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15 de septiembre de 2020
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Opinión

Hacia una educación de calidad y para todos: meta difundida y no alcanzada

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La provincia se apresta a discutir una nueva ley que actualice el sistema ante los nuevos desafíos pedagógicos, sociales y tecnológicos.

¿La nueva ley que está en estudio mejorará los métodos que se utilizan para que los chicos aprendan a sumar, a restar, a multiplicar y a dividir; y a leer y a comprender lo que leen? ¿sirve para eso, para lo esencial?

No, de ninguna manera. La ley vendría a cumplir el rol de la Constitución de la provincia: podemos mejorar la Constitución y llegar a tener la mejor del mundo, pero si no tenemos procedimientos para que lo que dice la Constitución se lleve a la práctica y se cumpla, no servirá de mucho.

El diálogo del arranque de la nota lo tuve algunas horas atrás con un ex funcionario de Gobierno, íntimamente ligado a los procesos educativos y a la política que en la materia se ha dado en la provincia en los últimos años. Y vino a cuenta de lo que parte de la comunidad educativa mendocina, en particular la comprendida por los expertos y los docentes, ha comenzado a estudiar a partir de esta semana: una nueva ley provincial de educación, que tendrá la misión de actualizar la última norma provincial vigente del 2002, con la ley nacional del 2006. Mendoza se ha demorado, como en tantas otras cosas, en llevar adelante el proceso de adhesión a las disposiciones nacionales de casi tres lustros atrás, con lo que es una cuenta pendiente claro está.

Sin embargo, como está visto, tampoco esto quiere decir que las escuelas mendocinas, ni mucho menos los chicos que están dentro del sistema ni tampoco los docentes, se encuentren a años luz del panorama que presenta la educación en el país. Por el contrario, quizás en algunos aspectos se esté mejor.

La actual administración de Rodolfo Suarez, en lo puramente educativo, que está en manos de José Thomas, se planteó, desde el vamos, darle a la provincia una nueva ley que tenga en cuenta los nuevos tiempos que se viven, pero, específicamente, que deje para unos cuantos años hacia delante una serie de columnas lo suficientemente fuertes para montar sobre ellas un esquema y un sistema que les sirva a todos: chicos, docentes, padres y, obviamente, a la sociedad.

Sin embargo, es bueno tener en cuenta –según quienes están cerca de los debates– que una ley de educación, nueva o vieja, no garantiza un procedimiento por el cual los chicos aprendan los contenidos básicos y todo aquello que les permita contar con una formación que, al menos, les abra las puertas a las oportunidades que se les presenten y las puedan tomar, claro está.

Por supuesto que se necesita la ley, según afirman, además, los mismos expertos. Una ley que vuelva a garantizar la laicidad, la igualdad de todos; una norma que incorpore los nuevos derechos, pero también las obligaciones; la perspectiva de género, la cultura del respeto y la condena general a cualquier tipo de discriminación y que los chicos se realicen bajo esos principios, democráticos, republicanos e igualitarios. Todos aspectos, como está visto, que la mayor parte del mundo civilizado hace tiempo ha tomado para sí, como partes indivisibles, propias e inherentes de sus sistemas.

La educación digital, los 180 días de clase, un presupuesto acorde que se mantenga en el tiempo, un nuevo esquema de evaluación, la bimodalidad que se ha impuesto por la prepotencia con la que llegó la pandemia del coronavirus, los avances tecnológicos y la irrupción de los nuevos dispositivos, serían los aspectos que la nueva ley debiese contemplar y que, con la discusión que arranca esta semana cuando se acerca el proyecto a cada uno de los docentes, seguramente serán ampliados y mejorados.

De todas maneras, no todo termina con la nueva ley. Quizás puede ser el comienzo de un estudio a fondo sobre los contenidos que reciben los chicos en la primaria y en la secundaria; y de la puesta en valor, una vez más, de un grupo de varias preguntas básicas que pocos pueden responder con precisión y claridad, aunque parezcan simples y obvias: qué se les da a los chicos hoy en las escuelas, qué aprenden y si esos contenidos son los que necesitan.

La pandemia, claro está, ha dejado mucho de lo que estaba establecido en la sociedad patas para arriba, empezando por la debilidad económica y también institucional del país, para hacerle frente a situaciones y hechos que nunca se vivieron por estos lados, casi como las consecuencias de haber vivido un estado de guerra por caso. Pero, junto con los problemas que ha sacado a la luz la peste, que conocemos y sufrimos todos, la cuarentena junto con la consabida situación de someter a los chicos al confinamiento, sin asistencia a clases, dejó sobre la superficie a la vista de todos sólo los aspectos esenciales del sistema educativo, los del currículo, los de los contenidos. Esto es que sólo los docentes y maestros debieron concentrarse en lo básico, en todo aquello que no puede faltar al momento de formar a los chicos en edad escolar, por supuesto.

Entonces, mientras Mendoza comienza a discutir una nueva ley de educación, también debiese dar la oportunidad de internarse, críticamente claro está, en los contenidos curriculares para detectar y preguntarse si mucho de lo que se dicta hoy en las escuelas en verdad no está de más para darle lugar y espacio a lo estrictamente necesario. Y en esto, los docentes, los padres y los chicos, toda la comunidad, tienen mucho para decir.

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