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23 de octubre de 2009
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Insultos

Tenemos que aprender a tratarnos bien, che. No puede ser que insultemos livianamente, extensamente, por cosas que se pueden decir igual sin herir sensibilidades.

Tenemos que aprender a tratarnos bien, che. No puede ser que insultemos livianamente, extensamente, por cosas que se pueden decir igual sin herir sensibilidades. En el tránsito, por ejemplo. Cualquiera sabe que manejar en Mendoza es un albur, que seguramente alguna frenada a fondo, alguna maniobra brusca va a tener que hacer. Entonces, la culpa, invariablemente, irremediablemente es del otro. El otro es el que maneja mal, nunca uno. Yo jamás escuché decir: “Hace dos días choqué, pero yo metí la pata, el irresponsable fui yo”. Jamás. Entonces insultamos, pero todos insultamos, incluso aquellos que están formados para cuidar la estética de sus decires.


     Yo he escuchado a jueces, maestras argentinas, profesores de literatura y hasta curas dirigirse insultativamente a sus prójimos con frases que tienen que ver con la vida licenciosa de su señora madre, que dormita con hombres que no son sus maridos y recibe un peculio por ello. O referirse a las partes genitales y / o reproductoras de la mujer que es hija de su propia madre o a las mismas partes de la hembra del loro. Al parecer, los argentinos estamos contagiados por esta forma de tratarnos bastarda, soez, altamente agresiva.


     Tal vez fue el Diego el que nos sumergió de golpe en esta forma de expresarnos cuando después del partido contra Uruguay dijo: ¡Ay, no! ¡No me animo! Sé que lo dijo él y no yo, pero no me animo. Pues bien, las palabras del Diego recorrieron el mundo entero y muchos las tomaron con indignación y otros con grandes risotadas. Como sea, sus decires instalaron la moda belicosa en nuestro país. Antes de ayer nomás, el tan afamado Francisco de Narváez, el que ganó las últimas elecciones en Buenos Aires, ese hombre humilde del conurbano bonaerense que vive de los planes sociales, dijo que la gente le agradece por haberle roto el poto a los pingüinos. Bueno, en realidad, no dijo poto, porque De Narváez no es mendocino, ¡gracias a Dios! Dijo la otra palabra, la guasa, la chancha, y la dijo sueltito de cuerpo y de lengua.


     Después reconoció que había sido un exabrupto. ¿Qué nos pasa, argentinos? ¿Es que estamos iniciando la época de la putiandería a destajo?¿Qué le vamos a decir a los niños que dicen malas palabras, que eso sólo lo pueden decir los grandes? Un poquito de moderación, che, ahora lo único que falta es que Cristina diga que hay que tener ovarios para gobernar como ella lo hace. Lo único que falta

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