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3 de enero de 2007
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análisis

La Bolivia compleja que cruje para cambiar

En esta columna, Gabriel Conte explica por qué se ve al gobierno de Evo Morales en peligro. Las transformaciones estructurales generan el malestar de los sectores conservadores y de la oligarquía.

     Es imposible negar la legitimidad política y social del gobierno de Evo Morales. Lo sabemos desde afuera de Bolivia y lo saben los líderes de la derecha de ese país. Es, tal vez, por ello que ahora se aglutinan y se escudan en las propuestas que buscan la escisión y autonomía de las regiones. No les queda alternativa para existir y continuar con vida propia en un país cuyo presidente obtuvo más de 53 por ciento de los votos, pero que es consecuencia de un proceso social que no registra precedentes. Es que en Bolivia hay un indígena al frente del gobierno en el Palacio del Quemado.

    No hace mucho tiempo, lideraba sectores campesinos vinculados al cultivo de coca. El mismo que fue expulsado del Congreso por los sectores más conservadores, y el mismo que supo reunir a diferentes corrientes en su instrumento político para la soberanía de los pueblos. Fue Iván Canelas quien mejor lo expresó en su reciente visita a Mendoza.

    Este periodista y diputado del MAS boliviano sostiene que “la realidad de Bolivia es compleja y profunda, y es por ello que Evo Morales no va a transar: sus reformas serán estructurales y no cosméticas, por eso ha luchado toda su vida”. A la distancia, es más fácil ver una nación en crisis, con movilizaciones, protestas y con la paz interna en peligro, que un proceso de reformas profundas en un país cuyo Gobierno reconoce una raíz multicultural y que, por respeto a los múltiples pueblos originarios y al resto de la población, ha encarado acciones y políticas que están fuera del libreto estándar de los gobiernos anteriores, escritos a miles de kilómetros de distancia por sectores económicos interesados en apropiarse de las decisiones presentes y futuras del país.

   La convocatoria a la reforma constitucional y el debate de los temas de fondo son el escenario de una discusión que, desde los sectores que se oponen a que Bolivia cambie, se toma a los gritos y con propuestas sectarias y simplistas. En ese escenario, el llamado al diálogo producido por el vicepresidente Álvaro García Linera quiere ser mostrado como un gesto de debilidad más que como lo que es: una nueva invitación a que Bolivia sea Bolivia, con sus propias identidades, aportando a un nuevo esquema continental que, por estos tiempos, apuesta a la construcción de una Latinoamérica con personalidad política y social propia en el contexto mundial.

   El intelectual de poncho y corbata que es García Linera contrasta con el aborigen Morales. Pero en un país de contrastes fuertes en todos los sentidos, el que protagonizan presidente y vice manifiesta la claridad conceptual del proceso encarado por quienes construyeron el proceso social y político que hoy gobierna y en donde la “indigenización de la izquierda” –de la que hablan Pablo Stefanoni y Hervé do Alto en su libro La revolución de Evo Morales– dejó de lado a la izquierda tradicional en la que, como al líder cocalero gusta mencionar, “los blancos eran los arquitectos y los indios los albañiles”. Hay que mirar hacia Bolivia, pero no por la misma ventana por la que los intereses económicos miran: la del conflicto, de la escisión interna, la del quiebre de la paz.

    Hay que mirar por la ventana que muestra cómo se hace realidad el lema que motiva a los bolivianos: Ama sua, ama lluya, ama quea (No robar, no mentir, no ser flojo). Y por la que muestra que, a pesar de las resistencias, se avanza en transformaciones de fondo, desde la misma Constitución política del estado hasta poniendo en la mesa las dificultades y diferencias lógicas de una “nación de naciones” que requiere de múltiples miradas para no caer en análisis simplistas y voluntariosos, cuando no mal intencionados.

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