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25 de mayo de 2020
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Editorial

La angustia y la foto del reencuentro

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El riesgo de querer imponer qué sentimientos debe sentir la sociedad. Mendoza y la imagen de un paisaje que modificó la cuarentena.

En cuestiones de salud, el humor y el estado de ánimo son clave. No es casualidad que existan terapias basadas en estos dos tópicos que, obviamente, acompañan al resto de las prácticas médicas. Tiene que ver con estar con las defensas altas, con predisponerse de otra manera para enfrentar un mundo que no para de tirar golpes de nocaut. E, incluso así, hay resistencia. En la provincia, en el país y en el mundo.

La imposición de la cuarentena estuvo basada en consejos científicos que, más allá de que siempre pueden tener errores, hasta ahora han dado buenos resultados. O, al menos, le dieron tiempo al sistema sanitario para prepararse para poder dar respuesta cuando la demanda de pacientes crezca de manera acelerada.

Esos primeros días mostraron diferentes rasgos del aislamiento social, preventivo y obligatorio. La épica del sacrificio de los trabajadores de la salud; la tecnología como recursos para mantenerse comunicado; las tareas escolares de los chicos; el parte diario de contagios; las rutinas de ejercicios en los livings; la masa madre, las fotos de panes caseros y medialunas, y la indignación contra los que osaban salir de casa sin estar exceptuados ni autorizados. Denuncias por aquí y por allá. Desubicados que eran capaces de poner en riesgo a todos. Era así. Continúa siendo así. La responsabilidad de cada uno y la solidaridad para cuidar al otro es la clave contra el coronavirus.

Fueron las dos semanas iniciales. No más. Después, comenzaron la angustia y la incertidumbre. Es lógico que pase. Lo anormal es la falta de empatía para comprender que no todos viven en mansiones, que no todos cobran sueldos fastuosos para matar el tiempo comprando por internet y que gran parte de la población perdió la capacidad de imaginar el futuro. Esa incertidumbre, esa angustia, es natural. Intentar acallar ese sentimiento e imponer un mensaje único es un riesgo muy alto en una sociedad democrática.

El refugio seguro ante estas situaciones suele encontrarse en los afectos. Estar cerca, aun con las medidas de prevención y distanciamiento, hace bien. Este fin de semana, a pesar de la cuarentena, de la pandemia y de la crisis económica que se agudiza un poco más todos los días, Mendoza tuvo otra cara. Volvió a sonreír a través de su gente. Lo expresó en las calles, en las veredas, en las redes sociales. Gente que, más allá de todo lo malo que pueda estar pasando, pudo tener su foto del reencuentro. Y eso, por supuesto, hace bien.

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