access_time 18:04
|
4 de noviembre de 2006
|
|

Jugar con fuego

El cisma del partido gobernante ha lanzado a la UCR a un escenario desconocido. La dirigencia ha ido tan lejos que tiene dificultades para explicar adónde va. Las rarezas de una provincia y de un país que, con todo o casi todo, se esmeran por vivir sobre el abismo y con la amenaza de perder lo que han conseguido

    El viaje que decidió emprender Julio Cobos desde un año atrás para unirse a las fuerzas de Néstor Kirchner, en donde lo esperan con la promesa de nombrarlo parte del generalato del reino de los pingüinos, resultó ser una decisión tan estremecedora que ha terminado con el radicalismo provincial tal como se lo conocía hasta ahora.No hay registro de lo que viene, porque ni siquiera algo parecido ha experimentado la historia reciente del tradicional partido.

    Este viraje de Cobos, ya fuese por identificación ideológica y política sobre lo que hay que hacer en la Argentina de las pos crisis de comienzos de siglo o ya fuese por efecto de lo que algunos en la oposición han comenzado a llamar “el clientelismo institucional”, implementado por el presidente al “comprar” funcionarios con la billetera del Tesoro Nacional, pone en riesgo y discusión el futuro del partido, más que el de un grupo de dirigentes que hoy se enfrentan esencialmente por espacios de poder y protagonismo.

    El sainete legal que protagonizan quienes defienden la legalidad de la intervención del partido, que ellos mismos impulsaron, y quienes la rechazan no es más que el moño del grotesco en el que se ha convertido el escenario político mendocino: radicales divididos en dos facciones irreconciliables, sin detallar los matices de cada una de ellas, los que las vuelven imprevisibles; un peronismo que navega huérfano, sin identidad ni referentes, en un mar infesto y un Partido Demócrata que hace todos los esfuerzos posibles para evitar que eche raíces la renovación y donde hasta algunos de sus dirigentes evalúan aliarse por lo bajo con dirigentes de otros partidos con el único fin de boicotear las intenciones reeleccionistas de uno de sus intendentes.

    Patético. ¿Por qué sucede lo que sucede? Porque hay algo por qué pelear. En el fondo, hay que interpretar que el país vive un momento extraordinario para encarar, de una vez por todas, un camino que lo saque de los vaivenes en los que se ha movido a lo largo de tantas generaciones. Luego de la debacle de esa patraña que resultó ser la Alianza, que desgobernó al país a comienzos de siglo sumiéndolo en la más profunda de las crisis que se recuerde, el desánimo, la degradación de la política y el “que se vayan todos” espantaron muchas ambiciones.

    Hoy han vuelto, gracias a una coyuntura excepcional y a la audacia de un Kirchner –hay que decirlo– que tres años atrás tomó las riendas de un caballo desbocado, que se dirigía sin más hacia el precipicio. Sin embargo, el haber tomado el control de ese caballo y cambiado su rumbo hacia lugares infinitamente más auspiciosos no le otorgan el mínimo derecho de querer conducirlo, ahora, hacia un régimen hegemónico, unicolor, totalitario, prebendario y clientelista.

    Argentina tiene estas cosas. Rarezas que son la delicia de pensadores, investigadores y analistas de otras partes del mundo que observan este fenómeno. Algo de esto describió con asombro una intelectual mendocina que acaba de llegar de un congreso en Europa: “No tenemos una buena imagen en Europa, aunque somos una especie de rara avis, que no entra en ninguna de las categorías conocidas, porque nadie comprende por qué no terminamos de acertar el camino o de destruirnos de una vez por todas”.

    Es más, trajo la novedad, que ha circulado en algunos ámbitos, de que ya hay algún trabajo científico presentado sobre esta particular característica de nuestro país. Un país que crece a niveles cercanos a los que ostentan los milagrosos países asiáticos, pero que cuenta con la mitad de su población por debajo de la línea de pobreza y en donde, mucho más allá de eso, se negocia con la pobreza; un país en donde su población cuenta con un nivel intelectual de los más altos del planeta, pero, vaya a saber uno por qué cuestión extraña, permite a un gobierno extraer recursos, los que deberían estar en el presupuesto para usarlos discrecionalmente, sin control, en manos de funcionarios con superpoderes.

    Un país con tales características es, sin dudas, un país para el asombro, como para generar estupor en el más pintado. La pelea en el radicalismo mendocino, en el mejor de los casos, se está dando por llevar al partido hacia aquel país de las locuras kirchneristas de la mano de Cobos o ubicarlo en las antípodas de ese proyecto, aunque esto último implique posibles derrotas en las urnas porque los vientos electorales corren en otra dirección.

    La pelea parece presentarse en esos términos. Pero, como todo, los objetivos a veces se confunden con la desmedida ambición personalísima de sus protagonistas. Cobos tiene problemas para explicar por qué se empeña en conducir a su partido en la dirección en la que pretende llevarlo. No alcanza con decir que apoya las medidas y acciones de Kirchner que le parecen bien, las que habían sido las grandes deudas de la Alianza.

    Sus rivales internos, con algo de razón, advierten que la concertación que pretende el presidente no está tomada del modelo chileno, en la cual los partidos de la concertación trasandina mantienen su identidad e independencia. Si se dejan arrastrar, terminarán licuados, piensan. En Mendoza, Cobos ha pretendido hacer valer su liderazgo como lo hace Kirchner en la Nación: le dice sí a la concertación, pero sin compartir poder y le pide al peronismo apoyo para su gobierno sin condiciones, como él lo hace con el de Kirchner.

    En efecto, un sector del peronismo dispuesto a acordar todo con el gobierno, ya sean cuestiones programáticas y electorales más adelante, analizaba este fin de semana pedir un encuentro formal con Cobos para darle su apoyo ante los embates del iglesismo y de la conducción nacional del radicalismo. Hubo, incluso, un contacto entre Enrique Thomas y el ministro de Gobierno, Sergio Marinelli.

    El funcionario de Cobos agradeció el gesto, pero le pidió esperar que se disipe la batalla por la intervención del partido, envuelta en un confuso campo de interpretaciones y chicanas legales. Hay otra explicación, Cobos resiste la intervención del partido, ratifica el acto de mañana que, de un congreso partidario, pasó a convertirse en una manifestación de fuerza y trata de desgastar a Roberto Iglesias y los suyos y salir, así, de un momento de debilidad que evidencia y que le llega, como le llegó a Kirchner luego de la debacle electoral de Rovira en Misiones.

    Si en medio de esta batalla acepta el apoyo que, pícaramente, le ofrece una parte del peronismo, sería reconocer haber sentido los golpes que le asestó Iglesias y el resto del radicalismo R (radicales-radicales). La dirigencia ha ido tan lejos que un abismo la separa de la mayoría de la ciudadanía.Muchos de sus integrantes están en un proceso sin retorno. Todo está en discusión: los partidos políticos, la forma de hacer política, las prioridades, el uso de los recursos públicos, las instituciones. Los argentinos hablamos con y por el bolsillo; pero los dirigentes, de los que se presume que van un metro más adelante porque para eso fueron elegidos, deben hacer ver que la bonanza de los bolsillos de muchos se garantiza en el tiempo con instituciones sanas y creíbles.

SEGUÍ LEYENDO:

Diario El Sol Mendoza. Domicilio: La Rioja 987, M5500 Mendoza. Argentina. Director Periodístico: Jorge Hirschbrand. © Copyright Cuyo Servycom SA 2020. Todos los derechos reservados.