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9 de septiembre de 2019
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La batalla por la Gobernación: ¿cuándo asumirán riesgos?

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La inflación marcha al tope de los problemas irresueltos de Argentina.

Quien logre mostrar un discurso efectivo y confiable sobre esos problemas que se acumulan en la mochila de los ciudadanos es posible que saque un plus que puede llegar a inclinar la balanza a su favor.

¿Proponer en la campaña hablar sólo de lo que ocurre en la provincia, límites adentro o enfocarse casi con exclusividad en ese clima y ola nacional de hastío con el oficialismo macrista, son buenas estrategias en verdad para ganar una elección?

El candidato de Cambia Mendoza, Rodolfo Suarez, y su principal sostén, el gobernador Alfredo Cornejo, decidieron hace tiempo que en la campaña hacia la Gobernación, que está en juego, no hay que desviarse un ápice de lo que ocurre en la provincia. Que la única y verdadera carta ganadora es aquella que representa las transformaciones y reformas que le imprimió al Estado la administración de Cornejo y garantizar la continuidad de lo hecho, sumándole un plan efectivo para lograr en un tiempo más o menos perentorio la creación de empleo, que es lo que brilla por su ausencia y es lo que se reclama a gritos en medio de una economía quieta, insuficiente, deprimida y, desde ya, que no logra producir la riqueza que se demanda.

El peronismo, con su candidata Anabel Fernández Sagasti, ha puesto gran parte de su energía en intentar convencer al electorado de que con Alberto Fernández –el favorito a quedarse con las presidenciales de octubre– Mendoza no sólo estará mejor, sino que comenzará a reencontrarse con todo aquello que perdió con el paso del tiempo y de las constantes crisis: la confiabilidad y todas aquellas virtudes de las que era poseedora para crear un buen clima de negocios, de crecimiento y desarrollo, buenos recuerdos que comparte, claro está, una sociedad profundamente deprimida.

La pregunta de si con eso sólo alcanza para ganar, extendida para ambos protagonistas entre los que se resolverá la historia institucional de los próximos años de Mendoza, puede que tenga una respuesta positiva para quienes han elaborado las estrategias. Con lo que, cuando el 29 de setiembre a última hora de ese día se conozca quién ganó en definitiva, se muestre más que satisfecho.

Pero, en el camino hacia el momento del desenlace, bien cabe hacer algunos apuntes de lo que está faltando en ambas propuestas. Se trata de las posiciones claras de ambos en torno a las grandes preocupaciones de los argentinos. Quien logre mostrar un discurso efectivo y confiable sobre esos problemas que se acumulan en la mochila de los ciudadanos es posible que saque un plus que puede llegar a inclinar la balanza a su favor.

Días atrás, la consultora D’Alessio Irol-Berenztein, al publicar el resultado de su habitual Monitor del Humor Social y Político del país, confirmó en qué están concentrados los argentinos y cuáles son sus principales preocupaciones. Allí se señala que la inflación marcha al tope de los problemas irresueltos de Argentina. Le siguen la incertidumbre económica; la inseguridad; el no ver propuestas para el desarrollo económico; los actos de corrupción sin castigo; la corrupción del gobierno anterior; las dificultades para pagar los créditos asumidos y los resúmenes de las tarjetas a fin de mes; la incertidumbre sobre quién será el candidato que se termine imponiendo en definitiva en la Presidencia en octubre; el temor a perder el empleo y los subsidios que se destinan a quien no lo merece.

En ese cóctel de preocupaciones hay de todo, y hasta puede llamar la atención y a la sorpresa que el temor a perder el empleo figure entre las últimas de las prioridades a resolver o esa cierta incertidumbre que todavía pueden tener algunos respecto de cómo se resolverá la elección nacional.

Pero, Mendoza, aunque muchos lo deseen fervientemente, no es un mojón perdido en el desierto. La campaña de los candidatos no sólo debería transitar por un solo andarivel, y tanto Suarez como Fernández Sagasti, en algún momento, de aquí al 29 de setiembre, estarán obligados a mostrar un poco más de lo que manda ese guion que cada uno intenta cumplir sin errores y casi de memoria. Las particularidades de la provincia, en concreto, deben ser atendidas en medio de un contexto nacional y regional que siempre la afectó y que nunca resultó inocuo o neutro.

Todo indica que los problemas que se acarrean no se resolverán con voluntarismos y alguna que otra promesa vaga y más o menos efectiva. Los años por venir van a demandar mucha formación, conocimiento y capacitación de quien gobierne tanto al país como a la provincia.

Y si ponemos el foco en la provincia, quien comande sus destinos deberá tener en cuenta que muchas de las cosas que siempre se han dejado de lado –por ser de incumbencia de la administración nacional– requerirán, quizás, alguna vía de escape local: medidas a la mendocina para buena parte de todo aquello que ningún Gobierno nacional ha podido resolver de forma definitiva.

Quizás es hora de indagar en la Constitución para modificar lo que hoy significan trabas para el posible despegue de la provincia: un plan a medida para generar empleo con acuerdos que incluyan a empresarios y trabajadores; estudiar la posible modificación de ciertos dogmas que acompañan a los mendocinos como taras a lo largo de su historia; en fin, un giro o un viraje hacia direcciones inexploradas por temor, por conservadurismo o porque en algún momento se creyeron innecesarias.

Quizás haya llegado la hora de los golpes fuertes, de esos que marcan la vida de una sociedad que hoy sólo vive de glorias pasadas.

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