tirosss libres que tenga. Lo juro–, y se quedó dormido, así sentado, después de delirar un rato más con la baba que le caía para el costado. Le pusimos unos pañuelos mojados en la frente.

    La jodita terminó a las dos de la mañana. –Doctor, el Dante está descompuesto, no va a poder entrenar ahora a la mañana. Está encerrado en el baño, hay un olor tremendo en la 340, dice que se morfó dos chocolates enteros. Pero que lo banque, que a la tarde está listo. El doctor no era gil y guiñó el ojo. –Tomá, dale esto. Decile que esta tarde baje a entrenar, si no, cagamos todos. Que se lave los dientes cada media hora. A la tarde el Dante estaba como nuevo. Entre nosotros nos miramos y este ni hablaba. –¿Y se te pasó la cagadera?–, le preguntó el buchón que nunca falta en un equipo. Y el Dante, vivo, retrucó riéndose.

    –Los chocolates me pueden hermano. Pero ya está, ya largué todo el mal. Ahora estoy listo para jugar. Ojalá que me pongan, hoy, no sé, siento que somos más equipo. A la tarde, me acordé de mi papá. El Andrés piso la pelota y se esguinzó el tobillo. El Dante se sacó la pechera de los suplentes y jugó la segunda media hora con nosotros. Tres tiros libres metió.

    –Che, pará, dejame este tirito a mí–, dijo en el primero. La acomodó, se hizo para atrás con las manos en la cintura. Le metió una comba tal que la pelota pasó a media altura por al lado de la barrera, pegó en el palo y entró. ¡Mi Dios... golazo! Después embocó dos más, para reafirmar su promesa y la teoría de que todo borracho dice la verdad. Ahora hasta nos comparan con La Máquina y hablamos entre todos que el que no se para a firmar autógrafos es un cagón. Faltan tres partidos y con un punto más somos campeones. La mística, la mística que nos faltaba, como me dijo mi papá, como nos dijo el Dante.

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