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13 de febrero de 2020
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Opinión

La deuda, su crisis y los que se aprovechan de todo

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El mundo, que sigue el caso argentino con renovado estupor, no deja de asombrarse sobre el comportamiento de un país que ha tenido conductas erráticas y disparatadas, depositándolo en la galería de los menos confiables y creíbles.

La deuda externa del país suele dividir, como sucede desde tiempo con la famosa grieta ideológica, a los argentinos. Están aquellos que sostienen y defienden una posición que suele resultar marcadamente nacionalista cuando afirma que quien le ha prestado al país es el primer responsable de esa situación que se da cuando el Estado ingresa en una de esas tantas crisis de cesación de pagos o de un default virtual. Quien se encolumna con esta idea, argumenta que cuando el acreedor prestó debió haber tenido en cuenta o, al menos, analizado y advertido que le prestaría a un país que al final del camino tendría problemas para devolver el dinero por múltiples razones, entre ellas, una de las más difundidas es el nivel de intereses astronómicos que siempre les han aplicado a los préstamos. Quien se referencia en este punto de vista frente a la crisis de la deuda suele animar las manifestaciones contra el FMI, contra los propios acreedores, muchas veces pedir a gritos cerrar las puertas del país al mundo entero para vivir con lo puesto y con lo nuestro y echar culpas encendidas al mundo entero por no dejar crecer ni desarrollarse a un país que está llamado a ser potencia mundial, un estatus al que no accede nunca producto del imperialismo económico que se lo impide.

Hay otra manera de ver esta marcada tendencia argentina hacia el endeudamiento crónico que, a su vez, ha hecho famoso al país en el mundo entero como una suerte de “deudor serial”: el problema que tiene esta forma y manera de ver y analizar el caso argentino es su rechazo mayoritario; una posición que no “garpa” políticamente y que es fuertemente condenada cuando la exaltación en torno al fenómeno gana las calles y, claramente, también se impone en las urnas: a la Argentina generalmente le han prestado plata y, muy pocas veces en esa larga historia de desencuentros con los mercados que ha sufrido, ha contado con la conducta de devolver lo recibido de acuerdo con lo comprometido y firmado.

Así como buena parte de los fondos de inversión que se han mostrado dispuestos a brindarle un salvataje financiero a la Argentina, de la noche a la mañana pasaron de ser honorables a buitres, el país ha tenido conductas erráticas, disparatadas, inentendibles para muchos, depositándolo en la galería de los menos confiables y más poco creíbles del mundo entero.

Un reciente informe de la agencia española Efe, de fines de enero de este año, determinó que cada argentino debería pagar casi 7 mil dólares para que el país –“la segunda economía suramericana”, recalca en ese despacho– se terminara desprendiendo del lastre de la pesada deuda externa. Una nación, agrega la agencia, que bien se ha ganado el mote de “deudor serial en casi dos siglos tomando préstamos frecuentemente impagables”.

En el mundo se sigue el caso argentino con renovado estupor y es el mismo mundo que no deja de asombrarse sobre el comportamiento de los gobiernos y de parte de la sociedad. Por caso, ayer mismo, mientras el Parlamento recibía al ministro Martín Guzmán para escuchar la estrategia oficial frente a los primeros fracasos de los intentos de renegociación de la deuda, la misión oficial del FMI que ha llegado al país para sentarse a discutir con la propia administración algunas de las salidas posibles, era rechazada enérgicamente en las calles por una manifestación de organizaciones políticas cercanas al gobierno de Alberto Fernández, protegiéndolo del propio FMI.

“La historia de la deuda externa de Argentina, que hasta un museo propio tiene en Buenos Aires, comienza a inscribirse en 1824, apenas unos años después de la declaración de la Independencia, cuando el país solicitó a la banca inglesa Baring Brothers un empréstito por 700 mil libras esterlinas”, recuerda la agencia española.

Agrega: “Tan sólo tres años después entró en cesación de pagos y tardó treinta años en regularizar los pagos, el primero de cuatro episodios severos de ‘default’, el último de ellos en el 2001, a los que se suman otros cuatro más leves”.

Luego de hacer un repaso de lo ocurrido con la deuda argentina hacia fines del siglo XIX, con hincapié en el episodio de la quiebra del Banco Constructor de La Plata durante la presidencia de Miguel Juárez Celman (1886-1890), que provocó que durante cuatro años Argentina dejara de pagar los préstamos, el informe se concentra en la dictadura de 1976 a 1983, definiendo el crecimiento de la deuda como la “verdadera bola de nieve” que comenzó a engordar por aquel tiempo.

Lo último sobre el endeudamiento está recabado y registrado por el Centro de Investigación y Formación de la Central de Trabajadores Argentinos, que rescata el propio despacho de la agencia informativa: “El endeudamiento creció a un ritmo de 10.306 millones de dólares anuales durante la dictadura, de 3.738 millones entre 1990 y 2001, de 921 millones durante los gobiernos kirchneristas y de 32.500 millones durante los primeros tres años de gestión de Mauricio Macri. De acuerdo con datos de la Secretaría de Finanzas, la deuda bruta era de 240 mil millones de dólares a finales del 2015 y de 311 mil millones de dólares en setiembre del 2019, el último dato disponible”.

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