Incompetencia del Estado
30/11/2017

Ser funcionario o empleado público tiene un denominador común: vocación de servicio. Implica tener ganas de usar las herramientas del Estado para mejorar la calidad de vida y buscar el bienestar general. Se trata de tomar decisiones, arriesgar y entender que no puede haber absolutamente nada librado a la casualidad. Cuando eso no ocurre, cuando  sólo se trata de una salida laboral sin asumir las responsabilidades para esos roles, ocurren tragedias. ¿Es una manera de ser corrupto? Definitivamente, sí. El Estado está lleno de personal técnico de alta jerarquía. En los tres poderes. Suelen ser anónimos y están marginados de la toma de decisiones. Es recurso humano desaprovechado. Son los que siguen aportando desde lo vocacional y sin aspiraciones políticas. Pero también están los que transan con tal de tener algún cargo de importancia. Poco les importa cuáles son las consecuencias cada vez que no hacen su trabajo. De esos también está lleno. En los tres poderes. Son vagos e incompetentes, delincuentes en potencia que gozan de la impunidad que les da ser empleados públicos. Nadie los persigue nunca. Están, sobre todo, en las segundas, terceras y cuartas líneas. Quienes los pusieron ahí tampoco se hacen cargo y la Justicia los persigue con tibieza. Entonces, otra criatura muere por culpa de ellos. Otra nena asesinada. De Luciana Rodríguez a Catherina Cardoso. Otro caso en el que había antecedentes para prevenir. Nadie hizo nada. Primero las mató la incompetencia estatal, y, después, el asesino. Porque cuando pudieron hacer algo para protegerlas, cuidarlas y sacarlas del riesgo al que estaban expuestas, decidieron tirarse a descansar.