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3 de noviembre de 2009
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RIVADAVIA

Heladero devolvió 20.000 pesos que le quiso dar una niña

Luis Tapia restituyó una billetera que una pequeña le entregó para pagarle dos helados. Como recompensa, le harán una dentadura nueva.

    Luis Tapia –El Chauchón– (43) y Gustavo Doña (45) no se conocían hasta el jueves 22 de octubre. Esa tarde, Luis recorría en bicicleta las calles de Rivadavia tratando de vender helados. La travesura de una niña posibilitó que el heladero se transformara, sin buscarlo, en un héroe solidario, y el padre de la niña, en un agradecido que le regalará a Luis un bien muy preciado.
LA TRAVESURA. Paula Doña (4) le había pedido a su padre, un conocido odontólogo, que le comprara dos helados, uno para ella y otro para su hermanito (2). El profesional se negó porque la niña había estado con tos el día anterior. No conforme, la pequeña, aprovechando que su padre estaba arreglando una puerta en el fondo de la casa, corrió al comedor y tomó de arriba de una estufa la billetera paterna, que contenía casi veinte mil pesos de una venta de vinos que Doña había concretado ese día. Mientras trajinaba las calles de Rivadavia, Luis escuchó que detrás del portón de una casa, una niña lo llamaba y le pedía dos helados.
    A través de una ranura, él se los entregó, y Paulita, a cambio, le dio la billetera. Grande fue la sorpresa del heladero cuando vio la cantidad de dinero que asomaba desde la pequeña cartera. Comenzó a tocar insistentemente el timbre de la casa pero nadie atendió. Entonces, el honrado vendedor callejero sólo retiró cinco pesos y devolvió el resto a la niña. Paula corrió hacia su padre con los helados en una mano y, en la otra, la billetera y todo el dinero suelto. Gustavo Doña casi se desmaya del susto, pero al contar el dinero corroboró que no faltaba nada, pero lo que no pudo saber en ese momento era quién había sido el heladero decente que no se había aprovechado de la ingenuidad de su hija. Al día siguiente, de noche, el odontólogo caminaba por el centro de Rivadavia cuando fue interceptado por Luis. El heladero le dijo: “Doctor, yo le devolví toda la plata a su hija, no me quedé con nada”. El médico lo abrazó y le respondió: “Ya lo sé, te lo agradezco, no sabía que habías sido vos”.
EL PERSONAJE. Luis Tapia ya era popular en Rivadavia, porque perdió tempranamente a sus padres y desde pequeño fue lustrabotas. Vive en el barrio San Isidro de esa localidad esteña. Está en pareja y tiene un hijo de una relación anterior. Tres veces a la semana, por la mañana, Luis viaja a San Martín, donde trabaja en una empresa de gas envasado. Por las tardes vende helados en Rivadavia. El Chauchón llora como un niño cuando relata: “Mi vida fue muy dura, mis padres me enseñaron a no quedarme con nada que no fuera mío, seguro que deben estar orgullosos de mí”. Los vecinos de Rivadavia saben que Luis no miente y acuerdan con él cuando dice: “Si esto me volviera a pasar, haría lo mismo”. Por su parte, Gustavo Doña, ahora más aliviado, reconoce: “Mi hija es terrible, esto podría haber terminado de la peor forma, pero afortunadamente sólo fue una travesura”.
LA RECOMPENSA. Luis no pidió nada a cambio de su noble gesto. Pero el odontólogo se aseguró de agradecérselo. Al observar que al heladero le faltaban varias piezas dentales, se comprometió a hacerle una dentadura nueva. Ya le realizó extracciones y le tomó las medidas para hacerle los postizos. En pocos días, Luis Tapia, El Chauchón, podrá exhibir una sonrisa ancha y feliz como reconocimiento de a su decencia.

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