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6 de julio de 2007
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INDEPENDIENTE - G.BROWN (PM)

Fue un ascenso sufrido y bien leproso

La Lepra ganó en el último momento y se impuso en los penales para retornar a la B Nacional.

    Lo marca y lo exige su historia. Independiente Rivadavia tenía que ganar y ascender sufriendo. No había otra manera de que la Lepra volviera a la Primera B Nacional. Tenía que ser como fue. Con puños apretados y con rezos interminables, con lamentos y desahogos, con mucho huevo dentro y fuera de la cancha, con un gol agónico y unos penales infartantes. Todos sabían que si se daba el ascenso, una fiesta de relax y risas no iba a ser.
     Tenía que ser así: los Azules debían parir el ascenso. Y la tarde-noche, en un Bautista Gargantini encantador, que latía y le cantaba a Godoy Cruz que sube su papá, también tenía que tener ese cielo azul, casi sacado de un sueño, que le ponía un telón de fondo ideal para deleite de todo el pueblo leproso. El partido había empezado con una Lepra que iba para adelante sin demasiadas ideas pero con actitud y mucha gente. Brown, tranquilo, jugaba con la presión de los locales. Pegaba de contra y le sacaba el jugo a la velocidad de Giménez, Velázquez y Ruiz. Giménez casi abre la cuenta pero su remate se fue al lado del palo izquierdo del Flaco Vivaldo. El Azul dependía de las corridas de Negri y los centros del Lobo Cordone.
    Cerca de la media hora de juego, el Gargantini perdía la paciencia y todos pedían de todo, mientras los jugadores se veían perdidos en la cancha. Ruiz (un ex Luján de Cuyo) aprovechaba el momento de desconcierto y dibujaba una jugada hermosa, con una fina definición para enmudecer a todos. La primera mitad se iba con un panorama sombrío para los locales. Tenían que hacer dos goles para forzar los penales. El complemento fue todo de la Lepra. El ingreso de Luciano Cipriani le había venido muy bien al equipo y las llegadas, sin mucho peligro, caían una tras de otra. Centros, remates por abajo y por arriba, cabezazos y más centros. No importaban las formas. La Lepra buscaba el gol como fuera.
     Y no lo encontraba por ningún lado. Brown estaba confiado y bien armado. Pero expulsaron a Walter Aciar y todo lo que pensó el técnico Darío Tempesta se derrumbó como castillo de naipes. Llegó el cabezazo esperanzador de Luciano Cipriani. El Gargantini temblaba y la cancha se inclinaba. Los centros no paraban de caer en el área visitante. Hasta que en el minuto 44, después de tres centros sin destino, apareció la cabeza del Bati Aranda para meter el segundo y desatar el nudo de nervios que era el estadio. Y en los penales, la fe de Vivaldo pudo más que la bronca de los jugadores de Brown.
    El Flaco tapó dos y Luque le pegó altísimo para que el sufrimiento azul mutara en un desahogo que esperaba salir desde hacía seis largos años. Y ahí sí, la alegría fue sólo leprosa. Y los hinchas cantaron y disfrutaron al Tomba. Y los pibes vieron cómo se emocionaban los abuelos. Y los padres lloraron con sus hijos. En medio de eso, en un segundo, ese cielo tímido se tiñó de un azul profundo, muy leproso. Era todo perfecto. Por eso, en la platea, el amo y sus aduladores se abrazaban con miradas cómplices y se felicitaban por lo bien que les había salido toda la movida. Poco importaba. La Lepra había vuelto a la Primera B Nacional. Y, por su historia, bien lo merece.

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