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21 de septiembre de 2009
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OPINIÓN

Hasta la próxima (por Luis Tarullo, DYN)

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El capítulo laboral argentino está atravesando un complicado momento, mellado por cuestiones económicas y políticas.

El capítulo laboral argentino está atravesando un complicado momento, mellado por cuestiones económicas y políticas.

Las cifras de los distintos rubros ya no son tan halagüeñas como en un tiempo no muy lejano, cuando aún se disfrutaban las mieles de la reactivación posterior a la crisis del 2001.

Por ejemplo, se ha registrado caída de la actividad industrial, aumento del desempleo y el trabajo en negro, suba notoria del nivel de quiebra de empresas y personas físicas y continuidad del incremento de los precios, con su consecuente impacto en los salarios.

Y en medio de este panorama hay crecientes disputas políticas, exacerbadas en los últimos tiempos por cuestiones como la polémica ley de medios impulsada por el Gobierno.

Entonces, las ideas y los esfuerzos se van por otros canales y se desvía la atención de un tema fundamental como el trabajo.

En esos entuertos políticos, la CGT está involucrada desde hace rato como uno de los principales protagonistas.

Las internas de la central sindical siguen al rojo vivo, con su titular, Hugo Moyano lanzado a toda velocidad como acompañante del oficialismo y los “gordos”, y los “independientes”, como siempre, enojados con el camionero, consagrado monarca de las decisiones unilaterales.

Por eso, lo que semanas atrás pareció ser un renovado romance entre el mandamás cegetista y sus críticos fue simplemente un “touch and go” más típico de la farándula o de impulsivos y acalorados adolescentes que de veteranos dirigentes que deberían asumir con absoluta seriedad su responsabilidad en los destinos de un país y de sus representados.

Habrá quienes digan que son los vaivenes de la política, pero nadie ignora que la situación del país dista de ser la ideal, como para pasarse la vida en medio de internas interminables, en las que los intereses personales y sectoriales siguen ganándole terreno a los colectivos.

Así, Moyano sigue emperrado en avanzar en la arena política y lanzó una corriente –que, en realidad, es una remake de su MTA creado en las postrimerías del siglo pasado para enfrentar a Carlos Menem– desde la cual pretende afirmarse, en principio, en la provincia de Buenos Aires.

En paralelo, representantes de los “gordos” estuvieron con Eduardo Duhalde, quien sigue apareciendo como tejedor del entramado antikirchnerista, mientras un duhaldista “puro”, el ruralista Gerónimo Venegas, también lanzó su propia agrupación.

 Por el lado del sindicalismo alternativo no hay mayores novedades, ya que la CTA, más allá de su apoyo y participación en conflictos focalizados, también emerge como víctima de la inercia de la política doméstica.

Y parece que aún sufre la secuela de haber sido marginada de los papeles estelares por un Gobierno que la mimó en su alborada pero la lanzó pronto a las sombras, para aliarse con quienes inicialmente había, prácticamente, repudiado.

Pero hay algo más. El Consejo Económico y Social, en cuya eventual agenda el trabajo debería tener una ubicación privilegiada, sigue hasta ahora en la nada. Allí también hay cuitas internas, pero ya no sólo entre los sindicalistas, sino también en el ámbito empresarial.

Si no pueden superarse las diferencias, al punto que no es posible siquiera elegir a los representantes de uno y otro sector, menos se podrá tener esperanza en un acuerdo amplio, generoso y ambicioso en procura de una nación desarrollada.

Los encuentros realizados hasta ahora, en nombre de ese instituto, fueron sólo formales y parciales y no hubo avances que merezcan tener demasiado espacio. Después del anuncio inaugural, lo demás, prácticamente, fueron noticias de un virtual fracaso.

Ojalá que esta situación se revierta, pero visto y considerando el panorama político actual, habrá que seguir esperando para que algún día la dirigencia argentina dé a luz el tan necesario pacto social verdadero, que trascienda la coyuntura y, por ende, las conveniencias sectoriales individuales.

Por ahora, entonces, los grandes objetivos, como el acuerdo social, no tienen bienvenidas, sino un “hasta la próxima”, que en estos tiempos es tan incierto como frustrante.

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