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7 de octubre de 2019
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Historia

Familia mendocina guardó por 86 años reliquias de Yrigoyen

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Gentileza: Museo Casa Rosada (fotografo: Eloy Rodriguez Tale)

Un cuadro oficial, un bastón de paseo y cientos de papeles fueron donados al Estado argentino por los herederos del secretario privado del ex presidente. Los documentos resultaron ser el único intento de libro del mandatario radical, que será presentado hoy en la Casa Rosada.

Úrsula Loncarich es el nombre de la mendocina que, junto con su familia, custodió durante casi un siglo algunos de los elementos más preciados de Hipólito Yrigoyen. La mujer de 90 años murió en el 2016, días después de donar al Estado argentino un cuadro, un bastón de paseo, un tintero y cientos de papeles que fueron guardados por pedido expreso del ex presidente antes de ser derrocado en el golpe de Estado liderado por José Félix Uriburu.

Este lunes, el Museo de la Casa Rosada presentará "Confidencias", un libro que fue elaborado en base a los escritos inéditos del líder radical, que fueron preservados con recelo por su amigo y secretario personal, José Alfonso Gómez, y luego por sus herederos, en una vivienda de la localidad bonaerense de Devoto.

Según indicó a El Sol el historiador Luciano Di Privitellio, investigador del Conicet y actual director del Museo de la Casa Rosada, llevó más de dos años reconstruir el pasado y darles forma a esas 300 hojas mecanografiadas en las cuales el dirigente intentó esbozar su primer libro y dejar plasmadas las bases de lo que él consideraba debía ser el radicalismo. “Es un libro que escribió en el 23 y que no quiso publicar. Tiene un estilo filosófico político y es doctrinario: de lo que cree Yrigoyen que es la historia argentina, el lugar del radicalismo y el lugar de él mismo en la historia país” , adelantó Di Privitellio y agregó: “Hace un balance de su gestión”.

"Es un libro que escribió en el '23 y que no quiso publicar. Tiene un estilo filosófico político y es doctrinario: de lo que cree Yrigoyen que es la historia argentina, el lugar del radicalismo y el lugar de él mismo en la historia país" , adelantó di Privitellio y afirmó que "hace un balance de su gestión".

Todo comenzó en setiembre de 1930, cuando el referente radical le pidió a su hombre de confianza que se apurara a ocultar esos elementos. Minutos después, una turba enardecida ingresó a la vivienda de la calle Brasil para saquearla y levantar una pira donde el fuego consumiría sus papeles privados, muebles y objetos domésticos en plena calle, frente a “la cueva del peludo”, como la llamaban sus opositores.

“En 2016, fuimos a verificar la autenticidad del óleo que fue pintado por de Buenaventura Espinach, donde se lo ve al presidente de cuerpo entero y con la banda presidencial. Luego, cuando nos dijeron que también había unos textos, como buen historiador me avalancé sobre ellos”, relató.

 Y agregó: “Al instante entendí que se trataba del trabajo de un libro y eran la versión más completa, que esos dos capítulos que se publicaron por la editorial Raigal, de 1957, a partir de dos capítulos aportados por Horacio Oyhanarte y que se denominó: Yrigoyen en mi vida y mi doctrina. Nosotros teníamos 18 capítulos más. Pero no es todo, faltan otros y se perdieron. Lo sabemos porque hay índices e, incluso, está la sugerencia de un título.”

Los debates políticos bajo el retrato

La historia fue guardada bajo siete llaves en lo que duró el gobierno de Uriburu, contada al oído durante el peronismo y revelada en forma fragmentada al clan Gómez-Loncarich durante los años venideros.

Sus descendientes coinciden en anécdotas similares: cómo eran recibidos en la casona de Devoto bajo la mirada de Yrigoyen, quien los observaba desde lo alto de la pared del living, el aire augusto que le imprimía a esa penumbrosa habitación y los acalorados debates políticos en torno al retrato que muchos intentaron comprar y que tomaba dimensiones inconmensurables en la infancia. En cuanto al libro, muy pocos sabían de su existencia y de su importancia.

Úrsula y Margarita eran las menores de 12 hermanos. A mediados de la década del 40 conocieron en San Rafael a dos radicales: Claudio, el hijo que el secretario del presidente radical tuvo con doña Pina, y a su amigo, Mariano Cataldi, quienes llegaron a trabajar en el ferrocarril. Se casaron en una boda doble y, luego de un tiempo, se mudaron a Buenos Aires.

“Era común viajar a visitarlos. La tía nos tiraba unos colchones en el piso y dormíamos bajo la mirada atenta de ese cuadro”, rememoró Liliana Loncarich, una de las sobrina de Úrsula, y afirmó que no dejaba que nadie limpiara los objetos, sólo ella.

Amparo Cataldi, la sobrina más cercana de la anciana, fue quien la motivó a donar todo antes de fallecer, en 2016. Ella había hecho lo propio en Esquel con una gran cantidad de material fotográfico que su padre (Mariano) realizó en La Trochita, la línea de ferrocarril que une las provincias de Río Negro y Chubut. Incluso, entregó un cajón de dinamita (vacío) que usaban como mesita de luz. Recordó cómo la familia guardó el secreto y cómo José Alfonso Gómez en un primer momento le pidió a su vecino, el Tano, que ocultara todo, mientras él escapaba rumbo a Montevideo tras la proscripción del radicalismo y el comienzo la denominada “década infame”.

“Viajó agarrado de un bote, mientras el resto se iba tirando por turno porque los barcos no alcanzaban. Mientras tanto, el cuadro quedó oculto detrás del respaldo de una cama pero la persecución radical duró poco. Estoy convencido de que si lo hubiesen descubierto hubiesen roto todo, la idea era quemar bajo la consigna de ‘No sólo te metemos preso, hacemos caer tu gobierno y destruimos todo’”, agregó Di Privitellio y manifestó que quizás la versión completa del libro fue incinerada ese día.

“Al regreso a Argentina, Gómez renunció a la jubilación que le habían otorgado porque consideraba una vergüenza recibir dinero del Estado y se dedicó a vender ballenitas y anilina en la calle”, relató Amparo.

Tras la muerte de sus suegros, de su marido y de sus dos hijos, Úrsula fue quien se hizo cargo del legado. Vendió la casona y se mudó a otra vivienda más chica, llevándose con ella todas esas pertenencias, sobre las que su dueño, Hipólito Yrigoyen, sólo había esbozado una frase que tantas veces había escuchado de su marido y que repetía su padre: “Lléveselo, Gómez, algún día este cuadro volverá a estar en su lugar”.

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